Lo que cuenta…

DOMINGO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Mt. 25, 31-46

Con esta festividad de Cristo Rey  cerramos el año litúrgico (Ciclo A), y llama la atención como el Papa Pio XI, quien instituyo  esta fiesta,  establecía que cada año y en ese mismo día se debía renovar “la consagración  del género humano al Sagrado Corazón de Jesús”.

En el texto del evangelio  se describe la solemne intervención del Hijo del Hombre cuando “vendrá en su gloria con todos sus ángeles”; por ello la escena nos presenta un juicio público, universal. El juez es Jesús. Ante el comparecen todas las naciones. El tiempo del juicio es impreciso. Aparecen dos grupos de personas cuyo comportamiento histórico  ha sido bien diferente. El juicio es de separación, definitivo. La sanción es heredar el Reino o no.

Aquí, lo que cuenta  es la actitud de amor o de indiferencia hacia cualquier ser humano necesitado, cuya lista se puede hacerse más grande y contando los nuevos rostros de pobreza que nos tienen que preocupar y ocupar, entre otros:  a todos los millones de migrantes que no han encontrado  las oportunidades para una vida mejor y se ven obligados a dejar una familia, un pueblo, su Patria (muchos de ellos en tránsito por nuestras ciudades, y que necesitan de nuestra ayuda); los desempleados, víctimas de la economía utilitarista; los campesinos desplazados por no pertenecer al mundo de la tecnología y del mercado global y los indígenas, que siguen siéndolos grandes excluidos del progreso y objeto de múltiples discriminaciones en las ciudades y la situación de muchos jóvenes y adolescentes que desde su temprana edad viven sin oportunidades de crecimiento y desvían su camino.

Lo que se hace con uno de los más pequeños, se hace con Dios; este es el mensaje del evangelio: hay que estar alerta, de forma activa con la mirada puesta en el rostro concreto de cada ser humano necesitado. Lo que hacemos a los más pobres, a los hambriento, extranjeros, desnudos, encarcelados, indigentes, ES LO QUE CUENTA, es lo que hemos hecho a Dios. Increíble respuesta. Es cierto que es muy importante la fe, la oración, la comunidad, el culto, la celebración de la Santa Misa, sin embargo la experiencia de fe no puede dejar de “aterrizar” en las obras de amor, en la caridad. Obras que no están reservadas para cuando aflore los deseos de ayuda en tiempos navideños, o en campañas muy bien motivadas y difundidas  para paliar un poco el dolor de los demás; ayuda que no es temporal, para uno, tres, cuatro, seis, ocho años. Un verdadero hombre y mujer de fe toma como referencia para medir su amor a los demás las obras de misericordia propuestas por Jesús. Esto es lo que nos evidencia como hombres creyentes en Dios vivo, que se sigue manifestando con la frase “tengo sed” en los rostros sufrientes. Son el termómetro para medir nuestra coherencia de vida, sin engaños y autocomplacencias.

Esta enseñanza de Jesús no solo se refiere  a las acciones del ser humano, sino también a las estructuras sociales y a quienes tiene una responsabilidad y servicio con la sociedad y que profesan su fe en Cristo, el Señor.

La invitación: confrontar nuestra vida con la propuesta de Jesús en las obras de misericordia, como un desafío para no pasar indiferentes a la vera del camino ante los rostros sufrientes; una invitación a renovar nuestra consagración al Sagrado Corazón de Jesús, desde la responsabilidad que cada uno tengamos de ser sal y luz, como líderes o pastores de una comunidad, sea en la familia, en la sociedad en general.

† Faustino Armendáriz Jiménez
IX Obispo de Querétaro