Homilía en la Misa y Recepción de Ministerios de Lectores y Acólitos

Capilla de Teología del Seminario Conciliar de Querétaro, 16 de mayo de 2013
Annus fidei – Año de la Pastoral Social – Año Jubilar Diocesano

Queridos hermanos y hermanas:

escudo_armendariz1. Les saludo en el Señor a cada uno de ustedes, padres formadores, seminaristas y familiares de los seminaristas, al celebrar esta Eucaristía en la cual le damos gracias a Dios por el don de la vocación. Nos hemos reunido esta tarde en oración, pues queremos pedirle a Dios bendiga a estos 25 jóvenes, quienes asumiendo un compromiso más decidido en su llamada vocacional, quieren comprometerse con la comunidad cristiana y eclesial, mediante el ejercicio de los ministerios laicales de Acolitado y Lectorado. Los cuales después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, son servicios que manifiestan con mayor claridad la naturaleza bautismal y, favorecen mucho mejor la participación plena, activa y consiente en la acción sagrada de la proclamación de la Palabra y del sacrificio del Altar (cf. Carta apostólica en forma motu proprio Ministeria Quaedam).

2. Quiero en esta tarde reflexionar con ustedes sobre algunos aspectos que la Palabra de Dios nos ofrece:

a. El primero de ellos lo escuchamos en la lectura del evangelio según Juan, Jesús se ha despedido de sus discípulos, y ahora se encuentra dialogando con su Padre, con la intención de pedir por el futuro de sus discípulos, y también de aquellos que creerán en él por la predicación de su Palabra. Por encima de  los once, el Señor contempla  el futuro, o más bien lo determina. “Padre, no te pido sólo por mis discípulos, sino también  por los que van a creer en mí  por la palabra de ellos” (Jn 17 20).  Estas palabras nos han de llenar de grande confianza, pues  en Jesús tenemos nuestro gran intercesor ante el Padre. Además, estas palabras de Jesús nos revelan la esperanza que él tiene en cada uno de sus discípulos en el anuncio del evangelio,  y de aquellos que  por su testimonio han de creer.

Queridos hermanos y jóvenes seminaristas, estas palabras de Jesús, hoy adquieren un significado peculiar en nuestra vida y en el futuro de la Iglesia, pues nos confirman que efectivamente, Jesús sigue orando por nosotros, más aún, sigue eligiendo  a hombres que comprometidos con su misión asuman el desafío de anunciar el evangelio, mediante la predicación de su Palabra. Esto lleva consigo el compromiso de asumir la llamada de Jesús para entrar en la intimidad con él, de manera que el discípulo no se anuncie a sí mismo, sino que anuncie su experiencia de éste estar con Jesús. Los años de formación en el seminario no son sólo para aprender técnicamente los contenidos de las Sagradas Escrituras, éstos se suponen, más aún, son una exigencia en su formación intelectual, ellos buscan ser un espacio en el que cada uno de ustedes se deje interpelar por el mensaje de salvación de Jesús. De nada serviría que finalizaran su formación siendo peritos de las Santas Escrituras y de la teología, cuando como técnicos de ella, permanecieran inmutables a lo que nos dice y nos propone, sin dejarse transformar por ellas en su vida y en su historia. Es necesario que asumamos la formación como un estilo de vida, caracterizado fuertemente por la escucha de la Palabra de Dios. En unos momentos algunos de ustedes que han sido presentados ante el obispo, recibirán la encomienda y la bendición  como ministros de la Palabra.

Jóvenes, esto no es un rito mágico, que suponga la experiencia de Dios; más bien, porque la Iglesia confía en su testimonio y en su recta intención, les confía este ministerio. Recíbanlo como un compromiso de vida, que si bien por ahora es transitorio, es una expresión de su identidad cristiana. Siéntanse alegres porque Jesús les ha mirado con misericordia y les ha hecho una invitación concreta para colaborar estrechamente con él.  “Deben aprender a amar la Palabra de Dios. La Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión. Ustedes están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas” (cf. Benedicto XVI,  Exhort. Apost. Post. Verbum Domini, 82). El desafío que como Iglesia Diocesana enfrentamos y estamos asumiendo es  que sus ministros se vean comprometidos en el anuncio explícito de su Palabra. Les animo para que no se dejen cautivar por el desánimo y la  apatía, Jesús nos necesita, Jesús les necesita a ustedes.

b. El segundo aspecto que quiero reflexionar, lo hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los apóstoles, San Pablo se encuentra en Jerusalén, ha sido apresado y está siendo juzgado por los sumos sacerdotes y por el sanedrín, ante todas sus interrogantes exclama: “Hermanos, yo soy fariseo, hijos de fariseos y me quieren juzgar porque espero en la resurrección de los muertos” (Hech 23, 6).

El testimonio de Pablo nos mueve a descubrir en él a una persona que, tras la experiencia de su encuentro con Jesús, es una persona con una identidad muy clara y definida, capaz de defender sus convicciones y su fe, en este caso aquello que fundamenta su vida y su predicación: la resurrección de los muertos. Una realidad que no es fruto de la especulación, sino de su experiencia de Dios. Al grado de poder decir: “si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe” (1 Cor 15, 14).

Queridos hermanos, la resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra vida y de nuestra fe. En ella está la razón de nuestra esperanza, ella es el contenido de nuestra predicación. Lo que nos identifica y mueve nuestras iniciativas personales, pastorales y eclesiales. Quisiera invitarles a no perder de vista esto. Cada uno de nosotros estamos aquí porque creemos que Jesús murió y resucitó. Jóvenes seminaristas, en el proceso de formación sacerdotal que ustedes están viviendo, están invitados  a adquirir una identidad, fruto de la experiencia de Dios y no de ideologías filosóficas o teológicas; de ser así, corremos el riesgo de caer en fundamentalismos y en mezquindades. Es necesario que también nosotros estemos atentos a las corrientes e ideologías que hacen de Dios y de la fe, algo a su medida. Sería muy triste que un lugar como éste, “corazón de la diócesis”, se sufra el peligro del relativismo moral, religioso y cultural, del cual no está exento. San Pablo supo sobreponerse a los ataques y defenderse porque sabía muy bien quién era y cuáles eran sus principios. Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Algunos de ustedes en unos momentos recibirán a bendición para ser ministros acólitos, mediante el cual se han de comprometer con mayor ahínco en el servicio del Altar y de la Eucaristía. Que este servicio les ayude a vivir su fe en el Resucitado.

Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida  “según el Espíritu” (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16.25). Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: “Y no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, “para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina” (Ef 4,14) (cf. Benedicto XVI, Exhort. Apost. Post. Sacramentum Caritatis, 77). El seminarista que no ama la Eucaristía ha perdido el rumbo de su vocación. El seminarista que  no va a misa está en crisis y esto es muy delicado. Les animo a que como le ha dicho Jesús san Pablo en la primera lectura “Ánimo”  (Hch 23, 11). Solamente en Jesús resucitado y presente en la Eucaristía, podremos encontrar las fuerzas necesarias para responder con mayor generosidad y entrega en la formación que nos ha de preparar para el  anuncio del evangelio.

3. Que estas reflexiones les ayuden en su vida y en su formación para que así como hoy dicen con fuerte voz: “presente”, continúen mostrando su buena voluntad y su generosidad. Están a tiempo de redoblar los esfuerzos para hacer de ustedes, jóvenes con un corazón libre, lleno de Dios y cercano a Jesucristo en su Cuerpo y en su Palabra. Que Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de este seminario, siga inspirando en su vida y en su vocación, sentimientos que les muevan a querer ser como su Hijo Jesucristo.  Amén.

 

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro