Homilía en la Santa Misa «In Cena Domini»

Santa Iglesia Catedral, Ciudad Episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., Jueves Santo 17 de abril de 2014
Año de la Pastoral Litúrgica

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,

Saludo a los hermanos de las comunidades indígena otomíes de Santiago Mezquititlán, San Pedro y San Pablo, Tolimán, y la Torre, Amealco, que han aceptado ser los 12 apóstoles en esta ocasión.

Hermanos y hermanas todos en el Señor:

1. Con esta Santa Misa entramos en el Triduo Santo, donde unidos a toda la comunidad de católicos, conmemoramos los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, mediante los cuales, llevó a término la obra redentora de amor en favor de todos los hombres. En una tarde como esta, Jesús “antes de la fiesta de Pascua, sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, nos amó hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1) y lo hizo extraordinariamente a través del ofrecimiento de su cuerpo y su sangre derramada en la cruz de una vez y para siempre.  Sin embargo, su deseo fue que esta acción salvadora se perpetuara en la historia a través de los signos sacramentales, es decir, que los hombres y las mujeres de todos los tiempos y de todos las naciones los entendiéramos, los recibiéramos y los celebráramos  como realidades naturales que bajo la acción del Espíritu Santo son capaces de transmitirnos la vida de Dios, y de santificarnos. A través de ellos Dios nos da la gracia que necesitamos para vivir como sus hijos. Por eso, es necesario e importante que los recibamos continuamente en nuestra vida. Hoy, conmemoramos precisamente la institución de dos de ellos: el Sacramento de la Eucaristía, en el que Cristo se ha quedado en su Cuerpo y en su Sangre como nuestro alimento espiritual, y que “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, 10) y el Sacramento del Orden Sacerdotal, mediante el cual algunos fieles de la comunidad son elegidos por Dios para apacentar el rebaño del Señor, con el poder de su Espíritu y según su corazón.

2. Al celebrar hoy esta Santa Misa, comúnmente llamada “la última Cena del Señor” por el momento en el que Jesús la comió con sus discípulos antes de padecer, quiero invitarles a meditar y a reflexionar en la importancia de la celebración eucarística en nuestra vida, pues en la medida en la cual celebramos este misterio de fe con amor y devoción, se acrecienta en nosotros nuestra participación y los frutos en nuestra vida se robustecen y se hacen más fecundos, para vivir una espiritualidad eucarística que marque un estilo de vida capaz de satisfacer nuestras necesidades espirituales y que como en otro tiempo puedan decir de nosotros los cristianos católicos que somos quienes “viven según el domingo” (cf. A los Magnesios, 9, 1-2, PG 5, 670). Es decir, los que vivimos según el estilo de vida marcado el Señor.

3. Queridos hermanos,  la mayoría de nosotros cuando llegamos al templo para celebrar la Santa Misa o algún otro Sacramento,  vemos y observamos una serie de signos, figuras, colores, escuchamos cantos, oímos lecturas, nos sorprenden los gestos y los movimientos y quizá nos preguntamos: ¿por qué? La respuesta es sencilla: nuestra liturgia cristiana es una liturgia simbólica, que a través de signos y de símbolos nos lleva de la mano para adentrarnos en el misterio de Dios y de esta manera contemplar su rostro. En este sentido el concilio Vaticano II nos enseña que  —nosotros— los cristianos no debemos asistir a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que hemos de comprenderlo bien a través de los ritos y oraciones, y así participemos conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada (cf. SC, 48). “Esto se podrá conseguir apropiadamente si, atendiendo a la naturaleza y a las circunstancias de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone de modo que lleve a la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, de cuerpo y alma, ferviente en la fe, la esperanza y la caridad, que es la que la Iglesia desea ardientemente, la que exige la misma naturaleza de la celebración, y a la que el pueblo cristiano tiene el derecho y que constituye su deber, en virtud del Bautismo” (cf. Instrucción General del Misal Romano, 17). Los animo pues a conocer nuestra liturgia cristiana, sus ritos, sus oraciones, su estructura, pero sobre todo el espíritu por el cual ha ido inspirada.

4. Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la Misa, nos hace ya intuir lo que estamos por vivir. “En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa de piedra o de madera, cubierta por un mantel, y esto nos hace pensar en un banquete. Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre ese altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo los signos del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el que se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí se reúnen para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras, y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra. Palabra y pan en la Misa se convierten en una sola cosa, como en la Última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que realizó, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipo del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: «Tomen, coman, éste es mi cuerpo… Temen, beban, ésta es mi sangre» (2 Cor 11, 23-26). El gesto de Jesús realizado en la Última Cena es la gran acción de gracias al Padre por su amor, por su misericordia” (cf. Francisco, Catequesis del miércoles 5 de febrero de 2014). En ella se tiene la cumbre, tanto de la acción por la cual Dios, en Cristo, santifica al mundo, como la del culto que los hombres tributan al Padre, adorándolo por medio de Cristo, Hijo de Dios, en el Espíritu Santo. Además, en ella se renuevan en el transcurso del año los misterios de la redención, para que en cierto modo se nos hagan presentes. Las demás acciones sagradas y todas las obras de la vida cristiana están vinculadas con ella, de ella fluyen y a ella se ordenan (cf. Instrucción General del Misal Romano, 16).

5. Hoy en muchos sectores de nuestra sociedad y cultura hemos perdido el verdadero sentido de lo que significa “celebrar”. Es necesario recuperar la conciencia que celebrar es “el punto de encuentro entre experiencia religiosa que se basa sobre el evento fundante y el lenguaje simbólico que revela aquel evento y lo mantiene en el sentido largo de la historia. Celebrar no significa conocer o indicar cualquier fenómeno natural o cualquier acontecimiento histórico del pasado, sino reconocer que aquel determinado fenómeno o aquel determinado acontecimiento del pasado, tiene un sentido profundo y particularmente importante para la sociedad o la comunidad que lo celebra. En la celebración el símbolo se limita a indicar los hechos, el símbolo envuelve la relación del sentido” (cf. Bonaccorso, G., Introduzione allo studio della liturgia, Messagero, Padova 1990, 33). La fe cristiana se funda sobre el evento de la pascua, de ahí que existe como celebración, como evento y como símbolo. La celebración es el encuentro entre la experiencia religiosa, que implica una realidad sagrada indecible, y el lenguaje simbólico, que evoca aquella realidad, gracias a la intersubjetividad. Al hombre no le basta la contemplación de la presencia divina, para él, el objeto de culto es una entidad no solamente estática, sino dinámica. El hombre quiere meterse en contacto íntimo con lo divino, unirse a él, participar de su fuerza vital y de su magnificencia. Por ello, el culto es hecho de acciones simbólicas que no solo reproducen, sino permiten a tal actividad de continuar y operar.

6. Por lo tanto, la celebración eucarística es mucho más que un simple banquete: es precisamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. «Memorial» no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente, cuando nos acercamos a este sacramento, decimos «recibir la Comunión», «comulgar»: esto significa que en el poder del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma de modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celestial, donde con todos los santos tendremos la alegría de contemplar a Dios cara a cara.

7. En esta tarde quiero invitarles para que cada vez que vayamos a la Santa Misa, de manera especial el Domingo, lo hagamos conscientes de que vamos a una celebración festiva donde Dios se hace presente y nos habla. No es lo mismo decir: “voy a oír Misa” como antiguamente se decía, que decir: “voy a celebrar Misa”, hoy la comunidad celebra en comunión con toda la Iglesia suplicante. Sin embargo, esto implica que nos preparemos, que sepamos a qué vamos, que conozcamos la estructura ritual, que hayamos leído con anterioridad las lecturas, que cada uno tomemos parte en ella, ofreciendo nuestras intenciones y participando con el canto y con las respuestas. Hay una parte de la  plegaria Eucarística que se llama “prefacio” y que hace el sacerdote una vez que ya ha depositado el pan y el vino sobre el altar; esta oración el sacerdote la introduce diciendo “el Señor esté con ustedes” y el pueblo responde: “Y con tu Espíritu”, con esta oración se hace una clara alusión a la resurrección de Cristo.  Es además, una clara invitación a levantar los corazones, y ponernos sobre el altar como personas vivas,  a ser conscientes de que sobre el altar se ha abierto el cielo y que en nuestra celebración del misterio, es preciso cantar todos juntos a una sola voz el himno de la gloria y de la santidad de Dios.

8. Queridos hermanos y hermanas, deseo que al reflexionar sobre estas realidades nos veamos comprometidos para poner aquello que está de nuestra parte para hacer de la liturgia de la Iglesia la oportunidad de celebrar nuestra fe con el espíritu mediante el cual el Señor Jesús en una tarde como esta nos la entregó.

9. Pidamos a la Santísima Virgen María, “la Mujer Eucarística” que nos enseñe a ofrecernos cada día como víctimas espirituales agradables a Dios. Amén.

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† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro