Homilía en la Misa de la Visita Solemne de la Santísima Virgen de El Pueblito al templo de la Santa Cruz de los Milagros

Templo de la Santa Cruz De los Milagros,
Ciudad Episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., a 18 de Octubre de 2012

 

 

Estimados hermanos sacerdotes,
queridos Frailes franciscanos,
hermanos y hermanas de la orden seglar,
hermanos todos en el Señor:

Les saludo a todos en el Señor, deseando de que la fe de María sea un verdadero ejemplo para que  cada uno de nosotros vivamos abiertos a la gracia y al proyecto salvífico del Padre.

El 17 de octubre de 1946 el pueblo queretano reunido a espaldas de este emblemático lugar, en un ambiente de fiesta y de alegría, por manos de mi antecesor el Excmo. Sr. Obispo Don Marciano Tinajero y Estrada, al depositar la corona sobre las cienes de la bendita imagen de la Virgen del Pueblito, decía: “Así como por nuestras manos eres hoy coronada en la tierra; así merezcamos, por tus méritos, que Jesucristo tu Hijo  nos corone de gloria y de honor en el cielo”. Estas palabras memorables para el pueblo queretano representan hoy un itinerario de vida y de esperanza que considero no deberíamos perder de vista, ni olvidar, pues son un programa de vida que surge del ejemplo de María, la mujer de fe que le creyó a Dios y se abrió a la gracia para cumplir su voluntad, y por este mérito, Dios la exaltó como la bendita entre las mujeres. Por esa fe, María es digna de ser coronada y puesta como modelo para los creyentes.

Al celebrar este aniversario, hemos escuchado en la proclamación de la Palabra de Dios en este día, como María ha ofrecido la propia carne, se ha puesto totalmente a disposición de la voluntad divina, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. Aquí podemos evocar las palabras del salmo con las que Cristo, según la Carta a los Hebreos, ha iniciado su vida terrena diciendo al Padre: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (10, 5.7). En el evangelio que hemos escuchado esta noche, María dice algo muy parecido al ángel que le revela el plan de Dios sobre ella: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Hermanos y hermanas, la voluntad de María coincide con la voluntad del Hijo en el único proyecto de amor del Padre y en ella se unen el cielo y la tierra, Dios creador y su criatura. Dios se hace hombre, María se hace «casa viviente» del Señor, templo donde habita el Altísimo.

Ésta es una invitación que resuena hoy con particular fuerza. En la crisis actual, que afecta no sólo a la economía sino a varios sectores de la sociedad, la Encarnación del Hijo de Dios nos dice lo importante que es el hombre para Dios y Dios para el hombre. Sin Dios, el hombre termina por hacer prevalecer su propio egoísmo sobre la solidaridad y el amor, las cosas materiales sobre los valores, el tener sobre el ser. Es necesario volver a Dios para que el hombre vuelva a ser hombre. Con Dios no desaparece el horizonte de la esperanza incluso en los momentos difíciles, de crisis: la Encarnación nos dice que nunca estamos solos, Dios ha entrado en nuestra humanidad y nos acompaña.

Pero que el Hijo de Dios habite en la «casa viviente», en el templo, que es María, nos lleva a otro pensamiento: donde Dios habita, reconocemos que todos estamos «en casa»; donde Cristo habita, sus hermanos y sus hermanas jamás son extraños. María, que es la madre de Cristo, es también madre nuestra, nos abre la puerta de su casa, nos guía para entrar en la voluntad de su Hijo. Así pues, es la fe la que nos proporciona una casa en este mundo, la que nos reúne en una única familia y nos hace a todos hermanos y hermanas. Contemplando a María debemos preguntarnos si también nosotros queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada; o si, por el contrario, tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad, si queremos reservarnos una parte de nuestra vida, para que nos pertenezca sólo a nosotros. Pero es Dios precisamente quien libera nuestra libertad, la libera de su cerrarse en sí misma, de la sed de poder, de poseer, de dominar, y la hace capaz de abrirse a la dimensión que la realiza en sentido pleno: la del don de sí, del amor, que se hace servicio y colaboración.

La fe nos hace habitar, vivir, pero también nos hace caminar por la senda de la vida. habitar y que, al mismo tiempo, nos hace caminar, esto nos recuerda que todos somos peregrinos, que debemos estar siempre en camino hacia otra morada, la casa definitiva, la Ciudad eterna, la morada de Dios con la humanidad redimida (cf. Ap 21,3). Tanto la fe de María como la de Abraham significan confianza en Dios, una confianza que implica negarse a sí mismo y entregarse, en obediencia amorosa, a la verdad de Dios. Por lo tanto la fe, en la oscuridad de los misteriosos caminos de Dios, se convierte en conformidad con Él. En el Sí al nacimiento del Hijo de Dios de su propio seno, por gracia del Espíritu Santo, María permite que su cuerpo, así como su ser más profundo, sean convertidos en la morada de la Presencia Divina. En ese Sí, el deseo de María y el de su Hijo —que en sí mismo es el de la libre respuesta a la voluntad del Padre— coinciden, y así la Encarnación se hace posible. Por ende María, como señala San Agustín, «concibió en su espíritu antes de concebir en su cuerpo».

