Carta Pastoral Nº 11: La Conversión Pastoral

| noviembre 17, 2008

Presentada con motivo de la XX Asamblea Diocesana de Pastoral

 

PRESENTACIÓN

Los vientos de un “renovado Pentecostés” comenzaron a soplar sobre la Iglesia y a repercutir en el mundo con particular vigor desde ese acontecimiento de gracia que fue el Concilio Ecuménico Vaticano Segundo. El Espíritu sopla donde quiere, cuando quiere y también al ritmo que Él quiere y que nosotros propiciamos o permitimos según el designio salvador de Dios.

Nuestra Iglesia diocesana ha querido dejarse guiar y conducir por ese soplo vivificante del Espíritu, teniendo el oído atento a lo que nuestros Pastores nos han dicho y enseñado en la Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebradas en Medellín (1968), en Puebla (1979), en Santo Domingo (1992) y en Aparecida (2009).

Diecinueve han sido las Asambleas Diocesanas que hemos celebrado desde que iniciamos el Plan Diocesano de Pastoral y ahora, en la vigésima, queremos hacer una evaluación serena y veraz del camino recorrido y, al mismo tiempo, recibir un nuevo impulso del Espíritu hacia la “nueva evangelización” para que lleguemos a ser, como nos pide Aparecida, auténticos “discípulos misioneros de Jesucristo”.

Antecede siempre a esta gracia el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, que nos invita a estar con Él, a escucharlo y a cambiar de vida para poder acompañarlo en la realización de su misión. “Somos cristianos sólo si encontramos a Cristo… Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado llegamos a ser cristianos de verdad”, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI (3. VIII, 08). Convertirse es dejarse encontrar por Cristo, estar con Él y seguirlo. Como miembros de la Iglesia, sin la “conversión pastoral” será imposible la renovación eclesial, la nueva evangelización y la oferta de salvación para el mundo. El discípulo misionero debe primero escuchar qué es lo que Dios quiere, su santa voluntad; después, lo que el mundo necesita y está esperando y, finalmente, encaminar su acción y su  vida para colmar y transformar esa  realidad, superando gustos personales o costumbres ancestrales. Será siempre un “llevar con la gracia divina, en nuestra carne las señales de la cruz de Cristo”, como decía san Pablo; un proceso doloroso, pero siempre participación fecunda en el misterio pascual de Cristo.

Por eso, ofrezco a los hermanos presbíteros, a los consagrados y consagradas, a los agentes de pastoral, a los movimientos y organizaciones apostólicas estas reflexiones sobre la “conversión pastoral”, que “toca todo y a todos” (SD, 30) sin escapatoria posible. O nos renovamos interior y exteriormente o no cumplimos con la tarea encomendada y nos exponemos a frustrar el plan de Dios entre nosotros.

Aunque los contenidos abarcan a toda la Iglesia, a pastores y fieles, lo mismo que a todas las instancias y estructuras apostólicas, esta carta pastoral tiene en la mira con especial énfasis a las Parroquias, como “células vivas de la Iglesia y lugares privilegiados en los que la mayoría de los fieles tienen una experiencia viva de Dios y de la Iglesia. Encierran una inagotable riqueza comunitaria porque en ellas se encuentra una enorme variedad de situaciones, de edades, de tareas… y brindan un espacio comunitario para formarse en la fe y crecer comunitariamente” (A 304).

Queremos, como Diócesis, pero desde las parroquias y con todas las parroquias, “dar un paso más”, un paso adelante en nuestro caminar diocesano, pasando “de la formación a la planeación”, con la finalidad concreta de elaborar el Plan Parroquial de Pastoral. Este será un signo real y tangible de nuestra “conversión pastoral”, para que nuestra Iglesia diocesana pueda ser formadora de verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo.

La Virgen Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Patrona principal de la Diócesis, será siempre nuestro modelo, aliento y guía en el seguimiento de su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador.
 

0.   INTRODUCCIÓN

Tema recurrente en el magisterio 

1. El llamado a la conversión pastoral es un tema recurrente del magisterio tanto pontificio como episcopal latinoamericano y del Caribe, aunque con diversa nomenclatura. Desde las últimas décadas del siglo pasado se habla de desafíos pastorales que reclaman nuevas respuestas, así como de la necesidad de renovación y revitalización de la acción pastoral, por no nombrar otros llamados de carácter más sociológico como el de cambios de estructuras o de diversas opciones por ciertos sectores de la sociedad, etcétera. Sin duda que el llamado profético a la Nueva Evangelización que hizo el papa Juan Pablo Segundo en Haití, resumió y dio cauce a todas estas expectativas. En el discurso de apertura de la Conferencia de Santo Domingo decía que “la novedad de la acción evangelizadora a que hemos convocado afecta a la actitud, estilo, esfuerzo y a la programación o, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a la expresión” (DI. 10), advirtiendo que “la llamada a la nueva evangelización es una llamada a la conversión” (Nº 1).

 

Exigencia de la nueva evangelización 

2. El documento de Santo Domingo retoma el tema y lo expresa con energía, al decir que “la nueva evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia” (SD 30). Recientemente, el nuevo acontecimiento de gracia que fue la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en Aparecida, Brasil, en su documento conclusivo, insiste en la urgencia de la conversión pastoral poniéndola, con aportaciones nuevas y sugerencias concretas, bajo la rúbrica de la misión.

 

La conversión pastoral en el corazón de la Iglesia 

3.  Queremos, en este trabajo, situar la conversión pastoral en el contexto de la Iglesia y de su corazón, la santa eucaristía; y, posteriormente, ubicarla en su ámbito concreto de la Iglesia particular, en especial en la parroquia, para, finalmente, subrayar dos urgencias: la conversión respecto a la escucha y fidelidad a la Palabra de Dios y la necesidad de implementar un instrumento concreto y sólido de catequesis mediante la iniciación cristiana, con el catecumenado y la subsiguiente evangelización, con la finalidad de iniciar el proceso de superación de esa debilidad casi congénita de la fe católica en este continente.

 

I. COMUNIÓN EUCARÍSTICA, COMUNIÓN ECLESIAL Y CONVERSIÓN PASTORAL

La Iglesia es comunión 

4. La koinonía o communio “encarna y manifiesta la misma esencia del misterio de la Iglesia”, nos recordaba el papa Juan Pablo Segundo (NMI 42). Hablar, pues, de comunión es tocar la misma entraña, el corazón de la Iglesia. En efecto, explica el Papa, “la comunión es fruto y manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (Cf. Rm 5,5) para hacer de nosotros ‘un solo corazón y una sola alma‘ (Hech. 4, 32)” (Ibid.). El corazón del Padre se manifiesta en el corazón del Hijo por la acción del Espíritu Santo y se nos da a cada uno de nosotros para que tengamos un solo corazón en la Iglesia y seamos “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Cf. LG 1). Muchas son las cosas que hacemos y programamos en la Iglesia, pero si falta la comunión, como expresión del amor de Dios (ágape), todo sería inútil. “Comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón ardía de amor…, que comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo”, decía Santa Teresa de Lisieux en cita del papa Juan Pablo Segundo (NMI 42). Aparecida lo resume diciendo que “la Iglesia atrae cuando vive en comunión” y así se hace misionera (A 163).

 

La espiritualidad de comunión 

5. Por esta razón, antes de emprender la planeación pastoral, “hace falta promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” de modo que la Iglesia (diócesis o parroquia) sea “casa y escuela de comunión” (NMI 43). Esta “espiritualidad de comunión” consiste en un mirar el corazón de la Santísima Trinidad y ver su luz amorosa reflejada en nuestros corazones y presente también en los hermanos que están a nuestro lado y que nos pertenecen. “Éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”. Esta es la Nueva Evangelización que el mundo actual está esperando de nosotros y, para lograrlo, necesitamos “la conversión pastoral” que “toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la   Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento universal de salvación”, como ya nos indicaba el documento de Santo Domingo (SD 30). Pero, nos advierte el Papa, “sin este camino espiritual” o espiritualidad de comunión, “todos los instrumentos externos se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión” (Cf. NMI 43). La conversión pastoral será siempre gracia de atracción de Jesús, el Buen Pastor.

 

La fuente de la comunión 

6. Es, pues, necesario precisar la fuente y origen de la comunión, que no es otra que la santa eucaristía, como hermosamente la describe san Juan de la Cruz en su cantar del alma:“Aquella eterna fonte está escondida,en este vivo Pan por darnos vida”, y que el Catecismo de la Iglesia Católica retoma cuando explica cómo la eucaristía hace la Iglesia: “Los que reciben la eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia” (N. 1396), de modo que la eucaristía sella y consuma la unidad iniciada mediante la consagración bautismal a la santísima Trinidad. Gracias al sacramento del bautismo y de la confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia cristiana, pues, unido a Cristo-Cabeza es “casi una única persona mística” (Pío XII, MC), una unidad vital y variada, a la que se refería hermosamente San Agustín, cuando exhortaba a sus fieles: “Si vosotros sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor y recibís este sacramento vuestro… Oyes decir: El Cuerpo de Cristo, y respondes amén. Por lo tanto, sé un verdadero miembro de Cristo para que tu amén sea también verdadero” (Sermón 272).

 

El cuerpo eclesial de Cristo 

7. Esta riqueza teológica y eclesial ha sido puesta particularmente de relieve en las plegarias eucarísticas del nuevo misal. El canon romano nos había enseñado ya a implorar “toda gracia y bendición” sobre quienes “recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo al participar aquí de este altar”; la segunda anáfora precisa, suplicando: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”; la tercera ora para que, “fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; y la cuarta suplica al Padre que, “cuantos compartimos este pan y este cáliz, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”. Ya la Didajélo expresaba hermosamente en su plegaria eucarística: “Como este pan que hemos partido, disperso en las espigas de los montes, se unificó en la hostia que comemos, así se unifique tu Iglesia desde todos los confines de la tierra en la unidad de tu reino” (IX, 4). Tanto la doctrina del catecismo como la oración sacerdotal de la misa, son un eco de la enseñanza del Apóstol: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (1 Cor. 10, 16-17). El cuerpo físico del Señor Jesús inmolado en la cruz, por obra del Espíritu Santo se convierte en su cuerpo sacramental presente en el altar y conforma su cuerpo místico o eclesial, actuante en el mundo. Verdaderamente la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia se nutre de la eucaristía.

 

La comunión espiritual 

8. De esta reflexión aparece claro que pensar la “comunión” como algo individual y privado está en desacuerdo con la enseñanza litúrgica, doctrinal y bíblica de la Iglesia y sobre la Iglesia. Con un acto externo, el “comer y beber”, se reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mediante los signos sacramentales; pero no termina allí esta acción misteriosa, sino en la comida y bebida “espiritual”, en la cual no es Cristo el que se transforma en el comulgante mediante un proceso biológico, sino que es el comensal quien es asumido y transformado en el mismo sacramento que recibe: Se convierte en miembro de cuerpo místico y eclesial de Cristo. Por la fuerza del Espíritu soy yo quien me transformo en él. Esto también lo enseñaba la Didajé cuando decía al Padre: “A nosotros nos has dado un alimento y una bebida espiritual, y la vida eterna por medio de tu Hijo” (X, 3). Esta es la verdadera “comunión espiritual” y no sólo el simple afecto o deseo de recibir al Señor, cosa meritoria pero insuficiente. Toda comunión espiritual es, por su propia naturaleza, una comunión eclesial.

 

El cuerpo espiritual del Señor 

9. Nuevamente aquí vemos traducida en doctrina y vida la enseñanza del Apóstol: “Todos comieron el mismo pan espiritual y todos bebieron de la misma bebida espiritual, pues bebían de la misma roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor 10, 3-4). Es, pues, plenamente legítima e indispensable la distinción (no separación, pues el mismo crucificado es el resucitado) entre el cuerpo físico de Cristo, nacido de Santa María Virgen e inmolado en la cruz, y el cuerpo espiritual del Señor inmolado sacramentalmente en el altar y convertido en comida y bebida de salvación para formar el cuerpo eclesial. Al recibir este alimento y bebida espiritual, la Iglesia se convierte en signo e instrumento de salvación,“profunda esperanza del mundo” (NMI, 34). Tomar conciencia de esta verdad y vivir conforme a ella, es iniciar la conversión eclesial que nos piden nuestros pastores para llegar hasta la conversión pastoral.

 

La eucaristía, forma de la vida cristiana 

10. La afirmación de Jesús: “el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57) “contiene en sí un dinamismo que hace de él (de Cristo) principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente”, dice el Papa Benedicto XVI (Sacr. Caritatis, 70). La conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y la conversión de nosotros en Cristo mediante la “comunión espiritual”, constituyen el fundamento teológico y sacramental del reclamo de nuestra conversión eclesial y pastoral. Él nos convierte en él para que nosotros nos convirtamos a él. Si “la Iglesia vive de la eucaristía”, la fuente y el origen de toda renovación eclesial y de toda conversión pastoral es la santa eucaristía: “Cada gran reforma de la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la Eucaristía” (A 252); debe, por tanto, implementarse “la pastoral del domingo”, el día de la Eucaristía. Sin ella no es posible la renovación de la Iglesia, ni la espiritualidad de comunión, ni la conversión pastoral. Debe ser, por tanto, justamente conocida,  apreciada y vivida en sus distintas expresiones, sobre todo en la misa dominical.

 

El rito de la comunión 

11. Es significativo que el rito y acto de recepción del Cuerpo y Sangre de Cristo en la santa eucaristía reciba el nombre de comunión, el mismo que la Iglesia. Esto lo señala insistentemente la liturgia en el llamado “Rito de comunión”, que se explicita en cuatro pasos: La Oración del Señor, el Rito de la paz, La Fracción del pan y la Comunión, según laInstitución General del Misal Romano (Nos. 80 a 89). El Padrenuestro es, desde la más remota antigüedad, la oración más adaptada al rito de la comunión ya que recalca la fraternidad en torno al “pan cotidiano”, que para los cristianos evoca principalmente el pan eucarístico, como don del Padre a sus hijos, al mismo tiempo que se implora el perdón de los pecados. Aquí aparece la Iglesia como la communio sanctorum de modo que verdaderamente se da a los santos las cosas santas. El intercambio de la paz en este lugar (si bien existen otras posibilidades legítimas) asocia ritualmente lo que está íntimamente unido teológicamente, la reconciliación con el hermano para obtener el encuentro con Dios. La Fracción del pan, nombre antiguo de la eucaristía, asocia a ésta con la participación de todos en un mismo pan para formar un solo cuerpo, mediante el sacrificio del Cordero que quita el pecado del mundo y suprime  toda división. El Rito de comunión, realizado en procesión ordenada y festiva, expresa el carácter comunitario de la eucaristía y hace posible el acercamiento al altar y la unión íntima y esponsal del fiel con su Señor. Todo en la liturgia eucarística nos habla de la dimensión comunitaria y social de la comunión; reducirla, por tanto, a un acto privado y meramente devocional es desfigurarla y volverla inoperante. Necesitamos en este campo una verdadera conversión eclesial y pastoral.

 

La conversión moral 

12. Es evidente que lo dicho no minimiza ni mucho menos excluye la conversión moral, o sea, el cambio personal de vida y costumbres. Pero ésta es la consecuencia, casi “natural” diríamos, dentro de lo sobrenatural de la conversión eclesial y pastoral. En este campo el papa Benedicto XVI nos enseña que “hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos… en vida ’según el Espíritu’ (cf. Rm 8, 4s; Gl 5, 16.25)”; y señala cómo san Pablo, “en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y de pensar: ‘Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto´ (12,2)”; y concluye el Pontífice: “La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, ´para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina’ (Ef 4, 14)” (Sacr. Car. 77). La conversión moral es fruto y consecuencia necesaria de una sincera conversión eclesial y pastoral. La vida eucarística es la que da la auténtica madurez cristiana y, aunque se reciba de pequeños, se deben evitar todos los elementos infantiles e individualistas de que se ha rodeado.

 

María Santísima, modelo y creadora de comunión 

13. María Santísima es propuesta por el Concilio Vaticano II como “figura y modelo de la Iglesia”porque es la “mujer eucarística” (Juan Pablo II) que crea, vive y nos lleva a la comunión con Dios y con los hermanos mediante su Hijo y la docilidad a la acción del Espíritu Santo. Todo esto encuentra su realización concreta en la Iglesia mediante personas, instituciones y medios de comunión y participación. Abarca “todo y a todos”, a pastores y fieles, pero el modo concreto “se realiza a través de la diócesis y las parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades -con la vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo-, así como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de ofrecer su contribución específica para favorecer a los fieles la percepción de pertenecer al Señor (Cf. Rm 14, 8)” (Sacr. Car. 76), y así convertirse en auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo.

 

II. LA CONVERSIÓN PASTORAL EN LA DIÓCESIS

La diócesis, lugar privilegiado de la conversión pastoral 

14. La conversión pastoral se apoya y se alimenta de la espiritualidad de comunión o comunión eclesial y de la comunión eucarística. Son su fuente y sustento. Ahora hace falta indicar quién es el sujeto y los aspectos más relevantes de esta conversión pastoral, según el Magisterio de la Iglesia y, en especial, en las enseñanzas de Aparecida, que la mira de acuerdo a las necesidades de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe. Vamos a situar la conversión pastoral en la diócesis, a quien Aparecida llama “lugar privilegiado de la comunión” (No 164) y, por tanto, de la conversión pastoral, pues, “reunida y alimentada por la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y se manifiesta en la Iglesia particular, en comunión con el Obispo de Roma” (A 165), pues la diócesis “es totalmente Iglesia, pero no es toda la Iglesia. Es la realización concreta de la Iglesia Universal, en un determinado lugar y tiempo” (A 166). En efecto, “la maduración en el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo requieren que la Iglesia particular se renueve en su vida y ardor misionero… es el primer ámbito de la comunión y misión. Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en su propio territorio. Este proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los nuevos desafíos. Porque un proyecto solo es eficiente si cada comunidad cristiana, cada parroquia, cada comunidad educativa, cada comunidad de vida consagrada, cada asociación o movimiento y cada comunidad se insertan activamente en la pastoral orgánica de la diócesis” (A 169). Queda en claro que la Iglesia particular es el primer y principal sujeto de la conversión pastoral en cuando en ella y sólo en ella se puede vivir en plenitud la espiritualidad de comunión. Por eso concluye Aparecida: “Cada uno está llamado a evangelizar de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de la diócesis”.

 

Renovado esfuerzo en las parroquias 

15. De entre las diversas comunidades que forman la Iglesia diocesana, la parroquia es la más importante, puesto que ella es como la Iglesia en la puerta de los fieles. “La parroquia es célula viva de la Iglesia, lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia viva de Cristo y de la comunidad eclesial” (A 170). En ella los fieles encuentran todo lo necesario para su vida cristiana y para su salvación. A esta naturaleza corresponde su importancia en el proceso de conversión pastoral. Lo señala Aparecida con particular vehemencia cuando reclama “una valiente acción renovadora de las parroquias a fin de que sean de verdad ‘espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradora de movimientos de apostolado ya existentes, abiertas a los proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades circundantes’ (EAm, 41)” (A 170). A estas exigencias inspiradas en Ecclesia in America, Aparecida pide su “renovación misionera, tanto en las grandes ciudades como en el mundo rural” y crear para ello “nuevas estructuras pastorales” (A 173) de modo que “los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y formación de laicos misioneros” (A 174). En cierto sentido la diócesis vive para la parroquia, pues es en ella donde los fieles acuden a beber de la fuente de la salvación: los sacramentos, la palabra de Dios, la solidaridad cristiana y experimentan la fraternidad. Por eso el Documento llega a proponer acciones concretas y a pedir la adaptación hasta de los horarios de servicios a las nuevas necesidades (Cf. A 518a).

 

Conversión pastoral y renovación misionera 

16.   Santo Domingo habló explícitamente de la conversión pastoral cuando describió la Nueva Evangelización según la ya clásica propuesta del papa Juan Pablo Segundo: nueva en su ardor (No 28), nueva en sus métodos (No 29) y nueva en su expresión (No 30), y concluye así: “La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio. Lo  toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal” (SD 30). Según este contexto, la conversión pastoral implicaría necesariamente la renovación de los métodos y expresiones pastorales así como el ardor apostólico de santidad, temática que Aparecida explicita y aplica a la realidad eclesial latinoamericana, subrayando la dimensión misionera. El Documento toca explícitamente el tema de la conversión pastoral en los números 365 a 372 bajo el título “Conversión pastoral y renovación misionera de las comunidades”, aunque, a decir verdad, todo el Documento es una invitación y una propuesta a la conversión pastoral de las diócesis, de las diversas comunidades, de las personas y de las estructuras eclesiales bajo el rubro de “discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. En último término, convertirse pastoralmente es hacer que nuestros pueblos tengan vida en Cristo, el Buen Pastor, que vino a dar la vida para que sus ovejas la disfruten en abundancia.

 

Recomenzar desde Cristo 

17. El telón de fondo que está reclamando esta conversión pastoral se encuentra sintética y vigorosamente expresado en inicio del Documento e incorpora los señalamientos de dos romanos Pontífices. Dice: ”No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a alguna participación ocasional de algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza ‘es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual todo aparentemente procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad’” (A 12). Ante este sombrío panorama a todos nos toca “recomenzar desde Cristo” para propiciar un verdadero “renacimiento pastoral” (Cf. NMI 28s). Al encontrarnos con Él, se nos abrirá un nuevo horizonte, “la gran esperanza” (SpS 27). De este modo, la conversión pastoral arranca de una experiencia personal con quien viene a nuestro encuentro, Jesucristo. Sólo con esta luz se puede superar el “gris pragmatismo” que envuelve la vida de nuestra Iglesia.

 

Conversión en todo y de todos 

18. Si la conversión pastoral “toca todo y a todos” no es asunto exclusivo, aunque siempre lo será prioritario, de los pastores. El esquema que puede ayudarnos a ordenar este panorama englobante es, simplificando un poco, el señalado de un renovado ardor o de las personas, el de las nuevas expresiones o estructuras eclesiales y el de los actualizados métodos o loscómo. Vamos, pues, a referirnos a los tres, comenzando por la conversión de las personas.

 

A) LA CONVERSIÓN DE LAS PERSONAS O EL ARDOR MISIONERO

 Cambio de personalidad pastoral 

19. Sin lugar a duda, el tema es  complejo y profundo a la vez, pues toca la interioridad de los pastores, de los agentes de pastoral y de la comunidad creyente. Sólo el Espíritu de Dios sabe lo que hay en el espíritu del hombre. El cambio exigido en la mentalidad, los criterios de juicio, las actitudes, los hábitos, los valores, las relaciones y las opciones o preferencias que  subyacen siempre en todo agente de pastoral bien puede llamarse “cambio de personalidad pastoral”. Aquí el concepto bíblico de “conversión” nos ilumina providencialmente; no es un simple “sentimiento religioso”, sino un volverse dentro de uno mismo, escuchar su propio corazón y, al mismo tiempo, descubrir allí la voz del Padre que llama y espera la vuelta, el regreso del hijo pródigo. Se trata, pues, de un viraje profundo de la nous humana, que se siente atraída y llamada a acortar distancia, a dejarlo todo y volver a la casa paterna y experimentar a la Iglesia “como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (A 370), donde particularmente los pobres se sientan “como en su casa” (NMI 50; Cf. A 188). Este aspecto cálido y festivo de acogida paterno-materna tiene que ser generado por la conversión de los pastores, agentes de pastoral y comunidad eclesial. El Documento lo expresa con términos evangélicos como experimentar“la belleza y alegría de ser cristiano” o “la gratitud y alegría desbordante” por el don de la fe. Esta experiencia gozosa de la fe el pueblo creyente la manifiesta en la celebración de la fiesta cristiana, pero muchas de sus expresiones necesitan profundización y purificación mediante la mutua fecundación de la liturgia con la piedad popular.

 

Bajo el signo de la santidad 

20. Con lo dicho queda claro que la conversión pastoral de las personas desemboca necesariamente en la santidad, como ya lo había señalado Santo Domingo: ”El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador; así, el mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas” (SD 28), lo que subraya con fuerza el papa Juan Pablo Segundo, señalando que “la santidad es más que nunca una urgencia pastoral”, y que “poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias”. Sin duda que aquí se refiere el Papa a la conversión pastoral. Para lograrlo se debe instaurar una “pedagogía de la santidad verdadera y propia” para que se abra a los fieles el acceso a ella (Cf. NMI 30-31). Aparecida retoma el tema con vigor, señalando que “hoy, más que nunca, el testimonio de la comunión eclesial y la santidad, son una urgencia pastoral” (A 368), cuyo camino de acceso es la misión (Cf. A 148) y cuyo testimonio, a Dios gracias, no ha faltado entre nosotros (Cf. A 374d), incluso hasta “la persecución y la muerte” (Cf. A 98). La Iglesia en América goza ya, por gracia de Dios, del testimonio supremo del martirio, que la convierte en madre fecunda y feliz de sus hijos.

 

B) LA CONVERSIÓN EN LAS ESTRUCTURAS PASTORALES

Al servicio del Espíritu 

21. Las estructuras son las formas concretas y prácticas que necesariamente asume la acción pastoral organizada para ser eficaz. En toda institución las estructuras están al servicio de los fines que ésta persigue, de lo contrario se vuelven contra la misma; serían no sólo inoperantes, sino adversas. Son siempre relativas, aunque algunas lleguen, por el uso y la tradición, casi a identificarse con la institución. En la Iglesia solemos distinguir lo que es “de institución divina”, inmutable, y lo que el tiempo va aconsejando como lo más apto para el cumplimiento de su misión. Son de las mutables de las que hablamos. Es claro, por otra parte, que en la Iglesia el protagonismo pertenece al Espíritu y que las estructuras eclesiales deberán facilitar el camino a su acción y crear espacios de libertad, cual conviene a su naturaleza y a la dignidad de hijos de Dios. La sabiduría divina, acompañada de la virtud de la prudencia y de la audacia (parresía), deben conducirnos para armonizar disciplina y libertad, carisma e institución, organización y creatividad.

 

Al servicio de la misión 

22. El Documento de Aparecida pone decididamente la renovación de las estructuras eclesiales bajo el signo de la misión y, por tanto, ésta “debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia”; éstas deben hacerlo “con todas sus fuerzas” y estar dispuestas a “abandonar las estructuras caducas” menos favorables al espíritu misionero (A 365). Este es, según Aparecida, el principio rector de la conversión en las estructuras pastorales. Lo que dificulte o impida la misión, debe abandonarse o transformarse, como sería el caso del paso “de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (A 370), o el cambio “de un pasivo esperar a un activo buscar” (A 517 i). La presencia del Señor resucitado prometida a sus apóstoles viene después del mandato:“Vayan por todo el mundo” (Cf Mt 28, 19), es decir, Jesús resucitado está presente con sus discípulos cuando éstos se ponen en camino, con su Iglesia misionera.

 

La pastoral orgánica 

23. Como las estructuras eclesiales están presentes en toda la acción pastoral de la Iglesia, la tarea es amplísima y, para que no se disparen las acciones, debe iniciarse con una visión integral de la acción pastoral, que responda a la eclesiología o espiritualidad de comunión y que se llama la “pastoral orgánica”. La pastoral orgánica es un proceso educativo para lograr la espiritualidad de comunión. El proyecto pastoral de la diócesis, camino de pastoral orgánica, debe ser una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias de la realidad siempre cambiante y a los signos de los tiempos.  Este proyecto diocesano de pastoral orgánica debe ser dirigido con solicitud vigilante por parte del obispo en sintonía con su presbiterio y acompañado y apoyado por los fieles laicos, quienes “deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” del plan de pastoral. Los fieles laicos deben ser incorporados a la renovación de las estructuras parroquiales y diocesanas y, sobre todo, formados y acompañados para insertarse en la vida “secular”, que es su ámbito propio y principal (Cf. A 100c). Este oficio los laicos lo ejercen, no como concesión graciosa de sus pastores, sino en fuerza de su incorporación a Cristo mediante el bautismo y la confirmación. Así como se llama a los fieles laicos a desempeñar ciertos ministerios intraeclesiales, y ellos tienen el deber moral de acudir a la voz de sus pastores, así los pastores deben considerar parte de su oficio el apoyar y acompañar a los laicos en sus tareas apostólicas, respetando en ellas su índole laical (Cf. A 100c). Tan reprobable es la laicización del ministerio ordenado como la clericalización del estado laical, ahora de grande actualidad; como también el abandono o desinterés de los pastores por los proyectos que emprenden los fieles laicos en cumplimiento de sus deberes cristianos.

 

Los consejos de pastoral 

24. Este diálogo y cooperación eclesial facilitará al pastor estar atento a las necesidades de su grey y podrá responder mejor a los reclamos del mundo globalizado y en continua mutación. A este respecto, los Consejos de pastoral, tanto los diocesanos como los parroquiales, son de vital importancia en cuanto representativos de grupos o sectores que, apoyados en su conocimiento de la realidad e iluminados por el Espíritu santo, mediante el “don de consejo” y no de simples pareceres, auxilian al pastor en la toma de decisiones para común utilidad. Este auxilio laical presta un valioso servicio al pastor quien debe iluminar a sus fieles en todo lo referente al diálogo Iglesia-mundo: política, economía, justicia, trabajo, educación, cultura y el  mundo fascinante y movedizo de las comunicaciones, para que en todos ellos resuene la voz viviente y vivificante del Evangelio. A este respecto, Aparecida se hace eco en sus páginas del llamado del papa Benedicto XVI a crear estructuras justas como “una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad” (DI 4). Este es el campo específico de los fieles laicos en los diversos ámbitos de su vida; para ello deben recibir una formación sólida a fin de que puedan ejercer su  liderazgo y recrear la cultura católica, ahora en evidente declive en el continente. Este es un elemento decisivo en la conversión pastoral de la Iglesia.

 

C) LA CONVERSIÓN EN LOS MÉTODOS PASTORALES

Los nuevos caminos del Evangelio

25. El método es el camino a seguir para lograr el objetivo; son opciones operativas para lograr el cambio y llegar a la meta. Son los cómo del proceso de conversión pastoral. En referencia con lo específico de la acción pastoral de la Iglesia, los métodos no son sólo instrumentos o técnicas operativas a manera de herramientas de trabajo; son, más bien, enfoques y opciones que reflejan y manifiestan el estilo propio de la pastoral, que no es otro que el de Jesús. Los métodos vienen siendo verdaderas opciones pastorales. “Nuevas situaciones exigen nuevos caminos para la Evangelización”, afirmó Santo Domingo (SD 29) y señaló el testimonio, el encuentro personal con Jesucristo, la docilidad al Espíritu Santo así como la confianza en la acción salvadora presente en el kerigma y la solidaridad del cristiano con todo lo humano.

  

Alegrar la esperanza 

26. Aparecida señala algunas “sombras” que entristecen el panorama que quiere alegrar nuestra esperanza. Lo hace en el impactante retablo de carencias en el número 100 del Documento, que en la letra c) explícitamente señala “una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones”, con un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo de los fieles. Habría también, en ocasiones, una “inversión pastoral” recurriendo a una eclesiología preconciliar (b), y “nos ha faltado valentía, persistencia y docilidad a la gracia”(h), pues “se notan -por ejemplo- actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencias a encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura, de sentimientos de impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades” (A 513). Como el primer paso hacia la conversión es la aceptación de las culpas, nuestros pastores humildemente confiesan que “nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la Resurrección de su Hijo y gracia y conversión del Espíritu Santo” (Ibid.).

Primero, la gracia 

27. Sin duda que esta humilde confesión nos dispone, como al publicano, para la misericordia divina o “primacía de la gracia”, que nos invita a superar “la tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar” (NMI 38). Cuando no se respeta este principio, “los proyectos pastorales llevan al fracaso y dejan en el alma un humillante sentimiento de frustración” (Ibid.). Previniendo esta tentación, Aparecida nos invita a proseguir el itinerario iniciado por la primera comunidad apostólica y a dar la primacía al Espíritu de modo que podamos decir siempre con verdad: “Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros” (Hech 15, 28). Cuando actúa el Espíritu, entonces Jesucristo se hace presente y se forma en torno a Él la comunidad de salvación, la Iglesia, una y múltiple, unida y plural, engalanada con dones y carismas diversos; el protagonismo humano, en cambio, no edifica, sino que dispersa o paraliza y genera o la división o la uniformidad. El protagonista de la misión es Jesús, no el discípulo; éste, después de haber experimentado la fascinación del encuentro con el Maestro, como nos lo trasmite san Juan en el relato paradigmático de los dos primeros discípulos (Cf. Jo 1, 38s), es invitado a “permanecer con él”. En efecto, el discípulo de Cristo, a diferencia del alumno de los escribas, queda unido a su Persona y forma parte de su familia, como el sarmiento a la vid para producir mucho fruto (Cf. Jn 15, 4-5). Por eso, este relato vocacional “permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano” (A 244) y los primeros discípulos como ejemplos a imitar.

 

III.   TRES SUBRAYADOS: LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS,LA INICIACIÓN CRISTIANA Y LA PASTORAL DE CONJUNTO.

Tres urgencias para la conversión pastoral 

28. La conversión pastoral abarca toda la vida cristiana: las personas, los métodos, las instituciones y, dijimos, está presente de manera transversal en el Documento de Aparecida. Sin embargo, quisiera hacer tres subrayados que me parecen de vital importancia para la conversión pastoral de la Iglesia: La escucha atenta de la Palabra de Dios y la Iniciación cristiana y la Pastoral de conjunto.

 

A) LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS

La misión exige obediencia a la Palabra de Dios 

29. En la serie de preguntas que se hace y responde el papa Benedicto XVI en su discurso inaugural, toca este punto con singular maestría: “¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con él, para encontrar la vida en él y para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad y al mundo?”, y responde el Papa: “Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios”. Y prosigue: “Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y el Caribe se dispone a emprender… es condición indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios” (DI, 3). Un “conocimiento profundo” y una obediencia incondicional a ella: “En éste pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is. 66, 2).

 

Conversión a la Palabra de Dios

30. A partir del Concilio Vaticano Segundo, la Iglesia que peregrina en este continente, ha experimentado un acercamiento a la palabra de Dios escrita mediante versiones en lengua vulgar de la Biblia. Numerosas comunidades han hecho de la lectura meditada de la Escritura su alimento y sustento espiritual. Gracias a Dios las traducciones son variadas, sin duda de diversa calidad, pero indicadores valiosos de salud bíblica. No obstante este despertar bíblico, la riqueza de la constitución dogmática sobre la Divina Revelación del concilio Vaticano Segundo, no ha rendido todavía los frutos abundantes que auspicia en su final: “Que… por la lectura y estudio de los Libros sagrados, se difunda y brille la palabra de Dios (2 Thess 3,1); que el tesoro de la revelación encomendado a la Iglesia vaya llenando el corazón de los hombres. Y como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios, que dura para siempre (Is 40,8; 1 Petr 1,23-25)” (DV 26). Estamos lejos de satisfacer este deseo del Vaticano Segundo; por eso el Papa nos lo subraya con particular vehemencia en su discurso, cuando añade: “Para esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra de Dios: que ella se convierta en alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (Cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para ello animo a los pastores a esforzarse por darla a conocer” (Ibid.). Está del todo claro el llamado del Papa a la conversión bíblica de los pastores y, en consecuencia, de los fieles.

 

Animación bíblica de la pastoral 

31.    A este llamado responde Aparecida con solicitud en el número 247, citando el texto del Papa, que luego comenta: “Se hace, pues, necesario exponer la palabra de Dios como don del Padre para el encuentro con Jesucristo vivo, camino de ‘auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad’ (EAm 12). Esta propuesta será mediación de encuentro con el Señor si se presenta la Palabra revelada, contenida en la Escritura, como fuente de evangelización”(A 248), de modo que se responda al hambre de la palabra de Dios que existe en nuestro pueblo. Se deberá, por tanto, como signo de conversión pastoral, implementar una ‘pastoral bíblica’, “entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, de evangelización inculturada o de encuentro con la Palabra” (A 248). Esta ‘animación bíblica’ quiere significar la presencia omnímoda de la palabra de Dios en todas las ‘pastorales’. La llamada pastoral bíblica no debe entenderse como una ‘superpastoral’, sino que su función es la del Verbo encarnado: Ser vida y luz para todas las pastorales. Deberá también evitarse el peligro del llamado ‘biblismo’, que desliga el Libro santo de la Tradición viva de donde nació y del servicio del Magisterio y que degenera en interpretaciones de corte fundamentalista. La Escritura nació en la Iglesia y debe leerse, interpretarse y vivirse dentro de la comunión eclesial, cuya máxima expresión es la celebración eucarística, donde confluyen en una misma mesa el pan de la palabra y el pan eucarístico. Por eso concluye nuestro texto: “Esto exige, por parte de los obispos, presbíteros, diáconos y ministros laicos de la Palabra, un acercamiento a la Sagrada Escritura que no sea solo intelectual e instrumental, sino con un corazón ‘hambriento de oír la Palabra del Señor’ (Am 8, 11)” (Ibid.), en especial “la lectio divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura” (A 249), cuyo lugar propio es la parroquia “donde se recibe y acoge la Palabra, se celebra y se expresa en la adoración del Cuerpo de Cristo y, así, es la fuente dinámica del discipulado misionero” (A 172). Sin duda que el próximo Sínodo de los Obispos nos ayudará a esclarecer esta doctrina y a ponerla en práctica mediante la conversión pastoral de pastores y fieles.

 

B)  LA INICIACIÓN CRISTIANA

Identidad católica vulnerable 

32. La constatación, tardía quizá pero saludable de nuestros pastores, de que  “son muchos los creyentes que no participan en la Eucaristía dominical, ni reciben con regularidad los sacramentos, ni se insertan activamente en la comunidad eclesial”, constituyen “un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable”, que contribuyen a incrementar los grupos religiosos extraños a la Iglesia o afines a la increencia, son “un fenómeno que nos interpela profundamente a imaginar y organizar nuevas formas de acercamiento a ellos para ayudarles a valorar el sentido de su vida sacramental, de la participación comunitaria y de su compromiso ciudadano” (A 286).  Ante este “gran desafío” que cuestiona a fondo la manera cómo estamos educando en la fe, “se impone la tarea irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana” que señale el qué, el quién, el cómo y el dónde debe realizarse pues, “o educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora” (A 287).

 

“Nova et vetera”: La iniciación cristiana 

33. La propuesta viene en el número 294, que dice: “Proponemos que el proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la iniciación cristiana sea asumido en todo el Continente como la manera ordinaria e indispensable de introducir a la vida cristiana, y como la catequesis básica y fundamental”, y explica como “la iniciación cristiana, que incluye el kerigma, es la manera práctica de poner en contacto con Jesucristo e iniciar en el discipulado”fortaleciendo “la unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana y profundizar en su rico sentido” (A 288). Vienen después las modalidades de esta iniciación cristiana, o como catequesis prebautismal para los no bautizados o como postbautismal para los bautizados no suficientemente evangelizados “con una experiencia que introduce en una profunda y feliz celebración de los sacramentos, con toda la riqueza de sus signos” o “catequesis mistagógica” (A 290). Estas citas basten para indicar la seriedad de los cambios que se necesitan de urgencia en los procesos catequéticos y evangelizadores de nuestras diócesis, parroquias y comunidades, pues “una comunidad que asume la iniciación cristiana renueva su vida comunitaria y despierta su carácter misionero. Esto requiere nuevas actitudes pastorales de parte de los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y agentes de pastoral”(A 291)”. Este es un punto fundamental de la conversión pastoral en su dimensión catequética, que toca todo y a todos. Habrá que desempolvar las riquísimas catequesis de un San Cirilo de Jerusalén, de un San Ambrosio de Milán, de un San Juan Crisóstomo, junto con los métodos de los grandes evangelizadores de nuestro continente: de un Juan de Zumárraga, de Santo Toribio de Mogrovejo o de San Rafael Guízar Valencia, pues serán siempre los santos los mejores evangelizadores y maestros de nuestra conversión y acción pastoral.

 

C) LA PASTORAL DE CONJUNTO 

Rica experiencia postconciliar

34. Desde los tiempos del postconcilio, numerosas diócesis del Continente vienen luchando por lograr una pastoral de conjunto o pastoral orgánica. En muchas de ellas ya es el modo ordinario de trabajar. Fue el Documento de Puebla el que propuso la pastoral planificada como “la respuesta específica, consciente e intencional a las necesidades de la evangelización” (DP 1306) en estas tierras. Los esfuerzos han sido numerosos y también los frutos, pues nada genera mayor desaliento en la acción pastoral que la improvisación, las acciones paralelas y hasta contrapuestas, que todavía no suelen faltar.

 

La pastoral de conjunto, signo de conversión pastoral 

35. La pastoral de conjunto es el objetivo de toda planeación pastoral. Aparecida reconoce los avances en “en la estructuración de la pastoral orgánica” (A 99g) y se alegra por ello, pues hace posible que la diócesis cumpla su cometido respecto a la comunión y a la misión (Cf A 169). En efecto, el plan de pastoral es un signo operativo de la eclesiología de comunión y de conversión pastoral. Toda auténtica pastoral está llamada a ser orgánica o de conjunto, pues de otra manera no expresa suficientemente el misterio de la Iglesia y puede desviarse hacia la uniformidad o hacia la dispersión. La planeación pastoral, si se hace en comunión y participación bajo la guía del Espíritu Santo, debe lograr que cada miembro de la Iglesia pueda“evangelizar de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de la Diócesis” (A 169) y así pueda ser verdadero discípulo y misionero de Jesucristo.

 

IV.  LA PARROQUIA RENOVADA

A continuación proponemos los puntos básicos e indispensables de la “Parroquia Renovada” según la Carta pastoral del Episcopado Mexicano: “Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con todos” y el Documento de “Aparecida”, que deberá ser completado con los contenidos de nuestro Plan Diocesano de Pastoral y las necesidades concretas de cada parroquia.

1. “Es preciso comprender la parroquia como la expresión de la Comunión que viven las personas que creen y esperan en Cristo, y el templo debe conservar su valor central y simbólico de Casa común de la Asamblea cristiana; pero es necesario redescubrir su sentido misionero a nivel intraeclesial como una de las mayores exigencias pastorales de la Iglesia en México, propiciando espacios y lugares accesibles de oración, meditación de la Palabra, encuentro y servicio fraterno. Sin esta red solidaria se seguirá acrecentando entre los fieles el vacío que suelen llenar los grupos proselitistas religiosos” (Nº 172).

2. A pesar de las dificultades de la moderna urbanización, “la parroquia conserva su importancia y se ha de mantener”, pues “es un lugar privilegiado para que los fieles puedan tener una experiencia concreta de la Iglesia… para que sean efectivamente la presencia comunitaria de Cristo más cercana a la casa y a la sociedad (paroikía); debe ser “la comunidad de comunidades, que abraza y acompaña la legítimas expresiones de la vida cristiana y que anima la formación de comunidades vivas y dinámicas… partiendo del principio fundamental de que la parroquia tiene que seguir siendo primariamente comunidad eucarística” (EA, 41)” (Nº 174-175).

3. Esto implica que las Parroquias sean para los fieles, espacios y lugares:

  • “Proféticos, de anuncio y denuncia evangélica, promotores y coordinadores de la iniciación cristiana, de la educación, formación y estudio de la fe y de la Doctrinal Social de la Iglesia”. 
  • “De celebración sacramental de todo el don de la vida y de la historia, centrados en el Misterio Pascual de Cristo, cuya fuente y cumbre es la Eucaristía”. 
  • “De testimonio de fraternidad cristiana, donde el mundo pueda descubrir el modo concreto como nos amamos los que creemos en Cristo y como estamos abiertos y servimos solidariamente a todos, de manera especial a los más pobres a través de las iniciativas organizadas a la luz de la comunicación cristiana de bienes”. 
  • “Abiertos y promotores de la diversidad de carismas, servicios y ministerios e integradores de los Institutos de Vida Consagrada y de los Movimientos de apostolado ya existentes”. 
  • “De escucha y discernimiento de los signos de los tiempos y con capacidad de comprender y responder a la diversidad socio-cultural de sus miembros”.
  • “Integrados a las estructuras, propuestas y proyectos pastorales diocesanos y a las realidades más amplias de la vida eclesial” (No. 176).
  • De Irradiación misionera y formación permanente”, donde “se organicen en ellas variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en el mundo. Las Parroquias vecinas también pueden aunar esfuerzos en este sentido, sin desaprovechar las ofertas formativas de la Diócesis y de la Conferencia Episcopal” (A. 306).

4. Conclusión: “Es necesario señalar que las parroquias, al tiempo que poseen los elementos necesarios para hacer presente la salvación de Cristo a los fieles, son células del Cuerpo Eclesial Diocesano; por tanto, deben estar unidas entre sí, con el presbiterio y con la cabeza, el Obispo, su Pastor. El Plan Pastoral Parroquial debe reflejar, al mismo tiempo, la concretización del Plan Diocesano y la respuesta a las exigencias propias de la comunidad” (Nº 177).

Así y sólo así la parroquia construye y vive la “Eclesiología y Espiritualidad de Comunión” e inicia el proceso de “Conversión Pastoral Permanente”, que “toca todo y a todos”. 

Santiago de Querétaro, Qro., Noviembre 17 del 2008.

† Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
Hna. Ana Isabel Romero Ugalde, mjh
Secretaria Canciller

 

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