APERTURA DE LA PUERTA SANTA, AÑO JUBILAR MARIANO,CATEDRAL DE QRO.

Santiago de Querétaro, Qro.  10 de febrero  de 2019.

 

Se llevó a cabo la Apertura de la Puerta Santa de nuestra Iglesia Madre, desde donde habitualmente también, quienes así  lo deseen, podrán experimentar en sus vidas, la gracia y la misericordias infinitas de Dios, lucrando con la Indulgencia plenaria, para la remisión de la pena temporal debida por el pecado.  En el marco del Año Jubilar Mariano, el día 10 de Febrero de 2019, mediante una pequeña peregrinación y la Celebración Eucarística que fue presidida por Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, Obispo de la Diócesis de Querétaro, concelebraron esta Santa Misa de Apertura Mons. Martín Lara Becerril Vicario General de la Diócesis, y algunos otros sacerdotes que acompañaron, en esta ocasión, de igual manera algunos movimientos y asociaciones laicales que se dieron cita en esta Iglesia Catedral.

En el momento de la Homilía, Mons. Faustino les compitió diciendo:

Estimados hermanos y hermanas todos en el Señor, después de haber abierto, el pasado 04 de febrero, en la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano el Año Jubilar Mariano, con alegría nos hemos reunido esta mañana en este lugar para abrir con solemnidad la Puerta Santa de nuestra Iglesia Madre, desde donde habitualmente también, quienes así  lo deseen, podrán experimentar en sus vidas, la gracia y la misericordias infinitas de Dios, lucrando con la Indulgencia plenaria, para la remisión de la pena temporal debida por el pecado.

En este contexto la palabra de Dios nos anima y nos impulsa a caminar con alegría y con esperanza. El Evangelio de este domingo no narra —en la redacción de san Lucas— la llamada de los primeros discípulos de Jesús (Lc 5, 1-11). El hecho tiene lugar en un contexto de vida cotidiana: hay algunos pescadores sobre la orilla del mar de Galilea, los cuales, después de una noche de trabajo sin pescar nada, están lavando y organizando las redes. Jesús sube a la barca de uno de ellos, la de Simón, llamado Pedro, le pide separarse un poco de la orilla y se pone a predicar la Palabra de Dios a la gente que se había reunido en gran número. Cuando terminó de hablar, le dice a Pedro que se adentre en el mar para echar las redes. Simón ya había conocido a Jesús y había experimentado el poder prodigioso de su palabra, por lo que le contestó: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (v. 5). Y su fe no se ve decepcionada: de hecho, las redes se llenaron de tal cantidad de peces que casi se rompían (cf. v. 6).

Frente a este evento extraordinario, los pescadores se asombraron. Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador» (v. 8). Ese signo prodigioso le convenció de que Jesús no es sólo un maestro formidable, cuya palabra es verdadera y poderosa, sino que Él es el Señor, es la manifestación de Dios. Y ésta cercana presencia despierta en Pedro un fuerte sentido de la propia mezquindad e indignidad. Desde un punto de vista humano, piensa que debe haber distancia entre el pecador y el Santo. En verdad, precisamente su condición de pecador requiere que el Señor no se aleje de él, de la misma forma en la que un médico no se puede alejar de quien está enfermo.

La respuesta de Jesús a Simón Pedro es tranquilizadora y decidida: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10). Y de nuevo el pescador de Galilea, poniendo su confianza en esta palabra, deja todo y sigue a Aquel que se ha convertido en su Maestro y Señor. Y así hicieron también Santiago y Juan, compañeros de trabajo de Simón. Esta es la lógica que guía la misión de Jesús y la misión de la Iglesia: ir a buscar, «pescar» a los hombres y las mujeres, no para hacer proselitismo, sino para restituir a todos la plena dignidad y libertad, mediante el perdón de los pecados. Esto es lo esencial del cristianismo: difundir el amor regenerante y gratuito de Dios, con actitud de acogida y de misericordia hacia todos, para que cada uno puede encontrar la ternura de Dios y tener plenitud de vida.

El Evangelio de hoy nos interpela: ¿sabemos fiarnos verdaderamente de la palabra del Señor? ¿O nos dejamos desanimar por nuestros fracasos? En este Año Jubilar Mariano estamos llamados a confortar a cuantos se sienten pecadores e indignos frente al Señor y abatidos por los propios errores, diciéndoles las mismas palabras de Jesús: «No temas». Es más grande la misericordia del Padre que tus pecados. ¡Es más grande, no temas! El Año Jubilar es la oportunidad que Dios nos ofrece para  volver a él, independientemente de nuestras  indignidades, pecados y situaciones mezquinas.

La Virgen María nos ayuda a comprender cada vez más que ser discípulos significa poner nuestros pies en las huellas dejadas por el Maestro: son las huellas de la gracia divina que regenera vida para todos.

Ante la orden que Jesús le da a los discípulos de “remar mar adentro”, necesitamos ser conscientes que María, Estrella de la nueva evangelización, puede enseñarnos el camino. Su existencia es evangelizadora ya que responde al modelo existente en la mente divina para llevar a cabo la salvación del género humano. Aunque no tuviéramos otras razones para llamarla e invocarla como Estrella de la Evangelización, su unión con Cristo, por voluntad del Padre, es razón más que suficiente para ser y tenerla como auténtica evangelizadora. Ella evangeliza irradiando las virtudes que irradia Jesús. Cristo, por ser Dios, es fuente de todas las virtudes y perfecciones; la Virgen, por ser su Madre y fiel reflejo del plan divino, es espejo de las virtudes de su Hijo. “A Jesús por María”, repetimos con frecuencia. Y Jesús es camino para ir al Padre (Jn 14, 6). La Virgen vivió en su existencia terrena el Sermón de las Bienaventuranzas; y podemos decir que es verdadera montaña de ellas, desde la pobreza y humildad evangélicas, pasando por la pureza y el llanto hasta la persecución por el Reino de Dios. María no es sol, porque el sol de la perfección es Cristo; pero es estrella radiante y luminosa. Ella evangeliza a quien se asome al Evangelio. Y, si la miramos con los ojos limpios de la fe, la veremos la más pobre entre los pobres, la más humilde entre los humildes, la más pura entre los castos; virgen de vírgenes, compasiva como nadie, doliente singular, sufrida y oferente como ningún ser creado.  Es suficiente y necesario contemplarla con ojos puros de hijo para ver que la Madre es océano de todas las virtudes. No es endiosarla. Es verla como es. Y es lo que es porque Dios la quiso así; sin sentirse menguado en nada por Ella, sino proclamado y pregonado por Ella en su vida y en sus palabras: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1, 46-55). “Ahora, cuando nuestra Iglesia quiere dar un nuevo paso de fidelidad a su Señor, miramos la figura viviente de María. Ella nos enseña que la virginidad es un don exclusivo a Jesucristo, en que la fe, la pobreza la obediencia al Señor se hacen fecundas por la acción del Espíritu Santo” (DP, 294). El Papa San Pablo VI dirá: “En la mañana de Pentecostés, Ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea Ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza” (EN, 82).

En nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes en su aparición y advocación de Guadalupe; María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y los pueblos (DP, 284). El pueblo sabe que encuentra a María en la Iglesia. La piedad mariana ha sido, a menudo, el vínculo resistente que ha mantenido fieles a la Iglesia sectores que carecían de atención pastoral adecuada.

Que María suscite en cada uno de nosotros el deseo de pronunciar el propio “sí” al Señor con alegría y entrega plena. Amén.

Al terminar la celebración Mons. Faustino les dio la bendición a los allí presentes, y les invito a visitar esta Santa Iglesia Catedral para ganar la Indulgencia Plenaria, durante todo este año y hasta febrero de 2020.