Homilía en la Misa del XXX Aniversario de Ordenación Sacerdotal del Sr. Obispo D. Faustino Armendáriz

Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Guadalupe
Santiago de Querétaro, Qro., a 11 de Septiembre e 2012

Venerados hermanos en el episcopado,
queridos sacerdotes,
hermanos diáconos,
muy queridos seminaristas,
familiares y amigos que me acompañan:

1. Les saludo a todos ustedes con la paz de Jesucristo, a quien el Padre ha constituido sacerdote eterno de la nueva alianza, para hacer de nosotros un pueblo de sacerdotes y una nación santa, y de esta manera manifestar su vida, a fin de que todos en él tengamos vida eterna (cf. Heb 10,12.14). Agradezco a cada uno de ustedes su presencia en esta solemne liturgia eucarística, la cual quiere ser una acción de gracias a Dios por confiar en mis débiles manos, el ministerio sacerdotal, prolongando así la obra de la redención, para que todos puedan conocer y experimentar el amor de Dios. Muy especialmente agradezco la presencia de mi familia, de papá y de mamá, quienes a pesar de sus dificultades físicas quieren unirse a esta celebración. Gracias papás por estar aquí.

2. Doy gracias a Dios porque durante estos años he experimentado lo que significa la “paternidad”, pues he podido comprender desde dentro que Dios es Padre, muy particularmente durante mi estancia de 15 años en el Seminario Conciliar de Hermosillo, y algunos años como párroco en diferentes comunidades parroquiales, he descubierto que no solamente es que te llamen padre, sino que es una exigencia el que corresponda el nombre con el testimonio; sobre la base de la experiencia humana he tenido acceso al grande y benévolo Padre que está en el cielo. Ante él tenemos una responsabilidad, pero, al mismo tiempo, él deposita su confianza en nosotros, porque en su justicia se refleja siempre la misericordia y la bondad con que acepta también nuestra debilidad y nos sostiene, de modo que poco a poco podamos aprender a caminar con rectitud. Doy gracias a Dios por los compañeros que he encontrado en mi camino, por los consejeros y los amigos que me ha dado, el trabajo que desempeñé como Vicario General en mi Diócesis de Hermosillo, fue una experiencia muy enriquecedora, pues el encuentro constante con los sacerdotes y principalmente con el Obispo, me han permitido reconocer el valor y la importancia de ser muy coherente y muy entregado a ellos a quienes uno se debe. Le doy gracias de modo particular porque, desde el primer día de mi sacerdocio, he podido entrar y crecer en la gran comunidad de los creyentes, en la que está abierto de par en par el confín entre la vida y la muerte, entre el cielo y la tierra; le doy gracias por haber podido aprender tantas cosas de la gente en los diferentes movimiento y asociaciones, recuerdo muy bien el trabajo al promover el Instituto Bíblico Diocesano, allí pude constatar que aprovechando la sabiduría de la Iglesia, Dios le habla al corazón de las personas y transforma la vida personal y comunitaria, pues la sabiduría de la Iglesia no es solamente sabiduría humana, sino que en ella nos alcanza la sabiduría misma de Dios, la Sabiduría eterna.

3. A lo largo de estos 30 años de vida sacerdotal he podido ver en mi propia vida, que Dios es un Dios cercano, un Dios de amor, un Dios amigo de su pueblo (cf. Sal 149) y que la razón de mi existencia consiste en colaborar para que muchos tengan la misma experiencia. Por ello, mi vida cambió cuando tomé conciencia de mi ser de bautizado, ahí descubrí que el Señor me había elegido por mi nombre y me había destinado para ser su amigo. En la liturgia de la Palabra de esta Eucaristía hemos escuchado la narración que San Lucas hace de la elección de los doce, una narración que particularmente significa mucho, pues refleja el secreto de la elección que Jesús hace, de aquellos a quien él elige como sus discípulos. Es curioso que Jesús hace su elección en un ambiente claramente santo, pues dice la escritura: “Jesús se retiró al monte para orar y pasó la noche orando a Dios y, al hacerse día reunió a sus discípulos y llamó a doce a quienes les dio el nombre de apóstoles” (Lc 6, 12-13). Esto refleja que la elección de los Doce no se hace a la ligera, sino que viene precedida de una prolongada oración de Jesús, «Llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos». Jesús pretende desde un principio que el rasgo distintivo y más específico del nuevo grupo sea la misión: «los nombró apóstoles», es decir, «enviados» o «misioneros» (Lc 6, 13c). No quiere crear un grupo cerrado sobre sí mismo, al estilo de las comunidades bautistas, esenias o fariseas (cf. 5,33-35), sino un grupo abierto que invite a todos a formar parte de él.  La experiencia pastoral como sacerdote y ahora como obispo, me han ayudado a convencerme que éste es el sentido más profundo y más hermoso de la llamada de Jesús, me consuela el saber que Dios antes de llamarme, oró por mí.  San Ambrosio dice comentando este texto: «Pasó la noche orando. Te da un ejemplo, te traza el modelo que has de imitar. ¿Qué es necesario que tú hagas por tu salvación, cuando Cristo pasa la noche en oración? ¿Qué debes hacer tú, cuando quieres realizar un deber de trascendental importancia, si Cristo, al enviar a los apóstoles, ha orado y ha orado solo” (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas V,43-45). “La vocación y la misión  son inseparables entre sí y deben anclar su naturaleza en la oración: en caso contrario, la misión en vez de equivaler al ministerio se reduce a ser un oficio. Por otra parte, la vocación, sin el atraque en la misión  sería una acción incompleta.

