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HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE LA INSTITUCIÓN DE MINISTERIOS DE ACOLITADO Y DE LECTORADO, RITO DE ACEPTACIÓN A LAS SAGRADAS ÓRDENES, JURAMENTO DE FIDELIDAD Y PROMESAS DE CELIBATO  DE LOS FUTUROS ORDENANDOS

| Mayo 8, 2017

 

Capilla de teología del Seminario Conciliar de Querétaro, Col. Hércules, Santiago de Querétaro, Qro.,  jueves  04 de  mayo de 2017.

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Queridos padres formadores,
Queridos diáconos,
queridos seminaristas,
muy estimados padres de familia,
hermanos y hermanas todos en  el Señor:

  1. Envueltos por el clima de la Pascua, que ha devuelto a nuestros corazones la alegría y la esperanza en la vida eterna, esta tarde nos reunimos para celebrar nuestra fe y poder así, sentados a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, alimentar nuestra vida y nuestro amor a Jesucristo.
  1. Lo hacemos, en este día en el que la Iglesia celebra la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, a quienes el Señor eligió con amor verdadero, con la esperanza que su vida fuese un testimonio vivo del misterio de la redención y así, muchos, pudiesen abrazar la fe en Jesucristo resucitado. La palabra de Dios, quizá nos ofrece pocos datos sobre la vida de estos apóstoles. Sin embargo, lo datos que nos ofrece, son de gran enseñanza para nuestra vida cristiana y de manera muy especial, para la vida de estos jóvenes seminaristas y diáconos, quienes también como Felipe y Santiago, han sido “elegidos por Dios con un amor verdadero”, y hoy con alegría y con generosidad, dan un paso más en su respuesta a Dios. Algunos, como nos damos cuenta, recibirán el ministerio de Lector; otros el ministerio de Acólito; otros mediante el rito solemne, serán aceptados para recibir las Sagradas Órdenes; y estando próxima la ordenación diaconal, firmarán sus promesas de fidelidad y de celibato; los futuros presbíteros, harán pública la profesión de su fe y firmarán los compromisos que dicho ministerio les exige.
  1. ¿Quién fue Felipe y quien fue Santiago? De Felipe, hay dos experiencias que me pareen extraordinarias y que son para nosotros de gran enseñanza. La primera de ellas: sabemos por el evangelio de san Juan que Felipe, después de haber sido llamado por Jesús se encuentra con Natanael y le dice: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, de Nazaret” (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael — “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”—, Felipe no se rinde y replica con decisión: “Ven y lo verás” (Jn 1, 46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Podemos pensar que Felipe hoy nos interpela también a nosotros con estas mismas palabas, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: “Ven y lo verás”. El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella. Hay otra segunda ocasión muy particular en la que interviene Felipe —es la que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy—. Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14, 7), Felipe, casi ingenuamente, le pide: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” (Jn 14, 8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (…) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación. El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida, evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.
  1. De Santiago “el Menor” como la tradición lo refiere, sabemos que era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3); el libro de los Hechos subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén. El acto más notable que realizó fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo con la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés. En el texto de la carta a los Corintios que acabamos de escuchar (cf. 1 Co 15, 7), San Pablo, nos refiere una de las apariciones que Jesús Resucitado hizo a Santiago y a todos los apóstoles.  El mismo san Pablo con ocasión de su viaje a Jerusalén lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo “columna” de esa Iglesia al igual que él (cf. Ga 2, 9). Los judeocristianos lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta que lleva el nombre de Santiago y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento. Ocupa el primer lugar entre las así llamadas “Cartas católicas”, es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular —como Roma, Éfeso, etc.—, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho en la necesidad de no reducir la propia fe a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien. En dicha carta no se presenta como “hermano del Señor”, sino como “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (St 1, 1). Entre otras cosas, nos invita a la constancia en las pruebas aceptadas con alegría y a la oración confiada para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual logramos comprender que los auténticos valores de la vida no están en las riquezas transitorias, sino más bien en saber compartir nuestros bienes con los pobres y los necesitados (cf. St 1, 27). Así, la carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo y de modo especial en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo se debe leer también la famosa frase: “Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (St 2, 26). La carta de Santiago nos exhorta a abandonarnos en las manos de Dios en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: “Si el Señor quiere” (St 4, 15). Así, nos enseña a no tener la presunción de planificar nuestra vida de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo Santiago es un maestro de vida siempre actual para cada uno de nosotros.
  1. Queridos jóvenes seminaristas, queridos ordenandos, he querido que llevásemos a cabo esta celebración en este día, para invitarles a que sigan el ejemplo de estos dos grandes apóstoles del Señor. Su testimonio de vida vale para todos y es muy actual, pues el seguimiento que de Cristo han hecho, no se fundó sobre una bella ilusión. Sino sobre la experiencia de vivir y estar de cerca del Maestro. Seguramente su palabra, sus actitudes, sus sentimientos, sus proyectos e intereses, no fueron otros que los de Jesús. Aunque en el evangelio sólo se refiere a Felipe, estoy seguro que también para Santiago esto era una realidad y que par ambos, efectivamente  Jesús era “el camino la verdad y la vida” y por lo tanto, fue esto lo anunciaron a los paganos, incluso con la propia vida. Sin duda que hoy, el discípulo, debe estar convencido de ello. Desde la etapa y ministerio que hoy desempeñe, está llamado a vivir y reflejar que toda su vida es un don para los demás, viviendo su fe con un corazón puro y sincero. Queridos jóvenes, a cada uno de ustedes —como en aquel tiempo a Felipe y a Santiago— el Señor hoy les dirige su mirada y mirándoles con amor, les confirma su llamada. Sigan respondiendo con generosidad. Que ninguno de ustedes llegue a la ordenación sacerdotal sin ser testigo de la resurrección, convencido que el Señor es el único camino, la única verdad, y la verdadera vida. Tengan siempre presente en su rostro y en su corazón la alegría que hoy manifiestan.
  1. Esta mañana, cuando me reuní con cada uno de los que han sido elegidos para ser presbíteros o diáconos, logré ver que su corazón rebosaba de alegría. Efectivamente la llamada de Dios provoca una alegría inigualable que es capaz de transformar el mundo y llenar el corazón humano de paz y de esperanza. Les pido que la conserven y con ella vivan la misión que el Señor resucitado, les quiere confiar. Vivan con alegría cuando proclamen su palabra; vivan con alegría, cuando ayuden al sacerdote a ofrecer el culto divino; vivan con alegría cuando ejerzan la diaconía; vivan con alegría, cuando vivan su sacerdocio.
  1. Queridos hermanos, pidámosle a Dios que estos jóvenes que ahora se presentan, gustosos de recibir estos encargos de la Iglesia, siempre conserven en su corazón la alegría y la devoción. Que hagan de su misterio un servicio de Dios entre los hombres.
  1. Que la santísima Virgen María, Reina de los apóstoles, a todos nos alcance el ardor, la audacia y el celo apostólico que distinguió a los apóstoles  Felipe y Santiago. Amén.

+Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

 

 

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