Discurso a los seminaristas en la inauguración de los festejos por el 147 aniversario de fundación del Seminario Conciliar

Santiago de Querétaro, Qro., 2 de marzo de 2012

Estimado Padre Rector del Seminario José Martín Lara Becerril:
Padres Formadores:
Queridos Diáconos:
Muy queridos seminaristas:

Saludo a cada uno de ustedes en este día tan singular en el cual nos alegramos por el 147 aniversario de fundación de nuestro seminario. Me dirijo en particular a ustedes, queridos seminaristas, “tierna progenie de la Iglesia santa”, quienes se están preparando para ser obreros en la viña del Señor.

Quiero retomar el enunciando que a lo largo de este año está rigiendo la vida y formación de los proyectos educativos de esta casa que considero ilumina muy bien este momento: “El encuentro con la palabra de Dios nos humaniza y clarifica nuestra vocación”. Sin duda que el anuncio de la Palabra de Dios, es una de las tareas prioritarias del presbítero y consiste en esparcir a manos llenas en el campo del mundo la Palabra de Dios que, como la semilla de la parábola evangélica, parece en realidad muy pequeña, pero una vez que ha germinado se convierte en un gran arbusto y da frutos abundantes (cf. Mt 13, 31-32). La Palabra de Dios que ustedes estarán llamados a sembrar a manos llenas y que conlleva la vida eterna, es Cristo mismo, el único que puede cambiar el corazón humano y renovar el mundo. Pero podemos preguntarnos: el hombre contemporáneo, ¿siente aún necesidad de Cristo y de su mensaje de salvación?

En el contexto social actual, cierta cultura parece mostrarnos el rostro de una humanidad autosuficiente, deseosa de realizar sus proyectos por sí sola, que elige ser el artífice único de su propio destino y que, en consecuencia, cree que la presencia de Dios es insignificante y por ello, de hecho, la excluye de sus opciones y decisiones. En un clima marcado por un racionalismo cerrado en sí mismo, que considera el modelo de las ciencias prácticas como único modelo de conocimiento, todo lo demás resulta subjetivo y, por tanto, incluso la experiencia religiosa corre el riesgo de ser considerada una opción subjetiva, no esencial y determinante para la vida.

Ciertamente, por estas y otras razones, hoy resulta cada vez más difícil creer, resulta cada vez más difícil acoger la Verdad, que es Cristo, resulta cada vez más difícil consagrar la propia vida a la causa del Evangelio. Sin embargo, como se puede comprobar cada día en las noticias, el hombre contemporáneo se muestra a menudo desorientado y preocupado por su futuro, en busca de certezas y deseoso de puntos de referencia seguros. El hombre del tercer milenio, como el de todas las épocas, tiene necesidad de Dios y quizás lo busca incluso sin darse cuenta. Los cristianos, y de modo especial los sacerdotes, tienen el deber de recoger este anhelo profundo del corazón humano y ofrecer a todos, con los medios y los modos que mejor respondan a las exigencias de los tiempos, la inmutable y siempre viva Palabra de vida eterna, que es Cristo, Esperanza del mundo.

Con vistas a esta importante misión, que estarán llamados a realizar en nuestra Iglesia diocesana, asumen gran valor los años de seminario, tiempo destinado a la formación y al discernimiento; durante estos años debe ocupar el primer lugar la búsqueda constante de una relación personal con Jesús, una experiencia íntima de su amor, que se adquiere sobre todo a través de la oración y el contacto con las Sagradas Escrituras, leídas, interpretadas y meditadas en la fe de la comunidad eclesial.

Ustedes no se cansen de encontrarse con Cristo en la escucha, en la lectura y en el estudio de las Sagradas Escrituras, en la oración y en la meditación personal, en la liturgia y en todas las demás actividades diarias. En este sentido, queridos responsables de la formación, es muy importante su papel, pues para los alumnos están llamados a ser testigos, antes que maestros de vida evangélica.

Al inaugurar esta exposición podemos proponer como modelo a estos dos grandes hombres de nuestra Iglesia queretana: Don Cirilo Conejo Roldán y J. Guadalupe Velázquez Pedraza, quienes inspirados precisamente de la Palabra de Dios supieron reflejar en la música el espíritu y la belleza
de la Palabra Encarnada, aprovechando sus dotes de músicos para la evangelización y la extensión del Reino de los cielos.

La música sacra es reflejo de la armonía y de la belleza divina pues elevan el espíritu hacia el encuentro con el que es toda verdad, toda bondad y toda hermosura. Imitemos su osadía de inspirarnos en los textos sagrados y plasmar en el corazón de los oyentes un amor profundo por Jesucristo, por su palabra y por su evangelio. Muchas felicidades a todos ustedes.

¡Gracias!

† Faustino Armendáriz Jiménez
IX Obispo de Querétaro