4. Hermanos y hermanas,  Jesús “Llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, para enviarlos, sembradores de la fe, para propagar el auxilio de la salvación de los hombres por todo el universo”. La Iglesia de Cristo  no llega a ser apostólica  en un determinado punto  de su itinerario sino que nació apostólica. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. La Iglesia jamás debe contentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir que los demás están bien así: La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos «traducir» esta gran tarea en nuestras respectivas tareas. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almas, debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo «a los caminos y cercados» (Lc 14, 23) para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él. “Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro” (cf. Benedicto XVI, Homilía clausura año sacerdotal). Estas palabras nos permiten comprender mucho más la condición del sacerdote en  nuestro tiempo. Él es el signo de la audacia de Dios, que considera que un hombre con toda su fragilidad, sea capaz de erguirse en icono de su misma presencia en la historia de los hombres. La audacia se conjuga con la confianza que se deposita en el sacerdote, que, aún con todas sus contradicciones  es capaz de transformar la vida de las personas. (cf. Rino Fisichela, La Nueva Evangelización, 105).

5. Otro aspecto que quiero reflexionar con ustedes es precisamente la acción que sigue a la elección de Jesús, dice el evangelista que  “al bajar  del monte con sus discípulos  y sus apóstoles,  se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente. Habían venido a oírlo y a que los curara” (cf. Lc 6, 17.18). La misión del sacerdocio es la de ser mediador, puente que une, y así llevar al hombre a Dios, a su redención, a su luz verdadera, a su vida verdadera, a su salud más perfecta. Como sacerdote me he dado cuenta que la gente necesita ser escuchada, necesita ser tomada en cuenta, ellos quieren tocar a Jesús y nosotros somos y gozamos de ese privilegio, ser, como dijera San Ignacio de Antioquia, “cristóforos”, es decir, portadores de Cristo. La misión de Jesús que  confía a sus sacerdotes es para que nuestros pueblos en Él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Nos urge la misión de entregar a nuestros pueblos la vida plena y feliz que Jesús nos trae, para que cada persona humana viva de acuerdo con la dignidad que Dios le ha dado (cf. DA, 390). La fuerza de este anuncio de vida será fecunda si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, teniendo siempre a la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad misionera. “El misterio que constituye la vocación sacerdotal se hace comprensible cuando se ubica en el misterio más grande de Cristo Eucaristía, que permite verificar cómo la Eucaristía es el signo de un servicio que dura toda la vida y que consiste en olvidarse de uno mismo para darse a los hermanos en su nombre” (cf. Rino Fisichela, La Nueva Evangelización, p. 105).

6. Hermanos sacerdotes, nuestros pueblos no quieren andar por sombras de muerte, buscan a Jesús porque quieren vivir; tienen sed de vida y felicidad en Cristo. Lo buscan como fuente de vida. Anhelan esa vida nueva en Dios, a la cual el discípulo del Señor nace por el bautismo y renace por el sacramento de la reconciliación. Buscan esa vida que se fortalece, cuando es confirmada por el Espíritu de Jesús y cuando el discípulo renueva en cada celebración eucarística su alianza de amor en Cristo, con el Padre y con los hermanos. Acogiendo la Palabra de vida eterna y alimentada por el Pan bajado del cielo, quiere vivir la plenitud del amor y conducir a todos al encuentro con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6-9). Cristo es el único que puede dar sentido a nuestra vida, en él se encuentra la paz, la serenidad, la liberación completa  porque él nos libera de la esclavitud radical, origen de todas las demás, que es el pecado  e inspira en los corazones  el ansia de la auténtica libertad,  que es el fruto de la gracia de Dios que sana y renueva lo más íntimo de la persona humana. Los nuevos evangelizadores estamos llamados a ser los primeros en avanzar por este camino que es Cristo, para dar a conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. “Y en este camino, nunca avanzamos solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad sacerdotal que se ofrece a cuantos encontramos, para hacerlos partícipes de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio unido al anuncio puede abrir el corazón de quienes están en busca de la verdad, para que puedan descubrir el sentido de su propia vida”. Considero, queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, que para lograr esto, es necesario que nos atrevamos a ser santos; “hoy más que nunca la Iglesia necesita sacerdotes santos cuyo ejemplo diario de conversión inspire en los demás el deseo de buscar la santidad a la que está llamado todo el pueblo de Dios”. El ideal de la perfección no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria  practicable solo por algunos. Los caminos de la santidad  son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno  en el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana  ordinaria”. Es necesario que como Iglesia tomemos conciencia de la necesidad de sacerdotes buenos, santos y bien preparados. Desea hombres completamente sometidos a Cristo, dedicados a propagar el reino de Dios en la tierra. Bondad, santidad y buena preparación, son los elementos necesarios en los que, de una u otra manera,  se condensa una teología del sacerdocio  para nuestro tiempo  con vistas a la “Nueva Evangelización”.

7. Finalmente, no quisiera olvidar que durante estos 30 años de vida sacerdotal hay alguien que siempre ha sido modelo de mis inspiraciones y refugio de mis confidencias, ella es María, la mujer que en la nobleza de su sencillez y en la hermosura de su fe, me ha enseñado a amar y meditar la palabra de Dios. Por eso mi consagración sacerdotal la he puesto en sus manos de madre. Hoy particularmente le pido que interceda por mi ante su Hijo, para que mi plegaria de acción de gracias pueda ser escuchada:

“Madre de la Iglesia,
nosotros, sacerdotes,
queremos ser pastores
que no se apacientan a sí mismos,
sino que se entregan a Dios por los hermanos,
encontrando la felicidad en esto.
Queremos cada día repetir humildemente
no sólo de palabra sino con la vida,
nuestro aquí estoy” Amén.


† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro