SOLEMNIDAD LITÚRGICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO.

| septiembre 19, 2018

Santa Iglesia Catedral, Ciudad episcopal de Santiago de Querétaro, a 15 de  Septiembre de 2018.

El día sábado 15 de septiembre  de 2018, Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, presidió la Sagrada Eucaristía en la Santa Iglesia Catedral, en motivo de la Solemnidad Litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, cabe mencionar que en esta celebración Mons. Faustino renovó el Patronazgo de Virgen  María en su advocación de los Dolores de Soriano como Patrona de nuestra Diócesis de Querétaro, concelebraron varios sacerdotes del clero diocesano, los seminaristas del Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Guadalupe, miembros de la vida consagrada y los feligreses que tienen esta santa devoción a María Santísima.

Dentro de la celebración en el momento de la Homilía el Sr. Obispo les dijo: “Muy estimados sacerdotes, queridos seminaristas, estimados miembros de la vida consagrada, queridos laicos, hermanos y hermanas todos en el Señor:

Después de haber celebrado el día de ayer, en esta misma ciudad episcopal, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en la que hemos podido contemplar que “es en el árbol de la Cruz, donde el Señor ha puesto la salvación del género humano (cf. Prefacio: la victoria del Cruz gloriosa, MR, p. 709), el día de hoy volvemos la mirada a la Madre de Dios, envuelta en el misterio del dolor, para honrar su memoria, y recibir de Ella las enseñanzas que pudiesen servirnos en nuestra vida personal, familiar, formativa y comunitaria, muchas veces sumidas en el sufrimiento, en la enfermedad y en la pena. ¿Qué es lo que nos enseña esta bendita imagen? Resalto tres enseñanzas:

La primera enseñanza: Ella, sin decirnos nada con la voz, sigue gritando con su cuerpo, que el amor de Dios está vivo; que el amor de su Hijo dulcísimo en la Cruz, es un amor dispuesto y al alcance de todo aquel que quiera acercarse para beber del manantial de la vida, que sale de su costado herido, especialmente en el sacramento del Bautismo, de la Reconciliación y de la Santa Eucaristía. Ella, sin decirnos nada con la voz, desea que acojamos el amor del corazón de su Hijo: humilde, compasivo, desinteresado y misericordioso. Si el Corazón de Jesús nos amó hasta el extremo y se entregó por nosotros, nosotros hemos de amarlo, consagrarnos y entregarnos a los intereses de su Corazón: amar y reparar. Que nada ni nadie nos separe del amor del Corazón de Jesús: ¿Quién nos separará del amor de Cristo…? (cf. Rm 8, 31-39). María nos enseña a crecer en el amor al Corazón de su Hijo, meditando el amor que nos tiene en los misterios del Rosario.

La segunda enseñanza: Ella, como Maestra de humanidad, nos enseña que hoy es posible aquella bienaventuranza del evangelio que dice: “Felices los que lloran, porque serán consolados” (cf. Mt, 5, 3-12). Especialmente, cuando el mundo nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. El mundano ignora, mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de dolor en la familia o a su alrededor. El mundo no quiere llorar: prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. Se gastan muchas energías por escapar de las circunstancias donde se hace presente el sufrimiento, creyendo que es posible disimular la realidad, donde nunca, nunca, puede faltar la cruz. El Papa Francisco nos enseña que “La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta experimentar que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: «Llorad con los que lloran» (Rm 12,15)” (Exhort. Apost. Gaudete ex exultate, nn. 75-76). Aprendamos esto de María diciéndole cada día “Hazme contigo llorar y deberás lastimar de sus penas mientras vivo”. De tal forma que no quedemos indiferentes al dolor, la injusticia el sufrimiento de los que sufren.  

La tercera enseñanza: Ella, desde el patíbulo de la cruz, nos enseña que quiere hacer caso a las palabras de su Hijo agonizante que dicen: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26-27), aceptándonos como hijos adoptivos en el amor. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato —que acabamos de escuchar— con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27), la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María. Ojalá que cada uno de nosotros, precisamente motivados por esta maternidad universal concreta de María, reconozcamos plenamente en Ella a su madre, encomendándonos con confianza a su amor materno. En la escuela de la Virgen, los discípulos aprendemos, como Juan, a conocer profundamente al Señor y a entablar una íntima y perseverante relación de amor con él. Descubrimos, además, la alegría de confiar en el amor materno, viviendo como hijos afectuosos y dóciles. María recibe aquellas palabras de su hijo desde la cruz, porque María dice el evangelio: Está de pie junto a la cruz. Está de pie junto a la cruz, sufriendo aquella agonía de su Hijo, por eso se convierte en inspiradora de tantas madres que con su esposo sufren por la desaparición de sus hijos, por el secuestro de sus hijos. Son miles de madres que reclaman justicia en México. Son miles de madres que experimentan el dolor, porque a quien le toca hacer justicia no ha procedido con eficacia. Son cientos de miles de madres que sufren por el acoso de las drogas, de las adicciones y todavía así se lanza la propuesta d legalizarlas para seguir envileciendo el corazón y las mentes de nuestros jóvenes y también adultos. María es inspiración de aquellas madres que siguen sufriendo por la desintegración de su hogar; de aquellas madres que siguen sufriendo con el síndrome tan letal, por haber abortado a un hijo en su vientre. María, sigue siendo inspiración de tantas madres, que quieren fortalecer los vínculos familiares, que tienen el reto de una familia, que tienen el reto de educar a sus hijos. María, con su dolor sigue inspirándolas. Le pedimos a Dios, por su intercesión, que continúe realizando esta labor maternal, que ilumine a tantas mamás que necesitan su consuelo y protección. 

 Por todo esto y en este contexto, deseo renovar el juramento que el Excmo. Sr. Obispo Don. Alfonso Toriz Cobián, se dignó hacer aquel 18 de julio de 1969, cuando por voluntad de los sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles laicos, la juró Patrona principal de la Diócesis de Querétaro y que la Sagrada Congregación para el Culto Divino, por mandato de S. S. el Papa Paulo VI, con la autoridad apostólica, refrendó el día 31 de octubre del mismo año. Consientes que como señaló el Emmo. Sr. Card. Miguel Darío Miranda, Arzobispo primado de México, en tan augusto día: lo hacemos porque su graciosa imagen  “Se nos antoja compararla con una encina secular, siempre verde, siempre frondosa y que cada día multiplica su follaje y extiende  más y más su sombra, ostentando de esta suerte su fecundidad y perennidad porque la devoción mariana vinculada a esta venerable imagen de la Virgen de los Dolores parécenos, conforme la historia nos lo hace saber en estas regiones, como una diminuta planta que ha ido creciendo a través de los siglos  hasta manifestarse hoy mismo con la grandiosidad de una fe profunda, llena de vigor y también d esperanza …Es ella quien dirige con sabiduría los acontecimientos y de todos ellos se siente que derrama  sobre las almas frutos de santidad” (cf. Boletín eclesiástico de la Diócesis de Querétaro, Número 8 y 9, Agosto y septiembre 1969, T. XXVII,  p. 12). 

Que el patrocinio y protección, de nuestra Señora de los Dolores de Soriano sea hoy para nosotros y para quienes integramos esta amada Diócesis de Querétaro, la certeza que esperamos ahora con más confianza, el remedio a las necesidades que nos afligen. Amén”.

 Al terminar la celebración, Mons. Faustino les dio la bendición a toda la asamblea que se congregó para celebrar esta festividad.

 

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