En el camino de profundización del misterio de la Palabra de Dios, María de Nazaret, a partir del acontecimiento de la Anunciación, es la maestra y la madre de la Iglesia y el modelo viviente de cada encuentro personal y comunitario con la Palabra, que ella acoge en la fe, medita, interioriza y vive (cf. Lc 1,38; 2, 19.51; Hch 17,11). María, en efecto, escuchaba y meditaba las Escrituras, relacionándolas a las palabras de Jesús y a los eventos que iba descubriendo en su historia. Afirma Isaac de la Estrella: «En las Escrituras divinamente inspiradas lo que es dicho en general de la virgen madre Iglesia, se refiere singularmente a la virgen madre María (…) Heredad del Señor en modo universal es la Iglesia, en modo especial María, en modo particular cada alma fiel. En el tabernáculo del vientre de María Cristo demoró nueve meses, en el tabernáculo de la fe de la Iglesia permanece hasta el fin del mundo, en el conocimiento y en el amor del alma fiel queda para la eternidad».

La Virgen María sabe observar entorno a sí y vive las urgencias de lo cotidiano, consciente que lo que recibe como don del Hijo es un don para todos. Ella enseña a no permanecer ajenos espectadores de una Palabra de vida, sino a transformarse en participantes, dejándose conducir por el Espíritu Santo que habita en el creyente. Ella «canta la grandeza» del Señor descubriendo en su vida la misericordia de Dios, que la hace «beata» porque «ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1,45). Hermanos y hermanas Ella nos invita, además, a cada creyente a hacer propias las palabras de Jesús: «Dichosos los que aun no viendo creen» (Jn 20, 29). María es la imagen del verdadero orante de la Palabra, que sabe custodiar con amor la Palabra de Dios, haciendo de ella un servicio de caridad, memoria permanente para conservar encendida la lámpara de la fe en la cotidianidad de la existencia. Dice San Ambrosio que el cristiano que cree concibe y genera el Verbo de Dios. Si hay una sola madre de Cristo según la carne; según la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos (cf. Lineamenta para el sínodo de los obispos sobre la Nueva Evangelización, n. 12).

Queridos hermanos, Dios solicita el «sí» del hombre, el sí de cada uno de nosotros, pues ha creado un interlocutor libre, pide que sus criaturas le respondamos con plena libertad. San Bernardo de Claraval, en uno de sus más celebres sermones, casi «representa» la expectación por parte de Dios y de la humanidad del «sí» de María, dirigiéndose a ella con una súplica: «Mira, el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió… Oh Señora, da esta respuesta que esperan la tierra, los infiernos, e incluso los cielos esperan. Así como el Rey y Señor de todos deseaba ver tu belleza, así desea ardientemente tu respuesta positiva… Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento» (In laudibus Virginis Matris, Homilía 4,8: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 53-54). Dios pide la libre adhesión de María para hacerse hombre. Cierto, el «sí» de la Virgen es fruto de la gracia divina. Pero la gracia no elimina la libertad, al contrario, la crea y la sostiene. La fe no quita nada a la criatura humana, sino que permite su plena y definitiva realización.Esta realidad es una realidad que hoy nos exige ser asumida, pues como afirma San Máximo el Confesor: «Las palabras de Dios, si son simplemente pronunciadas, no son escuchadas, porque no tienen como voz las obras de aquellos que las dicen. Si al contrario, son pronunciadas conjuntamente con la práctica de los mandamientos, tienen el poder con esta voz de hacer desaparecer los demonios y de estimular a los hombres a edificar el templo divino del corazón con el progreso en las obras de justicia». Se trata de abandonarse a la alabanza silenciosa del corazón en un clima de simplicidad y de oración contemplativa como María, la Virgen de la escucha, porque todas las Palabras de Dios se reasumen y han de ser vividas en el amor (cf. Dt 6,5; Jn 13,34-35). Entonces, el creyente, hecho «discípulo», podrá adentrarse en «las buenas nuevas de Dios» (Hb 6,5), viviéndolas en la comunidad eclesial, y anunciarlas a los cercanos y a los lejanos, actualizando la invitación de Jesús, Palabra encarnada, «El Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15).

Quiero invitarles a todos ustedes a que juntos confiemos a nuestra ciudad, a la Madre de Dios, santa María del Pueblito, este tiempo especial de gracia que el Santo Padre Benedicto XVI ha propuesto para la Iglesia con el año de la fe. Digámosle confiados: Tú, Madre del «sí», que has escuchado a Jesús, háblanos de él, nárranos tu camino para seguirlo por la vía de la fe, ayúdanos a anunciarlo para que cada hombre pueda acogerlo y llegar a ser morada de Dios. Amén.

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro