PALABRA DOMINICAL, XXII Domingo Ordinario.

 «Humildad y gratuidad: dos virtudes necesarias hoy»

Lc 14, 1.7 -14

Mons. Faustino Armendaris

En el Evangelio de este Domingo, encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientado en un banquete nupcial. ”Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: «Deja el sito a este”… Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte al último puesto» (Lc 14, 8-10).

El Señor no pretende dar una lección de buenos morales, ni sobre las jerarquías de las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.(Lc 14, 11)

Pero, ¿qué es la humildad? Santo Tomas de Aquino, tiene una expresión muy hermosa que nos ayuda a entender con mucha claridad: “La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior».  La humildad es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios.Por eso para Santa Teresa, “la humildad es andar en verdad; que lo es algo muy grande no tener cosa buena en nosotros, sino la miseria de ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira”.

Hagamos un examen serio de conciencia y descubramos las actitudes que nos impiden ser humildes. Pensemos en aquellas situaciones que nos exponen ante la vulnerabilidad personal a causa de los propios intereses: quedar bien con el otro, faltar a la verdad y la fidelidad.

Al final de la parábola, Jesús sugiere al Jefe de los Fariseos que no invite a su mesa sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y más marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor( cf. Lc 14, 13-14), para que, el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo… Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos, mientras Él nos de fuerzas» ( Deus caritas est.35).

Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de vida de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba»(cf Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él.

Jesús no rechaza el amor filial no rechaza las relaciones amistosas.  Lo que no acepta es que aquellas sean siempre las relaciones prioritarias, privilegiadas y exclusivas. A los que, entran en la dinámica del Reino buscando un mundo de Dios más humano y fraterno, Jesús le recuerda que la acogida a los pobres y desamparados ha de ser anterior a las relaciones interesadas y los convencionalismos sociales.

¿Es posible vivir de manera desinteresada? ¿se puede amar sin esperar nada a cambio? No hemos de engañarnos el camino de la gratuidad es casi siempre difícil. En una cultura capitalista; Es necesario aprender s cosas como esta: dar sin esperar algo a cambio, perdonar sin apenas exigir, ser pacientes con las personas poco agradables,  ayudar   pensando solo en el bien del otro.

Que Dios los Bendiga.