DESDE LA CEM: SUBSIDIO PARA ORAR EN FAMILIA.


Subsidio para orar en familia


Subsidio para orar en familia

En el domingo durante la emergencia sanitaria

Domingo IV de Cuaresma

 

La celebración en familia puede ser guiada por el papá o la mamá, o el miembro que haga cabeza en la familia.

V. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

R. Amén.

V.    Bendigamos a Dios Padre,

que nos reúne en nombre de Cristo

para que unidos con toda la Iglesia

estemos en comunión los unos con los otros

por la fuerza de su Espíritu Santo.

R. Bendito seas por siempre, Señor.

V. Jesucristo, nuestro Señor, es la luz del mundo, que ilumina las tinieblas de nuestras vidas, las oscuridades que, como sucede hoy, nublan nuestros ojos, no solo físicos sino principalmente los del alma, lo que hace que nos sintamos agobiados, desesperanzados, desesperados.  En el Evangelio de este Domingo Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento, lo que no es solo inaudito, sino uno de los signos de la llegada del Mesías.  El mismo Señor Jesús, que siempre está presente en su Iglesia, sigue proclamando su primer anuncio “El Reino de los cielos está cerca”: Él, el Señor, está cerca de nosotros, cada día, hasta el fin del mundo; está cerca también en estos momentos de tribulación, de emergencia, de dolor y de enfermedad, y como al ciego del Evangelio, quiere devolvernos la luz a nuestros ojos para que veamos claramente las maravillas de su amor entre nosotros.   Así, una vez con la mirada purificada, vivamos como hijos de la luz con los frutos de la luz: la bondad, la santidad y la verdad, como nos recuerda san Pablo.

 

Oremos con el Salmo 26, cantando juntos:

EL SEÑOR ES MI LUZ Y MI SALVACIÓN.

EL SEÑOR ES LA DEFENSA DE MI VIDA.

SI EL SEÑOR ES MI LUZ, ¿A QUIÉN TEMERÉ?

¿QUIÉN ME HARÁ TEMBLAR?

Una cosa pido al Señor:

«habitar por siempre en su casa;

gozar de la dulzura del Señor,

contemplando su templo santo».

R.No me escondas tu rostro, Señor,

buscaré todo el día tu rostro.

Si mi padre y mi madre me abandonan,

el Señor me recogerá.

R. Oh, Señor, enséñame el camino,

guíame por la senda verdadera.

Gozaré de la dulzura del Señor

en la tierra de la vida.  R.

 

Entonces el que guía dice:

Del Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Palabra del Señor.

R. Gloria a ti, Señor Jesús.

V. El Señor nos da su luz para redescubrirlo presente aún en medio de la adversidad.  Iluminados por esa luz, hagamos un acto de fe en Él, diciendo:

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,

que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

nació de Santa María Virgen,

padeció bajo el poder de Poncio Pilato

fue crucificado, muerto y sepultado,

descendió a los infiernos,

al tercer día resucitó de entre los muertos,

subió a los cielos

y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo,

la santa Iglesia católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne

y la vida eterna.

Amén.

 

V. Movidos por esa fe, reunidos como familia, oremos al Señor, diciendo:

R. Señor, tú eres nuestra luz.

  1. En los momentos de oscuridad, sufrimiento y enfermedad. R.
  1. Cuando nuestros ojos no logran ver la luz. R.
  1. Cuando por nuestros pecados nos hemos apartado de ti y no encontramos el camino. R.
  1. Cuando tu presencia resplandece ante nuestros ojos a través del amor y ayuda de los hermanos. R.
  1. Cuando tu amor, que se hace presente cada día en nuestras vidas, hace que quienes estamos ciegos te veamos nuevamente vivo y presente con nosotros. R.
  1. Cuando haces que no nos dejemos llevar por las apariencias, sino que veamos como tú nos ves. R.
  1. Cuando nos trasladas de las tinieblas a la luz de la vida. R.
  1. Tú, que por el Bautismo nos has dado la luz de la fe. R.
  1. En estos momentos de emergencia. R.

V. El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado; por eso llenos de fe y esperanza juntos digamos:

Todos: Padre nuestro, que estás en el cielo,

santificado sea tu nombre;

venga a nosotros tu reino;

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal.

Comunión espiritual

Creo, Jesús mío,

que estás real

y verdaderamente en el cielo

y en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas

y deseo vivamente recibirte,

pero no pudiendo hacerlo

ahora sacramentalmente,

ven al menos

espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya te hubiera recibido,

te abrazo y me uno del todo a ti.

Señor, no permitas que jamás me aparte de ti.

Amén

 

V.    Señor, Padre nuestro,

tú que das la luz de la fe quienes caminamos

por las cañadas oscuras de la tribulación,

te pedimos que dando la luz a nuestros ojos

para que no dejemos de contemplar

las maravillas de tu salvación

y hagamos y pensemos siempre

lo que es agradable a tus ojos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

V. Protege, Señor, a quienes te invocamos de todo corazón,

ayuda a quienes atravesamos la tribulación,

y reaviva siempre con tu luz a quienes vivimos en tinieblas de muerte;

concédenos que, liberados por tu bondad de todos los males,

alcancemos también los bienes del cielo.

Todos trazan el signo de la cruz mientras el guía continúa diciendo:

V. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

R. Amén.

 

Oración del Papa Francisco

Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino

como signo de salvación y de esperanza.

Nosotros nos confiamos a ti, Salud de los enfermos,

que bajo la cruz estuviste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

Tú, Salvación de todos los pueblos,

sabes de qué tenemos necesidad y estamos seguros de que proveerás,

para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría

y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor,

a conformarnos a la voluntad del Padre

y a hacer lo que nos dirá Jesús,

quien ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos

y ha cargado nuestros dolores para conducirnos,

a través de la cruz, a la alegría de la resurrección.

Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios.

No desprecies nuestras súplicas que estamos en la prueba

y libéranos de todo pecado,

oh Virgen gloriosa y bendita.