HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

Santa Iglesia Catedral, ciudad episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., a 23 de marzo de 2016.

Año de la Misericordia – Año de la Programación y Evaluación del PDP

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Estimados señores obispos eméritos, queridos sacerdotes y diáconos, apreciados miembros de la vida consagrada, queridos laicos, hermanos y hermanas todos en el Señor:

  1. “Aquel que nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para Dios, su Padre. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén” (cf. Ap 1, 5b-6).
  1. Escuchar estas palabras en el contexto de esta Misa Crismal y envueltos por el espíritu del ‘Año de la Misericordia’, es un ‘consuelo’ que llena mi corazón como Pastor de esta Iglesia de Querétaro y me mueve a reflexionar junto con ustedes sobre la ‘necesidad y la importancia que tenemos cada uno de los sacerdotes, de sumergirnos en la misericordia de Cristo, para sanar las propias heridas’, pues sin duda que en medio de este mundo herido, al que hemos sido enviados para llevar la salvación, estamos también inmersos nosotros los sacerdotes, muchas veces heridos en la historia personal, familiar e incluso ministerial (cf. Mc 3, 13-15; 16, 17-18).
  1. Ser sacerdote no significa ni puede significar que estamos libres de todo aquello que nos asemeja y nos identifica con los demás hombres en sus debilidades, como si estuviésemos llamados a tratar a los demás desde una gran altura. Dios nos ha llamado a salvar a los hombres y mujeres de nuestro mundo y no hay salvación sin encarnación. Nuestra debilidad, es condición para relacionarnos en profundidad con Dios, porque proporciona un ámbito donde se manifiesta su gracia, donde su presencia que nos sostiene, puede revelarse, donde incluso su poder se hace La debilidad es el contexto y la condición de posibilidad para la epifanía del Señor, es la noche en la que Él aparece, no siempre como una promesa tranquilizadora, sino, la mayor parte de las veces, como un poder que nos hace seguir siendo fieles, aun cuando nos sentimos sin fuerzas, aun cuando la fidelidad signifique simplemente dar un paso más. La experiencia de la debilidad profundiza nuestra experiencia de Dios. San Pablo así lo entendió plasmado en la historia de su propia vida, como una letanía de contrariedades y sufrimientos, como momentos sucesivos de debilidad, pero transformados mediante el poder de Cristo que lo sostenía (cf. 2 Cor 12, 9-1).
  1. Los sacerdotes estamos llamados a descubrir en momentos semejantes lo que significa nuestra vocación; cuando el poder de Dios se hace evidente en la continuidad de la vida fiel, de una fidelidad que nuestra debilidad parece sólo socavar pero que en realidad es sostenida por ella misma, ya que evoca la presencia poderosa y llena de misericordia del Señor. Por ello, estamos invitados a contemplar nuestras heridas con una mirada tierna y compasiva, como las mira el Señor, pues ellas no son ‘obstáculo’ sino ‘ocasión’ para realizar nuestro ministerio de sanación. Pueden ser fuente de humilde reconocimiento del don gratuito de la llamada y acicate para volver la mirada al corazón traspasado de Jesús que salva y sana nuestras heridas. Esta es la gran paradoja de nuestro ministerio, la fuerza de nuestro sacerdocio radica precisamente donde la debilidad se manifiesta con más radicalidad.
  1. Pero ¿Cuáles son esas heridas que pueden estar haciendo sangrar nuestra vida sacerdotal y que necesitan ser sanadas por Jesús? Permítanme, desde la experiencia, señalar algunas de estas heridas, de manera que conscientes de ellas, podamos permitirle a Jesús que las unja con el óleo suave de su misericordia y así, cada uno de nosotros, podamos experimentar la salud que quizá nuestro corazón sacerdotal necesita:

 

Primera herida: Una identidad amenazada socialmente. 

Todos sabemos que los años posteriores al Concilio Vaticano II se vivió con gran fuerza una crisis de identidad sacerdotal muy severa, no sólo a nivel teológico sino también existencial. Sin embargo, el problema se plantea todavía hoy, con una herida compartida por muchos en la sociedad: la identificación de la propia identidad. Se ha dicho, y estamos convencidos de ello, que uno se hace sacramentalmente sacerdote por la ordenación, pero sólo la vida y el trabajo pastoral consolidan la existencia sacerdotal. Es decir, la integración de todas las dimensiones de la persona en torno a la vocación y a la misión es una larga tarea, progresiva en la que no faltan retrocesos, y dificultades. La identidad como la madurez no son realidades estáticas, sino procesos dinámicos que comportan una continua tensión entre las características nucleares de la identidad y el contexto social en que se mueve la persona. Nos damos cuenta que una de las mayores dificultades para forjar y vivir la identidad sacerdotal, especialmente entre los sacerdotes jóvenes, es la incorporación al propio yo de sensibilidades o culturas diversas que cuentan con una gran aceptación, incluso en la comunidad cristiana pero que contradicen en muchos de sus elementos la sensibilidad cristiana. Cuando esto sucede, la identidad sacerdotal se aleja mucho de ser humana y espiritualmente madura y cae en una destructiva difusión, que afecta a uno de sus elementos principales: la fidelidad, es decir, la capacidad de mantener lealtades elegidas con libertad a pesar de las contradicciones y dificultades inevitables de las opciones tomadas.

 

Segunda herida: La pérdida de la interioridad. 

El equilibrio entre la interioridad y la exterioridad, entre la contemplación y la acción, ha sido siempre una condición básica para la madurez humana y espiritual. Más aún, no ya el equilibrio sino la integración de acción  y contemplación, es el ideal de un camino espiritual de quien consagra su vida al Señor.

La vida del sacerdote está llena de interioridad y exterioridad, de acción y deseos de contemplación, pero el camino para llegar a integrarlos es delicado, y de modo particular hoy. Es posible que en una minoría de presbíteros y religiosos, esta armonía se rompa por una interioridad desenfocada que acaba en intimismo, sin embargo con más frecuencia la descompensación viene por la falta de esta interioridad.  En muchos casos nuestra actividad pastoral parece ser desmesurada pues vivimos cansados e incluso con agotamiento. Deberíamos imponernos una tarea de ascesis que consistiese en discernir, elegir, y priorizar tareas para recuperar en nuestro trabajo dimensiones humanas. Vivimos saturados por las nuevas tecnologías, el teléfono móvil, el correo electrónico, las nuevas redes de comunicación social, la internet, etc. Lo que está provocando una insatisfacción de muchas de nuestras tareas, llevándonos a los límites del desánimo. Es necesario, por tanto, volver la mirada al contenido esencial de la Caridad Pastoral.  Que no sólo es aquello que hacemos sino la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo.

Somos testigos de cómo muchas veces corremos el riesgo en el ministerio sacerdotal de caer en un mero ‘funcionalismo ministerial’ que orilla la vida del sacerdote a perder la ‘fina sensibilidad’ propia del pastor de almas.  En tal situación, el sacerdocio está lejos de vivirse como respuesta a esa ‘llamada misteriosa’ que da sentido, unifica y conduce toda la existencia, cualquiera que sea la tarea pastoral como las circunstancias en que la desarrolla. Cuando se vive la sensibilidad sacerdotal, no es posible entenderse sino como sacerdote, esté donde esté, se haga lo que se haga, sea cual sea la situación vital en que se encuentre, en gozo o en tristeza, en éxito o en debilidad. Jesucristo es quien va seduciendo hasta logar expresar en la propia vida aquello que San Pablo llegó a decir: “Vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Este es el ideal al que somos llamados: hacer vida la íntima relación entre “representar sacramentalmente a Cristo” e ir “existencialmente transformándose en Cristo”.

 

Tercera herida: La soledad. 

Vivimos en una sociedad en que la soledad se ha convertido en una de las heridas humanas más dolorosas, reflejando el vacío interior que puede ser destructivo cuando se le comprende mal, pero lleno de promesas para el que sabe llenarlo de sentido. Asistimos con frecuencia al afán con que tantos hombres y mujeres de nuestra sociedad desarrollada, se esfuerzan por escapar de la soledad. Nosotros mismos muchas veces hacemos lo posible por evitar la dolorosa confrontación con nuestra soledad, cuando es posible que el reconocimiento de la propia soledad sea un hecho fundamental en nuestra existencia. Cuando con falsas ilusiones huimos de la soledad y buscamos llenar el hueco que sentimos en el interior, sólo conseguimos que el dolor del corazón se acreciente, impidiendo a la vez vivirla como fuente de interioridad y compresión humana. Si el sufrimiento es aceptado y comprendido, podemos convertirnos en servidores que curemos desde las propias heridas, haciendo comprender que nada ni nadie puede llenar la expectativa humana de absoluto, sino sólo Dios. Por eso nuestra soledad no debe ser simplemente soportada. Hay que vivirla como un acceso a la soledad de Cristo en su muerte, que asume todas las soledades humanas y las transforma. Si tomamos sobre nosotros la “Cruz de la soledad”, seremos testigos que entienden que en lo más profundo de nuestro ser está Dios, cuyo amor sacia la soledad y nos abre a la donación de los demás. Entrar en el desierto de la soledad, tocar la “ley de la Cruz”, nos revuelve y nos perturba, pero sólo ahí somos liberados del pecado. Solo ahí nuestras heridas son curadas, porque ahí nos situamos en el meollo del misterio pascual, en el misterio de un Dios muerto y resucitado, clave de la existencia humana y clave del misterio de nuestra vocación sacerdotal.

  1. Queridos hermanos sacerdotes, compartimos con los hombres la pruebas y las heridas de este siglo, pero hay que vivirlas “de pie junto a la cruz” (Jn 19, 25), mirando al que traspasaron para que nos inunde la sangre y el agua que brotan de la herida de su corazón (cf. Jn 19, 33), de esa herida de amor, la que sana al mirarla como la serpiente de bronce en el desierto (Jn 3, 14). Y mirándola, saciarnos de la belleza del rostro de Cristo crucificado y glorioso hasta sentir pleno nuestro corazón sacerdotal. Así desaparecerá la tristeza y la pesadumbre de nuestros ojos; así será posible retomar la belleza de nuestra llamada; así será posible entender lo que las Escrituras nos han dicho en este día: que como Jesús de Nazaret, también nosotros hemos sido enviados a “llevar la Buena Noticia a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (cf. Lc 4, 16-17).
  1. Que Nuestra Señora la Sma. Virgen María que sabe de dolores, nos anime para no dudar en dejarnos ungir las propias heridas, con el óleo suave de la alegría, que sólo el Señor es capaz de ofrecernos. Amén.

 

 

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro