APERTURA DEL AÑO JUBILAR MARIANO Y DE LA PUERTA SANTA.

Basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Soriano, Colón, Qro.,

lunes 04 de febrero de 2019.

Año Jubilar Mariano

 

El día 04 de febrero de 2019, dio inicio  el Año Jubilar Mariano y se abrió La Puerta Santa de la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Dolores de de Soriano, ubicada en Soriano, Colón, Qro.,  en el marco de la XXVIII Peregrinación de los Consejos de Pastoral Parroquial, a la que asistieron 12 miembros de cada uno de los Consejo Parroquiales de las 117 Parroquias que conforman Nuestra Diócesis de Querétaro, así como la gran mayoría de los Presbíteros que conforman el Clero Diocesano. Presidió  esta Sagrada Eucaristía,  Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, y concelebraron esta Santa Misa, Mons. José Martín Lara Becerril, Vicario General, Pbro. Lic. Rogelio Olvera Vargas, Vicario Episcopal de Pastoral, Pbro. Fidencio Guadalupe Atanasio Servín León, Rector de la Basílica, ademas los 12 Decanos de los 12 Decanatos que conforman  nuestra Diócesis de Querétaro. 

Durante todo un año se podrá  lucrar con la indulgencia plenaria, a partir del 4 de febrero y hasta el  día 3 de febrero de 2020, con la gracia de Dios y cumpliendo con las determinadas condiciones.  En el momento de la Homilía Mons. Faustino les compartió diciendo:

“Queridos hermanos, les invito para que al iniciar este Año Jubilar Mariano, imitemos al discípulo amado. Él, en aquella hora, la hora de la Redención, acogió a María llevándola a su casa, es decir, la llevó al lugar íntimo donde todo ser humano se va desarrollando; así también nosotros acojamos a María en este momento crucial de la historia en la vida de nuestra Diócesis. Sólo así, estaremos seguros que el caminar de nuestra Iglesia, es fiel y está fundado en Cristo, pues María es el Testamento y la Herencia espiritual que Jesús, antes de morir, quiso entregar al discípulo que más amaba y hoy quiere hacer lo mismo con nosotros. Iniciemos este tiempo de gracia, recibiendo el Testamento del Señor Jesús: su Madre Santísima, Ella, la Nueva Eva es garante del Evangelio. Acoger a María, llevarla a nuestra vida y nuestra historia, es acoger la última voluntad del Crucificado, asegurando la identidad cristiana en este mundo lleno de ofertas engañosas, sin María, nuestra comunidad diocesana, puede perder el rumbo, mundanizarse y traicionar la voluntad de Dios convirtiéndose en otra cosa, distinta de lo que Jesús ha querido para su Iglesia. Con María en nuestra vida personal y eclesial, garantizamos que la Iglesia jamás se perderá en este tumultuoso y frenético devenir de la historia. Por eso, desde este momento llevemos con nosotros a la Madre Dios y con humildad susurremos con fe: « ¡Ven con nosotros a caminar. Santa María, ven!”. 

Te compartimos la Homilia Completa: “Muy estimado(s) señor(es) obispo(s), Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, Queridos miembros de la vida Consagrada, Estimados jóvenes seminaristas,Queridos laicos quienes integran los Consejos Parroquiales de Pastoral, Queridos miembros de los diferentes Movimientos y Asociaciones laicales, Hermanos y hermanas todos en el Señor: 

Por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, nos encontramos reunidos como Iglesia diocesana para celebrar el misterio de Cristo, muerto y resucitado y así, por intercesión de Nuestra Madre Dolorosa, celestial patrona principal de nuestra Diócesis, agradecer a Dios, tantos beneficios de su misericordia, a lo largo de estos 155 años de caminar eclesial, haciendo patente el misterio de la redención, en la vida de tantos hombres y mujeres, deseosos de conocer y experimentar en sus vidas el amor de Dios. 

En estos 155 años nuestra Iglesia diocesana, que ha ido «peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26)» (cf. Lumen Gentium, 8), quiere continuar asumiendo el desafío de ser una Iglesia de puertas abiertas y en salida misionera, hasta llegar a ser un día, —como escuchamos en la segunda lectura—: «embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo y poder así, presentarse ante el trono del Cordero, inmaculada y santa” (cf. Ap 21, 1-5ª). Para esto, —como enseña el santo concilio ecuménico Vaticano II—: «La Iglesia está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos» (cf. Lumen Gentium, 8). 

En este sentido, la santidad de todos y cada uno de sus miembros, no sólo es un desafío, sino un compromiso que nos atañe a todos. Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, estamos llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (Lumen Gentium, 11). «Porque ésta es la voluntad de Dios, su santificación» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4). Así nos lo ha recordado recientemente el Papa Francisco: «Dios, nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (cf. Gaudete et Exultate, 1). «La santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (Gaudete et Exultate, 9). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. ¡No tengamos miedo a la santidad, que para eso nos ha creado Dios! 

En un mundo como el que nos está tocando vivir, necesitamos ser conscientes que no es fácil, exige vivir el evangelio. «Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (Gaudete et Exultate, 63). «Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo» (Gaudete et Exultate, 65). 

Para lograrlo, además, la misma Iglesia cuenta con las gracias del cielo, y como dispensadora de estas gracias, en el peregrinar de la vida, día con día, a cada uno según nuestro estado de vida, nos ofrece los auxilios espirituales que vamos necesitando para que, incluso a contracorriente, lleguemos a la bienaventuranza perfecta. Una de ellas, es sin duda la Gracia del Año Jubilar, especialmente abriendo para nosotros el tesoro de la Indulgencia Plenaria, para la remisión de la pena temporal, debida por el pecado, a los fieles que estén verdaderamente arrepentidos. En este tiempo especial, estamos invitados a recuperar una buena relación con Dios, con el prójimo y con lo creado, basada en la gratuidad. Por ello se promueve, entre otras cosas, la condonación de las deudas, una ayuda particular para quien se empobreció, la mejora de las relaciones entre las personas y la liberación de los esclavos. Jesucristo vino para anunciar y llevar a cabo el tiempo perenne de la gracia del Señor, llevando a los pobres la buena noticia, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos (cf. Lc 4,18-19). En Él, especialmente en su Misterio Pascual, se cumple plenamente el sentido más profundo del Jubileo. Cuando la Iglesia convoca un jubileo en el nombre de Cristo, estamos todos invitados a vivir un extraordinario tiempo de gracia. La Iglesia misma está llamada a ofrecer abundantemente signos de la presencia y cercanía de Dios, a despertar en los corazones la capacidad de fijarse en lo esencial. 

Inspirados en esto y estando próximos a celebrar el cincuentenario del reconocimiento pontificio de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, como celestial patrona principal de nuestra Diócesis de Querétaro, el próximo 31 de octubre, con el auxilio de Dios, he deseado convocar a la celebración de este Año Jubilar Mariano. Con la esperanza que «nuestra Iglesia diocesana, llena de reverencia, meditando piadosamente sobre la Santísima Virgen María y contemplándola al pie de la Cruz gloriosa, cada uno de nosotros: Obispo, Sacerdotes, Diáconos, Seminaristas, miembros de la Vida Consagrada, fieles laicos de los diferentes Movimientos y Asociaciones Apostólicas; jóvenes y niños, enfermos y ancianos, hombres y mujeres de buena voluntad, siguiendo su ejemplo, se asemeje cada día más a Ella (cf. Lumen Gentium, 65) e imitando sus virtudes como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora y Estrella de la Nueva Evangelización, cada uno desde nuestro estado de vida, seamos capaces de atender la necesidades de los que más sufren en el cuerpo o en el espíritu, de tal manera que la compasión, el consuelo, el amparo y la misericordia, nos permitan extender su patrocinio en muchos corazones y en muchas familias que necesitan de su intercesión amorosa» (Decreto N° 232/2018, 31 de octubre de 2018). 

Ustedes y yo, sabemos muy bien que la vida de nuestra Iglesia diocesana no sería la misma sin la persona, presencia y asistencia de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano. Pues tan sólo con mirar su rostro amoroso y doloroso, sabemos que su amor nos asiste y acompaña. A lo largo de muchos años, especialmente entre la gente humilde, los enfermos, pobres y desvalidos, Ella ha sido nuestro principal refugio. Insondables son las gracias y los favores que a muchos, su maternal intercesión nos alcanzado de su Hijo Jesús. En este tiempo de gracia, les propongo que hagamos nuestro el compromiso y la actitud del discípulo amado quien «Desde aquella hora, recibió a María en su casa» (cf. Jn 19, 27). Acojamos a María como Madre y recibámosla en nuestra casa, para que se quede con nosotros. Preparémosle una habitación donde pueda hospedarse no como una huésped que va de paso, sino como la dueña y señora de nuestras vidas, de nuestras familias; de todo nuestro ser, haber y poseer. Que en este Año Jubilar, seamos capaces de entrar en la intimidad de su vida y sepamos descubrir los secretos de su corazón, las confidencias de su cercanía con su Hijo y así, como discípulos suyos, también nosotros podamos ser contados entre sus hijos. Acojamos a María en nuestra casa «Ella es la Santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, —como dice el Papa Francisco— no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…». (Gaudete et Exultate, 176). En ella veremos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubriremos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19) (cf. Evangelii Gaudium, 288). 

Queridos hermanos, les invito para que al iniciar este Año Jubilar Mariano, imitemos al discípulo amado. Él, en aquella hora, la hora de la Redención, acogió a María llevándola a su casa, es decir, la llevó al lugar íntimo donde todo ser humano se va desarrollando; así también nosotros acojamos a María en este momento crucial de la historia en la vida de nuestra Diócesis. Sólo así, estaremos seguros que el caminar de nuestra Iglesia, es fiel y está fundado en Cristo, pues María es el Testamento y la Herencia espiritual que Jesús, antes de morir, quiso entregar al discípulo que más amaba y hoy quiere hacer lo mismo con nosotros. Iniciemos este tiempo de gracia, recibiendo el Testamento del Señor Jesús: su Madre Santísima, Ella, la Nueva Eva es garante del Evangelio. Acoger a María, llevarla a nuestra vida y nuestra historia, es acoger la última voluntad del Crucificado, asegurando la identidad cristiana en este mundo lleno de ofertas engañosas, sin María, nuestra comunidad diocesana, puede perder el rumbo, mundanizarse y traicionar la voluntad de Dios convirtiéndose en otra cosa, distinta de lo que Jesús ha querido para su Iglesia. Con María en nuestra vida personal y eclesial, garantizamos que la Iglesia jamás se perderá en este tumultuoso y frenético devenir de la historia. Por eso, desde este momento llevemos con nosotros a la Madre Dios y con humildad susurremos con fe: « ¡Ven con nosotros a caminar. Santa María, ven! » Amén.”

Al terminar la celebración se paso a un momento de convivencia fraterna por decanatos y seguir así celebrando la apertura de este año Jubilar Mariano, en donde con la gracias de Dios se recibirán muchos frutos para toda Nuestra Diócesis.

 

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