Homilía en la Ordenación Diaconal de Francisco Javier Ambrosio Vargas, Misionero de África

Parroquia de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, Lomas de Casa Blanca, 27 de octubre de 2012


Queridos hermanos sacerdotes,
muy apreciados diáconos,
queridos hermanos y hermanas de la Vida Consagrada,
muy estimados amigos, familiares y bienhechores:

Al reunirnos esta mañana para celebrar la Eucaristía, en la cual invocaremos la gracia del Espíritu Santo sobre la vida y la persona de nuestro hermano Francisco, les saludo a cada uno de ustedes, de manera especial saludo al P. Jean Lamonde, Superior de los Misioneros de África, a quien agradezco la confianza de presentarme a Francisco para integrarlo al número de los diáconos, mediante la sagrada ordenación. Saludo a sus familiares y amigos aquí presentes, quienes han desempeñado un papel fundamental en los inicios de la formación como Iglesia doméstica, ofreciéndole los elementos necesarios para conocer a Dios y poder así comprometerse con él en la tarea de anunciar esta experiencia hasta los últimos rincones de la tierra.

Al escuchar en la Palabra de Dios en la Liturgia de la Palabra de esta celebración, alcanzamos a descubrir tres realidades que considero nos ayudan a conocer mejor el misterio que está por cumplirse en la vida y persona de Francisco y que quiero reflexionar con ustedes, a fin de valorar este ministerio eclesial y de comprometernos con él:

El primer punto es este: Dios nos elegido por amor desde el seno materno. ¿Qué significa esta expresión? La antropología semita entendía la vida como un don de Dios. Los israelitas suponían que el varón plantaba una semilla en la mujer, pero no por eso se generaba un hombre. Realmente se concebía un nuevo ser cuando Dios otorgaba el don de la vida a la simiente sembrada en la esposa. La concepción requería del varón y la mujer, pero dependía del don de la vida regalado por Dios a la criatura. Por eso era un ser distinto de sus padres, surgido del don de Dios mediante sus padres. Por tanto, antes de que Dios le otorgará el don de la vida ya existía Jeremías en el proyecto de Dios. El Señor tenía un proyecto sobre la vida de Jeremías, porque tiene un proyecto para la vida de toda persona y sobre el universo entero (Gen 1,2). Las religiones de Mesopotamia presentan dioses que también tienen planes sobre el hombre y el mundo. Planes tiránicos y que hacían del hombre un esclavo de sus caprichos. El plan de Dios es distinto, no esclaviza al hombre sino que le permite experimentar la amistad de un Dios que le ha dado un mundo donde habitar y dominarlo. Dios desea hacernos felices.

Francisco esta realidad salvífica hoy la vemos en ti, Dios te ha llamado desde el seno materno y te ha consagrado en el bautismo, hoy te consagra de nuevo con el don del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos del Obispo y la plegaria de consagración, destinándote a llevar la palabra de la salvación. No tengas miedo a hablar con fortaleza, porque es Dios el que te envía y el que te sostiene; procura imbuirte de tal manera de la Palabra de Dios que anuncies, y en la que instruyas a los demás, que puedas desempeñar el oficio eclesiástico como experto en las sagradas Escrituras con la sabiduría que sólo se adquiere cuando se ha asimilado la Palabra de Dios y se ha hecho norma de la propia vida. Hazlo así, conduciéndote, al mismo tiempo, con prudencia y moderación; consciente de que el Evangelio se acoge en libertad, aun cuando sea tu cometido discernir qué es y qué no es concorde con el Evangelio, exponiendo la doctrina de la fe y la moral católica. La sociedad y la cultura de nuestro tiempo exigen de todo consagrado una particular preparación en la doctrina moral de la persona, de su dignidad y sus derechos fundamentales, y contar con un conocimiento adecuado de la doctrina social de la Iglesia. Te has preparado para exponer la doctrina de la fe en un mundo globalizado, en el que los problemas de los más alejados no nos son a nadie ajenos, pero debes tener en cuenta las necesidades más urgentes que reclama una vivencia coherente de la vida cristiana en las comunidades parroquiales. Lo haz de hacer sin olvidar los problemas y las dificultades de la sociedad en su conjunto, pero con particular atención a los grupos sociales más necesitados del mensaje de salvación y de la gracia sanadora de Cristo.

No confundas tu misión de consagrado con otros cometidos y tareas sociales y culturales, necesarias e importantes para el logro de una sociedad más justa y humana, pero que exceden vuestro propio cometido y tareas pastorales. Por eso, ten particular preocupación por cumplir aquello que en uno momentos se te ha de encomendar: serás ministro de la predicación, como recuerda san Pablo a los Corintios, a los cuales el Apóstol les dice: “Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5). El fin y objetivo de la Iglesia no es su propia reproducción, sino atraer a los hombres al reino de Dios que ha llegado en la persona de Jesucristo. La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de congregar en ella a los hombres y a los pueblos para que alcanzando el conocimiento y la gracia de Cristo, lleguen por su medio a Dios. Congregando a los hombres en la comunidad eclesial, los que anuncian el evangelio ven como su ministerio se convierte en tarea pastoral. Bien sabes que los pastores de la Iglesia son ministros de Cristo para ser servidores de sus hermanos los hombres, no para dominar sobre el rebaño, sino para servirlo por causa de Cristo, y como tales no proceden con astucia adulterando la palabra de Dios, sino que, como dice el Apóstol, “manifestando la verdad nos recomendamos a la conciencia de todo hombre delante de Dios” (2 Cor 4,2).

