HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE LA 126ª PEREGRINACIÓN MASCULINA DE LA DIÓCESIS DE QUERÉTARO AL TEPEYAC

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE LA 126ª PEREGRINACIÓN MASCULINA DE LA DIÓCESIS DE QUERÉTARO AL TEPEYAC

Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, CDMX, México, Domingo 24 de Julio de 2016.
Año de la misericordia
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Queridos hermanos peregrinos,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

escudo del obispo

“Te damos gracias de todo corazón” (cf. Sal 137). Al finalizar esta peregrinación hasta este lugar santo, la “Casita del Tepeyac”, estas palabras del salmo 137 son para nosotros la oración que sale de nuestra boca, pues realmente nos sentimos agradecidos con Dios y con la Virgen, por permitirnos una vez más volver este año a este lugar como comunidad diocesana y experimentar así la mirada materna de Nuestra Madre la Santísima Virgen de Guadalupe.

• Durante estos días de peregrinación hemos podido constatar como Dios, es un Dios misericordioso que constantemente nos invita a cruzar la Puerta Santa de su misericordia, en su Hijo Jesucristo, a través de los sacramentos, especialmente en la Reconciliación y la Eucaristía. Dios es un Dios de amor que nos ama de manera de tal que ninguno se pierda en el anonimato, en la muerte y en el pecado. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Su relación con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

• En este camino de fe, la Virgen María viene a nuestro encuentro como lo hizo a Juan Dieguito en este mismo lugar, pues desea que los hombres de ayer y de hoy tengamos la experiencia de ser abrazados y sumergidos en la misericordia del Padre a través de su Hijo Jesús. “Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor” (Misericordiae Vultus, 24).

• Al escuchar en este día la palabra de Dios en las lecturas que se han proclamado, podemos entender que, como María, también nosotros podemos sumergirnos en la misericordia de Dios a través de la oración. Una oración que siguiendo las enseñanzas del Maestro, busque una relación con Dios, capaz de mostrarnos el camino de la vida. Una oración que nos lleve a la intimidad con Dios y podamos conocer lo grande y lo bello de su amor.

• Sin embargo, en una cultura como la nuestra, donde el frenesí de la vida nos supera muchas veces, cada vez nos cuesta más trabajo orar y guardar el silencio que la oración requiere. En el evangelio de este día san Lucas nos narra aquella escena donde Jesús en oración atiende a la súplica de uno de los discípulos que le pide que le enseña a orar. Jesús, no desaprovecha la inquietud y el deseo del discípulo para enseñarle la hermosa oración del “Padre Nuestro” (Lc 11, 1-13). Esta oración —como nos enseña Santo Tomás de Aquino— «es la más perfecta de las oraciones […] En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 83, a. 9).

• El Evangelio de San Lucas queda claro que necesitamos orar con insistencia confiada. La invitación a perseverar, a «no cansarse nunca», a no desanimarse, se repite varias veces: «Tengan ceñida la cintura y las lámparas encendidas… Les dijo una parábola para inculcarles que era necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 12, 35; 18, 1). Hoy que tanto se habla del aparente silencio de Dios, esta invitación es más actual que nunca. Pedimos sin ver los frutos, buscamos en la oscuridad de la noche, llamamos a una puerta que parece cerrada. Nuestra oración tiene que ser más intrépida e insistente, conscientes de que no dejará de cumplirse lo que dice la Escritura: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha» (Sal 34, 7).

• Queridos peregrinos, hagamos nuestras las palabras de discípulo que le pide a Jesús “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1) y aprendamos de él su manera de dirigirse al Padre. Dejémonos instruir por él para conocer cada día su voluntad. Introduciéndonos en el misterio de la Vida, en el misterio de su vida. Las siete peticiones que el “Padre Nuestro” son una escuela de la comunión, de la santidad, del deseo del reino, de la abandono en la voluntad de Dios, de la confianza en la Providencia, del perdón y de la lucha para no caer en la testaciones y en las garras del mal. Es en verdad el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione, 1, 6).

• El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “Los bautizados no podemos rezar al “Padre Nuestro”, sin llevar con ellos ante Él todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco debe tenerla (cf. NA, 5). Orar a “nuestro” Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que “estén reunidos en la unidad” (Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha inspirado a todos los grandes orantes: tal solicitud debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites cuando nos atrevemos a decir “Padre Nuestro” (cf. n. 2793).

• Deseo invitarles a todos ustedes para que todos los días dediquemos un momento del día y elevemos a Dios esta bella oración. Hagámoslo en familia, hagámoslo con nuestros hijos. Sería muy bueno que al iniciar nuestra jornada nos detuviéramos un momento y eleváramos a Dios esta oración, así nuestra jornada se verá permeada de la bendición de Dios. Muchos de ustedes son padres de familia, abuelitos o tíos. Enseñen a sus hijos, nietos o sobrinos esta oración. Y se darán cuenta que al cabo de muchos días, habrán infundido en ellos un semillita que hará geminar en ellos la fe, la esperanza y la caridad. Habrán infundido en ellos como nos decía el Papa en su viaje a México “Un escudo en ellos contra la resignación. Una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar, nos quita la alegría, el gozo de la alabanza. Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar” (Francisco, Homilía en la Misa con sacerdote, religiosos, religiosas, seminaristas, consagrados y seminaristas, Morelia, 16.02.2016).
• La Santísima Virgen María nos enseña en su Santo rosario a decirle a Dios Padre Nuestro; hagámoslo todos los días con esa bella oración que— como nos enseñaba el Papa San Juan Pablo II— “En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer milenio, apenas iniciado, una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad”. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. una urgente atención y oración es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrarrestar los efectos desoladores de esta crisis actual. (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, nn. 1.6).

• Buen regreso a sus hogares. Lleven a cada uno de sus seres queridos el saludo del obispo, la bendición de Dios y el abrazo materno de la Morenita del Tepeyac. Amén.

+ Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro