HOMILÍA EN LA SANTA MISA IN FERIA QUARTA CINERUM

Santa Iglesia Catedral, ciudad episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., miércoles 14 de febrero de 2018.

Año Nacional de la Juventud

***

Muy queridos alumnos y profesores de los colegios aquí presentes,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

 

  1. Con el gesto de colocar ceniza sobre nuestra cabeza, los cristianos iniciamos en este día un itinerario de cuarenta días que nos conducirá paulatinamente a la celebración anual de la Pascua, en la que unidos a los cristianos de todo el mundo, quienes desean abrazar la fe, serán sumergidos en las aguas del santo Bautismo, de tal forma que con el traje de fiesta, al final de los tiempos, puedan entrar dignamente vestidos al banquete de bodas, en el que el Esposo se sentará para disfrutar de la gran fiesta (cf. Mt 22, 1-14). En aquella noche santa de la Pascua, además, quienes ya hemos sido bautizados renovaremos nuestras promesas bautismales y nos adheriremos con más plenitud a la fe en Cristo Jesús resucitado. Por tal motivo, la Iglesia, como nuestra madre, consciente de nuestra debilidad y de que en el caminar de la vida, nuestro traje se ha manchado, quiere ofrecernos este tiempo, un tiempo de purificación interior, que nos permita ‘blanquear’ el traje de fiesta que también a nosotros se nos dio el día de nuestro Bautismo.

 

  1. San Cirilo de Jerusalén interpelando a cada catecúmeno sobre la sinceridad de su preparación al Bautismo, hacia una pregunta que considero es muy oportuno que hoy, cada uno de nosotros hagamos nuestra y le demos una respuesta desde el corazón: “¿Quieres, por favor, observar el orden y la disciplina, la lectura de las Escrituras, la presencia de los miembros del clero, la secuencia orgánica de la Instrucción?” y añade: “venera el lugar y aprende de lo que tienes a la vista. Si el traje de tu alma es la avaricia, cámbiatelo para entrar. Quítate el vestido que llevas. No lo escondas debajo. Hazme el favor de despojarte de la fornicación y la impureza y ponte la ropa esplendorosa de la continencia. Te lo advierto antes de que Jesús, el esposo de las almas, llegue y mire los vestidos. Tienes por delante un largo plazo, tienes cuarenta días para convertirte; tienes la gran oportunidad de despojarte, de limpiarte, de vestirte, de entrar. En caso de que permanezcas en la mala disposición, el que te habla será inocente, pero tú no esperes alcanzar la gracia; porque recibirás el bautismo  —o renovarás tus promesas bautismales— pero el Espíritu no te aceptará… Si alguien sabe que tiene una herida, que se aplique el emplasto; si alguno cayó, que se levante” (cf. Biblioteca patrística 67, Procatequesis, 4, Ciudad Nueva, pp. 34-36).

 

  1. De la cualidad de la respuesta que cada uno demos a esta pregunta, dependerá la calidad de la vivencia de esta Cuaresma. Atrevámonos a vivir estos cuarenta días de manera diferente. La Cuaresma es un tiempo santo de purificación y penitencia. Un tiempo para los cristianos que nos ayuda a redescubrir la ‘blancura de la dignidad de ser bautizados’. Desafortunadamente, la mercadotecnia, el secularismo y ciertas ‘costumbres’ van minando y robando el verdadero espíritu de estos días, ofreciéndonos una cuaresma light o una cuaresma a la carta, alejada de lo que realmente es y lo que realmente la Iglesia pretende con este tiempo. Yo les quiero invitar a cada uno de ustedes, para que como decía san Cirilo de Jerusalén, “observemos el orden y la disciplina” propios de estos días. Atrevámonos a vivir realmente estos días como una oportunidad para redescubrir la belleza de ser bautizados, como una nueva oportunidad para contemplar la belleza de haber sido admitidos a la fe. Muchos fuimos bautizados de niños y quizá por las circunstancias de la vida, no hemos tenido la oportunidad de valorar y descubrir la riqueza de esto. Que esta Cuaresma, iluminados por la palabra de Dios y guiados por la Liturgia de cada día, seamos capaces de abrir los ojos de la fe y los oídos del alma para entender con el corazón el hecho de haber sido iluminados por el misterio de la muerte y resurrección de Señor.

 

  1. Queridos niños y queridos jóvenes, dense la oportunidad de aprender, conocer y experimentar el verdadero espíritu de la Cuaresma. Conozcan el significado de los signos litúrgicos de estos días; experimenten la delicia de leer y conocer el mensaje que los profetas del Antiguo Testamento nos regalarán, de manera pedagógica, a lo largo de la Cuaresma; dense la oportunidad de conocer y entender el sentido y el porqué de ciertas costumbres cristianas, como el no comer carne el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; atrévanse a ayunar, desafiando la cultura del consumismo que silenciosamente nos envuelve en un egoísmo tal que nos lleva a darle al cuerpo todo lo que nos pide.

 

  1. La palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ofrece tres valiosas herramientas que nos ayudarán de manera muy práctica para vivir el verdadero espíritu de la Cuaresma:

 

  1. La primera herramienta es la oración: la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390). La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón. Es el corazón el que ora. Si este está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana. La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. El Papa Francisco en su mensaje para esta Cuaresma nos ha dicho: “El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida” (Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2018). La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

 

  1. La segunda herramienta es la limosna: «limosna» significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura «hacia el otro». Por lo tanto, esta apertura a los otros, que se expresa con la «ayuda», con el «compartir» la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior ofrecido al otro llega directamente a Cristo, directamente a Dios. Decide el encuentro con Él. Es la conversión. «Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna» (San Agustín, in Ps. CXXV 5). El Papa Francisco nos enseña: “El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Les conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?” (Francisco, Mensaje para la cuaresma 2018).

 

  1. La tercera es el “ayuno”: La comida y la bebida son indispensables al hombre para vivir, se sirve y debe servirse de ellas; sin embargo, no le es lícito abusar de ellas de ninguna forma. El abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida tiene como fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría definir actitud consumística. Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las características de la civilización, y en particular de la civilización occidental. ¡La actitud consumística! El hombre orientado hacia los bienes materiales, múltiples bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos. Cuando el hombre se orienta exclusivamente hacia la posesión y el uso de los bienes materiales, es decir, de las cosas, también entonces toda la civilización se mide según la cantidad y calidad de las cosas que están en condición de proveer al hombre, y no se mide con el metro adecuado al hombre. Esta civilización, en efecto, suministra los bienes materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar las actividades creativas y útiles, sino cada vez más… para satisfacer los sentidos, la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicidad de sensaciones cada vez mayor. El ayuno en el tiempo de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo. Tal ha sido el significado de la Cuaresma a través de los siglos, y así permanece hoy: «Mi amor está crucificado y no existe en mí más el fuego que desea las cosas materiales», como escribía Ignacio de Antioquia (Ignacio de Antioquia, Ad Romanos VII 2). El Papa Francisco nos enseña: “El ayuno, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”. (Francisco, Mensaje para la cuaresma 2018).

 

  1. Dejémonos ayudar por estas tres herramientas, de tal manera que nuestro ‘traje de fiesta’ se renueve a la luz del misterio pascual y así con gozo podamos entrar al banquete de bodas y cantar eternamente las misericordias del Señor. Amén.

+ Faustino Armendáriz Jiménez

IX Obispo de Querétaro