El segundo punto es este: Dios nos acompaña en el camino de la misión. Yo dije: “¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho”. La respuesta de Jeremías suena a excusa, a que se prescinda de él y se busque a otro; da la impresión de ser un cobarde. Pero lo que ocurre es más bien que mide sus fuerzas y ve la misión, y concluye que no sabe hablar, hablar como habla Dios que habla al corazón y en profundidad. Además carece de autoridad, se siente un niño, y a los muchachos la sociedad de su tiempo les exigía escuchar y no hablar (Job 32,6). A esto hay que añadir su procedencia rural que quizá le acomplejara algo. Pese a todo esto, se percibe también en la respuesta una gran confianza con Dios, por ejemplo no queda aterrorizado de poder escuchar y hablar con Dios, con lo cual manifiesta también tener bastante personalidad, además de una íntima familiaridad (parece estar habituado al coloquio íntimo con Dios). Este trato personal y profundo con Dios constituirá una de las características de su espiritualidad del discípulo.

No digas: “soy un muchacho”. Déjate de pensar sólo en términos humanos y ábrete a las posibilidades que Dios te ofrece. La Palabra se impone. El profeta ha de ser la persona forjada por la Palabra. El Señor forjará con su palabra la existencia de Jeremías: Irás… dirás: equivale a decir tienes que ir y decir. Dios pide al hombre esta obediencia plena, abandono de la propia vida en sus manos, la fe en la convicción de que Dios puede realizar lo que quiere, incluso con instrumentos poco eficaces. En unos momentos, el rito de la ordenación se detendrá para que asumas este compromiso de vivir la vida plana en la obediencia, Dios cuenta con eso para la tarea encomendada. No les tengas miedo. Cuando Dios se dirige a sus amigos les dice: no temas (Gen 15,1; 21,17, etc.). La fuerza de Jeremías brota de la decisión de Dios: Yo estoy contigo, aquí se resalta también como Dios acompaña a su pueblo y a sus elegidos. Pero aunque Jeremías sabe que su vida está en las manos de Dios, a menudo no percibe esta proximidad del Señor y se quejará. Pero, al final, siempre será más fuerte la certeza de esa presencia fiel de Dios. Dios está con los que él envía no solo como mera asistencia, sino que Dios mismo toma parte en la misión que  encomienda y así la garantía del éxito está asegurada. Al decirle que le salvará implícitamente le dice que no le evitará el sufrimiento ni el miedo.

Finalmente, Dios al elegirnos para trabajar en su obra nos da la clave: el servicio. En el evangelio hemos escuchado la con toda claridad la actitud de servicio que debe caracterizar a los discípulos. “El que quiera ser importante entre ustedes, sea su servidor y el que quiera ser el primero que sea su esclavo” (cf. Mt 20, 26-27). No es la misión de Cristo en la tierra situar a sus amigos en los mejores puestos y conceder honores, sino salvar a los hombres con un amor que no se detiene ante la muerte y muerte de cruz. El que ha resucitado a Jesús de entre los muertos, sabrá resucitar y premiar en su día a los que ahora siguen los pasos de Jesús. Este Evangelio enfoca, pues, la pasión de Jesús y su resurrección pensando en su repercusión sobre la vida cristiana misma: «hay» que beber el cáliz para poder sentarse sobre los tronos, hacerse bautizar en la prueba para juzgar la tierra, servir para ser jefe. El sufrimiento entra con pleno derecho en la vida del discípulo, y no sólo ese sufrimiento accidental, moral y físico, que forma parte de la condición humana, sino también el sufrimiento característico de la repulsión y del abandono que ha conducido a Jesús a la cruz.

Yo quiero aprovechar este momento para felicitar a esta comunidad de Misioneros Padres Blancos por su decidido compromiso misionero, sabemos que como Iglesia “a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes” (Ad gentes, n. 23). Y ustedes lo hacen de una manera esplendida, debemos sentirnos orgullosos que en este tiempo de la historia haya jóvenes que como Francisco quieran consagrarse de manera definitiva a la misión ad gentes. Sabemos de los riesgos que esto implica, sin embargo, también somos consientes que el discípulo debe marchar por el camino del Maestro, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por la salvación de los hombres. El pasado domingo, el Santo Padre Benedicto XVI, junto a seis santos más canonizó a un joven llamado Pedro Colungsod, quien convencido de su fe derramó su vida por al evangelización. “Hoy la Iglesia escucha una vez más estas palabras de Jesús, pronunciadas durante el camino hacia Jerusalén, donde tenía que cumplirse su misterio de pasión, muerte y resurrección. Son palabras que manifiestan el sentido de la misión de Cristo en la tierra, caracterizada por su inmolación, por su donación total (cf. Benedicto XVI, Homilía de la misa de las canonizaciones, 21-10-2012). Francisco, hoy que tu vocación se ve confirmada quiero invitarte a conservar este tesoro como una realidad que te ayude a ser santo, tu sabes ya las exigencias de la misión y por ello quieres ser ordenado, vive siempre unido a Cristo y a María en la oración y en la escucha de su Palabra.

Unámonos a la oración para que cada vez más asumamos el compromiso evangelizador y a ejemplo de María, nuestra Señora de San Juan de los Lagos, la Palabra de Dios cunda en nuestro corazón. Amén.

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro