Homilía en la Misa celebrada con motivo de la XLVI Jornada Mundial de la Paz

Explanada del Templo de la Santa Cruz de los Milagros, Santiago de Querétaro, Qro. 01 de Enero de 2013
Annus fidei


Muy  querido jóvenes,
hermanos y hermanas todos en el Señor: 

1. “El Señor les bendiga y les proteja, haga resplandecer su rostro sobre ustedes  y les conceda su favor.  Que el Señor los mire con benevolencia y les conceda la paz” (cf. Núm. 6, 24-26). Les saludo a todos ustedes mediante las palabras con las cuales los hijos de Israel y de la Iglesia son bendecidos en las grandes fiestas y solemnidades. De manera muy especial en la fiesta del año nuevo, en la cual deseamos y anhelamos la protección y la benevolencia de Dios, durante los días de este año. En efecto, este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a este, y que se manifiesta con el “resplandecer” del rostro divino y el “dirigirlo” hacia nosotros. Pues, la bendición es la participación de los dones y bienes de Dios, especialmente su protección y ayuda. Con la bendición de Dios se busca su amparo y la prolongación de la vida, ya que la vida es vulnerable, incierta y frágil. Es Dios quien da la existencia, no el hombre o sus capacidades intelectuales y/o racionales.

2. El concepto bíblico de la bendición implica una acción de Dios, que lleva al hombre a la plenitud y a la felicidad. El Señor, bendiciendo al hombre, le concede las condiciones del éxito en vida y en su trabajo. La bendición de Dios toca la misma raíz de la actividad humana y la acompaña hasta el final. Israel era un pueblo bendito. La Iglesia es también un pueblo bendito. El cristiano, perteneciendo a ese pueblo debe aparecer como un hombre bendito, un hombre que se ha realizado y que es libre. La Iglesia se lo recuerda cuando al fin de la celebración eucarística el sacerdote le da la bendición, tantas veces menospreciada y recibida rutinariamente.

3. Deseo detenerme de manera especial en la última frase de esta gran fórmula de bendición que escuchamos en la primera lectura, tomada del libro de los Números,  que refleja y representa el motivo de nuestra reunión en esta explanada: unirnos a la celebración de la XLVI Jornada Mundial de la Paz. Dice el texto: “El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm. 6, 26). Estas palabras reflejan en sí un gesto de favor y de gracia, gesto de amistad. En los tiempos de desastre se creía que Dios había escondido su rostro y abandonado a su pueblo. Incluso si Dios ponía su rostro contra alguien era signo de hostilidad. Hoy, podemos ver como en los últimos meses, en la gran mayoría de la geografía nacional, suceden hechos violentos, relacionados con el crimen organizado, al grado de estar como nación, según recientes encuestas, en los primeros lugares de más alto crimen. Esto repercute en la vida de la familia, de la sociedad, de las comunidades, inclusive de la vida y actividad pastoral y misionera. Sin embargo, durante estos días también hemos sido testigos de la gran noticia: “Dios se ha hecho un Dios-con-nosotros, el Emmanuel”. Con su Encarnación ha dejado de ser un Dios lejano y escondido. Ha querido ser un Dios semejante a ti y a mí para entablar un diálogo de amistad y de fraternidad. Porque quiere reconciliarnos consigo. “¡Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de esta alegría es común para todos y cada uno de los seres humanos!”  (San León Magno, Sermón 1, In Nativitate Domini, 1-3, PL 54 190-193). En este tiempo de tanta confusión el Señor confirma su promesa en Jesucristo, que es la bendición por excelencia, cuyo nombre es “Príncipe de la paz” (cf. Is 9,5).  Dios bendice a su pueblo y lo conduce a la paz.

4. En la segunda lectura escuchamos las palabras que san Pablo a los gálatas: “Al llegar la plenitud de los tempos Dios, envió a su Hijo, nacido de una mujer” (Ga 4, 4). El Hijo de Dios se ha hecho hombre por María, todos podemos reconocernos hijos de Dios en el ámbito amoroso de la Maternidad divina de María. El Hijo ha venido a la tierra para una misión recibida del Padre, y en virtud de esa misión, Él nos trae la salvación, que para los judíos significa la liberación de la ley y para nosotros la elevación a la cualidad de hijos de Dios. El Espíritu vivificante del Hijo Resucitado es el principio dinámico de la filiación adoptiva (Rom 1,3; 8.15-17). Esto nos da una convicción firmísima de que verdaderamente Dios es nuestro Padre, y así nos atrevemos a invocarlo. San Pablo nos recuerda la filiación mariana de Jesús, y nos invita a vivirla también nosotros en el servicio de Dios, en la acogida de esa Palabra divina y en la fidelidad a la misma.

5. Queridos Jóvenes, me llena de gozo poder encontrarme con ustedes y poder compartirles esta maravillosa experiencia. El resultado de la benevolencia de Dios es la Paz (Shalom), cuyo significado profundo es el bienestar, la integridad, y la seguridad  en la vida. La “paz” propia de Dios no es solamente la usencia de guerra  o conflictos, sino la armonía  y conformidad con él y su voluntad de acuerdo a la alianza establecida con él. Realidad implícita en la vida y en la naturaleza de cada ser humano. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada persona  y coincide en cierto modo con el deseo de una vida  humana plena, feliz y lograda.  El santo Padre Benedicto XVI, en su mensaje para esta Jornada nos ha dicho: “cuando se acoge a Jesucristo hombre y Dios, se vive la experiencia gozosa de un don inmenso: compartir la vida misma de Dios, es decir, la vida de la gracia,  prenda de una existencia plenamente bienaventurada. En particular, Jesucristo nos da la verdadera paz que nace del encuentro confiado del hombre con Dios” (Mensaje para la XLVI Jornada mundial de la paz, 2). Hoy debemos preguntarnos cada uno de nosotros ¿mi vida corresponde al designio de Dios? O más bien ¿son mis propios proyectos, paralelos a la vida divina, los que rigen mi existencia? ¿qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las nuevas generaciones? ¿En qué dirección orientar las elecciones de nuestra libertad para un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera tras el umbral de la muerte? La paz queridos jóvenes, presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don reciproco  de un entrar en relación con la vida de la gracia.

6. Ustedes jóvenes y adolescentes, son una gran riqueza para para la Iglesia y para la sociedad,  y sin embargo muchos de ustedes viven situaciones familiares  y sociales  que los convierten en víctimas y actores de hechos violentos. Hoy les invito a ser embajadores de la paz, desde su experiencia de encuentro con Dios, el único que le da sentido a su vida y a su existencia. No es el acceso inmediato y rápido a los bienes materiales lo que les coloca en un estatus social para poder llegar a ser alguien, es Cristo quien les da su dignidad y su lugar en la Iglesia y en la sociedad. “Alimenten en el corazón grandes aspiraciones, les pido que aprendan a vivir juntos, unos con otros, en paz;  sin interponer barreras que les impidan compartir las riquezas de las demás personas; aprendan a ver  a los demás, como amigos, no como enemigos; amen la verdad para reestablecer en las familias y en las comunidades la confianza que es necesaria  para vivir una comunidad pacífica. Aprendan el lenguaje  de la paz, respondan a la violencia con acciones de paz, para construir un mundo reconciliado y rico en humanidad” (cf. Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, CEM, 249). La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de cada uno de nosotros. se trata de paz con Dios  viviendo según su voluntad paz interior con uno mismo  y paz exterior con el prójimo  y con toda la creación.

7. Hermanos y hermanas, en el salmo responsorial hemos cantando: “ten piedad  de nosotros Señor, y bendícenos; vuelve Señor, tus ojos a nosotros” (cf. Sal. 66). No es otra cosa, sino la súplica confiada de quien reconoce a Dios como el constitutivo esencial de la naturaleza humana  en todas sus dimensiones, en su capacidad intrínseca  de conocer la verdad  y el bien, y en última instancia de conocer a Dios mismo. Ahí comienza la paz. “Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se menoscaba la libertad y el amor, la justicia pierde el fundamento de su ejercicio. Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas” (cf. Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de la Paz, 3). Hoy, más que nunca, podemos estar convencidos de aquello que el Concilio afirma en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual: “No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad” (Const. Pastoral Gaudium et spes, 14). Hoy, corremos el riesgo de perdernos en el mundo ruidoso y disperso en el que vivimos: recuperemos la capacidad de detenernos y mirar en profundidad en nosotros mismos y leer esa sed de infinito que llevamos dentro, que nos impulsa a ir más allá y remite a Alguien que la pueda colmar. “El hombre, con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas percibe signos de su alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí al ser irreductible a la sola materia, su alma no puede tener origen más que en Dios” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 33).

8. Todo esto nos lleva a la necesidad de proponer y promover una pedagogía de la paz que comience con el hombre mismo. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia (cf. Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de la Paz, 7). Les invito a todos ustedes a asumir este desafío como Iglesia. No demos pie a la cultura del sinsentido.

9. Deseo a cada uno de ustedes que este año del Señor 2013, sea realmente un año en el cual vivamos de la mano de la Iglesia profundizando en nuestra fe y en nos ejercitemos en la caridad. De este modo haremos efectivo el proyecto de Dios en nuestra vida. La Iglesia quiere la paz entre los hombres y por eso acude con su plegaria a la Madre del Príncipe de la paz, para que la otorgue ampliamente a la humanidad. Digámosle: danos por tu Hijo amado, arrojar el pecado  de la guerra; pon la paz en la bonanza  y que reine la esperanza en la tierra. Amén.

 

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro