Homilía en la Celebración Eucarística de la VI Velada Eucarística Juvenil Diocesana

Patio del Colegio Salesiano, Ciudad episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., a 25 de mayo de 2013.
Annus Fidei – Año de la Pastoral Social – Año Jubilar Diocesano

 

Queridos Jóvenes:

escudo_armendariz1. Verles reunidos en esta plaza y celebrar juntos la fe en esta noche de adoración la VI Velada Juvenil Diocesana, me llena de gozo y de profunda esperanza, pues vislumbro en cada uno de ustedes un futuro lleno de Dios y de grandes frutos. Les saludo a cada uno de ustedes en el Señor Jesucristo, quien nos muestra complacido el rostro del Padre e intercede por nosotros enviándonos el Espíritu Santo, a fin de que vivamos felices. Este es realmente un día de gracia. Celebramos la víspera del día de la Santísima Trinidad, esta solemnidad que nos ayuda a conocer más el misterio de Dios uno y trino. Las lecturas que acabamos de escuchar en esta celebración nos ayudan a comprender la naturaleza de Dios y cuán maravillosa es la obra que ha realizado el Señor en favor de los hombres.  Pues, “dispuso en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei Verbum, 2).

2. De esta sabiduría se nos habla en la primera lectura tomada del libro de los Proverbios, la cual es la primera obra de Dios y su instrumento en la creación del mundo. Mediante ella, Dios en su infinita bondad plasmó su huella;  él, como un Padre bueno y poderoso, cuida de todo aquello que ha creado con un amor y una fidelidad que nunca decae. Así, la creación se convierte en espacio dónde conocer y reconocer la omnipotencia del Señor y su bondad, y llega a ser llamamiento a nuestra fe de creyentes para que proclamemos a Dios como Creador. Cada uno de nosotros podemos leer el gran libro de la naturaleza y entender su lenguaje (cf. Sal 19, 2-5); pero es necesaria la Palabra de revelación, que suscita la fe, para que podamos llegar a la plena consciencia de la realidad de Dios como Creador y Padre. Por la fe, sabemos que el universo fue configurado por la Palabra de Dios, de manera que lo visible procede de lo invisible (Hb 11, 3). La fe, por lo tanto, implica saber reconocer lo invisible distinguiendo sus huellas en el mundo visible. En el libro de la Sagrada Escritura la inteligencia humana puede encontrar, a la luz de la fe, la clave de interpretación para comprender el mundo.

3. El Salmista, mirando a los cielos, se pregunta: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?” (8, 4-5). El ser humano, creado con amor por Dios, es algo muy pequeño ante la inmensidad del universo. A veces, mirando fascinados las enormes extensiones del firmamento, también nosotros hemos percibido nuestra limitación. El ser humano está habitado por esta paradoja: nuestra pequeñez y nuestra caducidad conviven con la grandeza de aquello que el amor eterno de Dios ha querido para nosotros. Quiero en esta noche invitarles a cada uno de ustedes a descubrir la sabiduría de Dios plasmada en su vida, en su persona y en su cuerpo, de manera que sin caer en el egoísmo narcisista y en el culto al cuerpo, descubran en sí mismos la huella de Dios, y así en una actitud de adoración le demos gracias a Dios por la belleza de su creación. El salmo responsorial (Sal 8) que hemos cantado nos ayuda a comprender que en el ser humano Dios ha recogido y sintetizado la gloria y el esplendor del universo; por medio de su inteligencia, el hombre llega a ser, en cierto modo síntesis de las cosas creadas, y es llamado  a colaborar en la misma obra creadora  de Dios y a participar del dominio  de todo lo creado con santidad y justicia.

4. Queridos jóvenes, Dios nos ha creado hermosos, “capaces de conocer y amar a su Creador” (cf. Constitución  pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 12) nos ha creado para vivir en la libertad y en la belleza de una creación que por doquier quiere hacerse presente para entrar en dialogo con el ser humano, con cada uno de nosotros. En la medida en que nos demos cuenta de esto, aprenderemos a amarnos y a respetarnos, a respetar nuestro cuerpo, la vida, la sexualidad, la salud. No tengamos miedo de ser diferentes y de parecer anticuados o pasados de moda a los ojos del mundo.  Al contrario, anunciemos un evangelio de la vida, del amor y de la responsabilidad con el ser humano y con la creación. Nuestros coetáneos, y también los adultos, especialmente los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo.

5. Volviendo a los textos de la Palabra de Dios que hemos escuchado, quisiera que nos detuviéramos en el texto de la segunda lectura tomado de la carta de San Pablo a los Romanos (5, 1-11). En este texto alcanzamos a descubrir varios elementos que revelan el corazón de Dios y que nos ayudan a contemplar con mayor profundidad la hermosura de la creación y del hombre y cómo Dios nos ha destinado a vivir con él, por  la fe en la vida de la gracia mediante Jesucristo en el Espíritu Santo. En primer lugar, san Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe: “Ya que hemos sido justificados por la fe, mantengámonos en paz con Dios” (Rm 5, 11).  ¿Qué significa esto? “Ser justificados” significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, san Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: “Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rm 3, 24).

6. Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era observante, con una observancia fiel que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: “La vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20).

7. Queridos Jóvenes, quizá muchos de ustedes viven una vida sana, en paz, buscando hacer el bien, pero quizá no del todo plena, pues falta que tengan el encuentro con la persona de Jesucristo, con su vida y con su gracia. En este año de la fe que como Iglesia estamos viviendo, es preciso que nos convenzamos que la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza en relación con él. Pues, lo que somos como cristianos se lo debemos sólo a él y a su gracia. La gracia solo tiene una puerta y un letrero que dice fe.  No hay manera de vivir en la gracia si no es por la fe, dado que no recibimos sus bendiciones por merecimientos propios, sino a  través de lo que hizo Jesús por nosotros en quien confiamos.  Por tanto, dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario que a nada ni nadie rindamos el homenaje que le rendimos a él. Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que “estamos en él” tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

8. Al celebrar esta fiesta de la Santísima Trinidad estamos llamados a profesar la fe verdadera, a reconocer la gloria de la eterna Trinidad y a adorar la unidad de su majestad. No tengan miedo que ésta sea nuestra identidad. Seguir a Cristo, queridos jóvenes, implica además un esfuerzo constante por contribuir a la edificación de una sociedad más justa y solidaria, donde todos puedan gozar de los bienes de la tierra. Sé que muchos de ustedes se dedican con generosidad a testimoniar su fe en varios ámbitos sociales, colaborando en el voluntariado, trabajando por la promoción del bien común, de la paz y de la justicia en cada comunidad. Uno de los campos en los que parece urgente actuar es, sin duda, el de la conservación de la creación. A las nuevas generaciones está encomendado el futuro del planeta, en el que son evidentes los signos de un desarrollo que no siempre ha sabido tutelar los delicados equilibrios de la naturaleza. Antes de que sea demasiado tarde, es preciso tomar medidas valientes, que puedan restablecer una fuerte alianza entre el hombre y la tierra. Es necesario un «sí» decisivo a la tutela de la creación y un compromiso fuerte para invertir las tendencias que pueden llevar a situaciones de degradación irreversible.

9. Tengamos la mirada puesta en la Santísima Trinidad y hagamos de nuestra vida una constante alabanza a su divinidad. Que inspirados en María,  “Trono de la Sabiduría” y “modelo de fe”, le digamos sin cesar. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

 

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro