Homilía en la Misa del Inicio de Cursos del Seminario Concilir de Querétaro

Capilla de Teología del Seminario Conciliar de Querétaro, Santiago de Querétaro, Qro.,  18 de agosto de 2014
Año de la Pastoral Litúrgica

 

 

Estimados padres formadores,
apreciados  profesores,
queridos seminaristas y miembros de la vida consagrada,
hermanos y hermanas todos en el Señor:
 
 

1. Con alegría les saludo a cada uno de ustedes en esta mañana, en la cual nos hemos reunido para celebrar esta santa Misa, encomendando a Dios los trabajos de la formación sacerdotal de cada uno de ustedes, durante este ciclo escolar; conscientes que es el Espíritu Santo, mediante los instrumentos humanos, quien conduce los caminos de la formación sacerdotal y quien moldea el corazón humano hasta lograr la figura de Cristo en cada uno. Me alegra poder encontrarme al inicio del curso y vislumbrar juntos el horizonte por el que hemos de guiar todos los empeños por formarnos cada día como auténticos discípulos misioneros de Jesús. He sabido que la mística de este año gira entorno a la frase: “Queremos ser pastores según el corazón de Dios”, lo que significa que desde ahora se tiene la claridad a donde se quiere llegar. Sin embargo, es necesario que formadores y seminaristas, desde el principio tengamos claro el fundamento de la formación, una formación que no dependa de las instituciones o de las percepciones subjetivas de una persona, sino que se fundamente en un verdad que va más allá de cada uno porque es comprendida y aceptada por todos,  compartida y discernida en la comunidad formativa. Al tratarse de procesos educativos en la vocación cristiana  y en la vida sacerdotal  este fundamento será complejo. Una complejidad que se deriva del fenómeno mismo de la vocación, don de la gracia y camino de la identidad  humana.

2. La liturgia de la palabra que acabamos de escuchar en las lecturas, de modo especial en el evangelio según San Mateo (19, 16-22), nos delinea muy bien este fundamento. El evangelista nos relata la escena del así llamado “joven rico”,  mostrándonos el tema del seguimiento de Jesús, sólo que esta vez  desde la perspectiva de los que le siguen o quieren hacerlo. El ejemplo del joven rico muestra, con sus preguntas, que era muy serio en lo que tenía que ver con la vida eterna, y, en el hecho de que Jesús le llame ―quienes escuchamos este relato―  podemos comprender que los ricos no están excluidos del Reino de Dios ni del seguimiento. Pero, tras la llamada al seguimiento, es asunto de cada uno si sigue a Jesús  y entra en el Reino de Dios o no. El joven rico no está aún dispuesto a dejar aquello de lo que su corazón depende por el Reino de Dios y el seguimiento de Jesús.

3. Queridos seminaristas y formadores, de este relato podemos comprender entonces tres aspectos esenciales que considero son el fundamento de la formación: la conversión, el autoconocimiento y la gradualidad.

4. La conversión: la formación antes que nada debe ser un proceso de conversión al Señor. Se ha tenido el caso de tener seminaristas no convertidos, es decir, que no entran en la dinámica propia de la Iniciación Cristiana, cuyas actitudes son distantes de los criterios de fe, esperanza y caridad. Aunque esto fuera inevitable, es una situación que no se debe perpetuar. Por ello hay que insistir en que la conversión  no se debe suponer, sino que se ha de fomentar decididamente a través de los medios pedagógicos y catequéticos. Formarse para el sacerdocio implica necesariamente entrar en una dinámica de conversión. Un punto que no se improvisa, al contrario, siempre será susceptible de profundización. El joven rico, sabía muy bien la ley, vivia según  los mandamientos pero  no quiso dar el siguiente paso hacia la caridad. La conversión necesariamente se ve reflejada en un compromiso cristiano con la fe, la esperanza y la caridad y con el que cada seminarista se ha de habituar.

5. El autoconocimiento: la formación deberá cimentarse bien en el fundamento humano, es decir,  en el reto y la tarea que se presenta a cualquier persona para llegar a ser ella misma  en un proceso de maduración, del que no están eximidos los candidatos  al sacerdocio.  Este punto viene condicionado por la edad evolutiva  de los seminaristas y por la cultura a la que pertenecen. Hay que verificar que sus comportamientos se sitúen en la edad evolutiva correspondiente, de modo que no se fomenten las regresiones o los infantilismos. La cultura emergente, en la cual se reconoce la pluralidad y la individualidad, facilita en cierto sentido que se proponga un camino de autoconocimiento. Pero este debe ser presentado en cada momento formativo con claridad pedagógica y mediatizado con instrumentos concretos para que los individuos se determinen  a caminar con él. La formación debe facilitar que el candidato se haga cada vez más consciente de los valores por los que merece la pena  dar la vida, pero al mismo tiempo debe ayudar  a que el individuo llegue  a conocerse así mismo con profundidad, objetivando las condiciones reales en las cuales puede realizar y vivir los valores  vocacionales. La capacidad real de optar por los valores depende así del propio conocimiento  que se complementa con el conocimiento del ideal. Esta capacidad es un bien que la formación debe garantizar y en este sentido hay que ser realmente exigentes. El “joven rico”, sabía lo que quería pero no era realmente libre para decidirse a dejar aquello que le impedía ir más allá de sus seguridades y de sus propios intereses. Por ello el autoconocimiento nos debe conducir a la libertad humana, que capacite al individuo a ser dueño de sí mismo. Un conocimiento de la propia personalidad, pero de cara al ideal, al proyecto y a la persona de Jesús.

6. La gradualidad: por último, deberá considerarse la capacidad real de aprendizaje y la implicación en el proceso con que cuentan cada uno de ustedes seminaristas, tanto a nivel personal como grupal, con sus típicos avances, estancamientos y retrocesos. Los valores y avances hacia ellos no se proponen de una vez y para siempre, sino en una sucesiva aproximación. De modo que primero se colocan unos puntos fundamentales, luego se construyen hábitos y finalmente se amplían y se profundizan hasta logra el objetivo. Es importante no perder de vista esto pues nos ayudará a entender ―a formadores y a semanistas― que no avanzamos definitivamente hacia los valores, de una vez, sino que se necesitan hacer aproximaciones  sucesivas hasta legar  realizarlos  como parte de la personalidad. Vocacionalmente esto es muy entendible pues para poder optar de manera definitiva por el sacerdocio, es necesario llegar con un baluarte de cualidades y virtudes, capaces de ser en el mundo imagen de Cristo. El joven rico, no era consciente de esto y pretendía conquistar la vida eterna de una vez y para siempre y, quizá por sus propias fuerzas, olvidándose que no se trata de eso, sino que es la gracia de Dios la que nos guía y orienta. A él no le parece suficiente la vida eterna y por eso pregunta que le falta todavía. A él, que ha cumplido los mandamiento le falta la perfección. La perfección es el objetivo que Jesús le propone a su discípulos como ideal y como meta (Mt 5, 47). En esta invitación a la perfección se contiene indirectamente la idea de su posible realización, es decir, no se trata de una utopía, o de un ideal digno de aspiración sino que realmente es posible llegar a ser perfecto.

7. Queridos formadores y seminaristas, estos tres elementos: la conversión, la autoconocimiento y la gradualidad, han de estar presentes y fomentarse  a través de todo el itinerario formativo  y han de presentarse con la claridad y agilidad suficientes para que cada uno de los seminaristas se haga sujeto de su propia formación. Esto hará de la formación una experiencia bella, capaz de hacer madurar la vocación a la santidad que renueva la ordenación sacerdotal.

8. Que la Santísima Virgen María de Guadalupe, quien ha estado presente en la formación de cada uno de los seminaristas, desde hace 150 años, siga inspirando en casa uno de ustedes vivos sentimientos de docilidad y apertura a la palabra de Dios, para poder decir cada día “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” Amén.

 

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro