Homilía en la Misa de Inicio de cursos de los colegios, escuelas y centros educativos

Santa Iglesia Catedral, Ciudad Episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., 18 de septiembre de 2014
Año de la Pastoral Litúrgica

 

Muy estimados alumnos y profesores,
queridos hermanos y hermanas todos en el Señor:
 

1. Con alegría y esperanza nos hemos congregado en esta tarde para celebrar esta Santa Misa, con la cual queremos encomendar a Dios, los esfuerzos y trabajos en favor de la formación y la educación de nuestros niños y jóvenes. Somos conscientes que la gracia del Dios, es la que nos mueve y nos impulsa para llevar a cabo esta noble tarea y, que sin ella, nos veríamos limitados para ejercer con eficacia la formación del corazón; esta tarde, queremos invocar la gracia del Espíritu Santo, confiando en que sólo así, podremos ayudar a cada niño y a cada joven, para que descubra la grandeza y la riqueza que posee en su naturaleza y que Dios, ha depositado en sus manos y en su corazón. Pues la tarea educativa, consiste precisamente, en ayudar al ser humano para que descubra la imagen de Dios en sí mismo y la dignidad en que se fundamenta su existencia y puedan de esta manera, entre otras cosas, fundamentalmente ejercer la verdadera libertad, que es signo eminente de la imagen divina en el hombre (cf. GS, 17).

2. Me alegra tener este tipo de celebraciones, pues es una oportunidad propicia de poder saludarle a muchos de ustedes—alumnos y profesores—, de manera muy especial a ustedes queridos niños y jóvenes. Sepan que en la tarea y en la misión de la Iglesia, ustedes son muy importantes, no tanto por lo que hacen o puedan llegar a hacer, sino por lo que cada uno de ustedes “es” y está llamado a “ser” en la sociedad y la cultura. Siéntanse parte de los proyectos en la vida de la Iglesia. Escuela y universidad son lugares de educación a la vida, al desarrollo cultural, a la formación profesional, al compromiso por el bien común; representan una ocasión y una oportunidad para comprender el presente y para imaginar el futuro de la sociedad y de la humanidad. Raíz de la propuesta formativa es el patrimonio espiritual cristiano, en constante diálogo con el patrimonio cultural y las conquistas de la ciencia. Una buena escuela y una buena universidad se miden también por su capacidad de promover a través de la instrucción un aprendizaje cuidadoso a desarrollar competencias de carácter más general y de nivel más elevado. El aprendizaje no es sólo asimilación de contenidos, sino oportunidad de auto-educación, de compromiso por el propio perfeccionamiento y por el bien común, de desarrollo de la creatividad, de deseo de aprendizaje continuo, de apertura hacia los demás. Pero también puede ser una ocasión para abrir el corazón y la mente al misterio y a la maravilla del mundo y de la naturaleza, a la conciencia y a la autoconciencia, a la responsabilidad por la creación, a la inmensidad del Creador.

3. La formación integral del hombre como finalidad de la educación, incluye el desarrollo de todas las facultades humanas del educando, su preparación para la vida profesional, la formación de su sentido ético y social, su apertura a la trascendencia y su educación religiosa. Toda escuela, y todo educador en ella, debe procurar «formar personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer opciones libres y justas», preparando a los jóvenes «para abrirse progresivamente a la realidad y formarse una determinada concepción de la vida» (S. Congregación para la Educación Católica: La Escuela Católica, 19 marzo 1977, n. 31).

4. En este sentido, el texto de la primera lectura que acabamos de escuchar, con el que el apóstol Pablo se dirigió a la comunidad de Corinto, nos revela, precisamente en qué consiste este misterio que ha de fundamentar la verdadera educación. El apóstol nos comparte su experiencia de fe en el Señor; una experiencia que consiste en haber recibido los contendidos del acontecimiento pascual en el anuncio kerigmático, es decir, el misterio de Cristo, centrado en su pasión, muerte y su resurrección y, como este acontecimiento ha sido capaz de transformar su vida (cf. 1 Cor 15, 1-11). San Pablo no pensaba en Jesús en calidad de historiador, como una persona del pasado. Ciertamente, conoce la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no trata todo ello como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo. Para san Pablo, las palabras y las acciones de Jesús no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él. También nosotros debemos aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que está hoy con nosotros y nos muestra cómo vivir y cómo morir.

5. Queridos amigos, san Pablo en su carta, nos ofrece una herramienta clave para el futuro de la educación: el anuncio kerigmático. El cual buscará despertar en la persona, —siempre respetando la libertad religiosa y el Estado laico— la fe en Jesucristo, mediante la información del contenido de dicha fe, el testimonio de los cristianos y la llamada a la conversión  y el cambio de vida. Toda educación está, pues, guiada por una determinada concepción del hombre. Dentro del mundo pluralista de hoy, el educador católico está llamado a guiarse conscientemente en su tarea por la concepción cristiana del hombre en comunión con el magisterio de la Iglesia. Concepción que, incluyendo la defensa de los derechos humanos, coloca al hombre en la más alta dignidad, la de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por Cristo del pecado mismo; en el más alto destino, la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor. Lo sitúa en la más estrecha relación de solidaridad con los demás hombres por el amor fraterno y la comunidad eclesial; lo impulsa al más alto desarrollo de todo lo humano, porque ha sido constituido señor del mundo por su propio Creador; le da, en fin, como modelo y meta a Cristo, Hijo de Dios encarnado, perfecto Hombre, cuya imitación constituye para el hombre fuente inagotable de superación personal y colectiva. De esta forma, el educador católico puede estar seguro de que hace al hombre más hombre. Corresponderá, sobre todo, al educador laico comunicar existencialmente a sus alumnos que el hombre inmerso cotidianamente en lo terreno, el que vive la vida secular y constituye la inmensa mayoría de la familia humana, está en posesión de tan excelsa dignidad.

6. Queridos alumnos, esta tarde quisiera invitarles a cada uno de ustedes, para que centre su mirada en Cristo; él sabe dar respuesta a las interrogantes de la vida y en concreto de la edad en la que muchos de ustedes se encentran. Él nos ha mostrado que ha sido y sigue siendo capaz de salvar a la humanidad.  Dice san Pablo: “Este Evangelio los salvará, si lo cumplen tal y como yo les prediqué. De otro modo habrán creído en vano” (v. 2).  En este sentido el papa Benedicto XVI escribió en su encíclica sobre la esperanza cristiana “El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. Francis Bacon y los seguidores de la corriente de pensamiento de la edad moderna inspirada en él, se equivocaban al considerar que el hombre sería redimido por medio de la ciencia. Con semejante expectativa se pide demasiado a la ciencia; esta especie de esperanza es falaz. La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma”.” (cf. Spe salvi, 25).

7. Los obispos en México hemos elaborado el documento “Educar para una nueva sociedad” donde señalamos que “La Iglesia católica está convencida del valor que tiene el Evangelio para iluminar la inteligencia y a conciencia del hombre,  y orientar su voluntad hacia lo que es verdadero, bueno y justo. El Evangelio, además de ser el anuncio de  la verdadera trascendencia humana para la salvación realizada por Cristo, es también la más grande propuesta de valores  para nuestra realización presente. El Evangelio es la propuesta más audaz para la realización definitiva y trascendente del hombre (cf. Educar para una nueva sociedad, n. 54). Con estas convicciones, yo quisiera invitarles par que continúen con su tarea educativa. No podemos sobajarnos o quedarnos mudos ante las diferentes propuestas que pudieran ofrecerse en el así llamado mercado educativo.

8. Quiero reiterar la invitación que les hago, para que hagamos de nuestras escuelas y sectores educativos, espacios donde la misión de la Iglesia se haga presente; la Misión Permanente es impostergable y en ella ustedes y yo tenemos un lugar y un campo de acción muy valioso. Su ejemplo de fe y su testimonio vivo de Jesucristo, les ha de llevar a ser “esperanza para las jóvenes generaciones”.

9. Agradezco al P. Carlos Hernández Reséndiz, coordinador diocesano de la Pastoral Educativa, y a todo el equipo diocesano, todo el empeño por estructurar y poner en acción el Proyecto Diocesano de Pastoral Educativa. Yo les animo para que sigan promoviendo en nuestras “sociedades de padres de familia”, los Talleres que la Pastoral Educativa, ha preparado y que  hagamos del Proyecto Educativo Nacional, un proyecto de comunión y de fortaleza pastoral.

10. Pidamos a la Santísima Virgen María, “Trono de Sabiduría”, que guíe nuestras tareas y acompañe a cada uno de nuestros estudiantes, con el propósito de llevarles a Jesús. Que los santos patronos y fundadores de muchos de los colegios a los que muchos de ustedes pertenecen, sigan indicando el camino para hacer de cada estudiante, un lugar donde la semilla de la fe, germine y se fortalezca hasta llegar a dar mucho fruto. Amén.

 

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro