PALABRA DOMINICAL II Domingo de Cuaresma   «Este es mi Hijo amado; escúchenlo» (Mc 9,2-10)

| febrero 19, 2018
 
La confianza en Dios
El contexto
En el pasaje anterior al evangelio que hoy hemos escuchado Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar (Mc 8,31) Pedro, que no quiere oír hablar de sufrimiento y muerte, lo lleva aparte y lo reprende, provocando la respuesta airada de Jesús: «Retírate, Satanás». Luego llama a toda la gente junto con los discípulos, y les dice algo más duro todavía: no sólo él sufrirá y morirá; los que quieran seguirle también tendrán que negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver llegar el reinado de Dios con poder». (Mc 9,1) Pero salta la duda ¿Se cumplirá esa extraña promesa? ¿Hay que hacerle caso a uno que pone condiciones tan duras para seguirle? Veamos que nos enseña el Evangelio de este domingo:
Tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos a un monte alto.
Jesús no se Transfigura en una plaza pública o ante una gran muchedumbre, pues lo que se va a manifestar es algo que escapa por completo a lo ordinario, pero no tiene nada que ver con lo sensacionalista o lo sugestivo. La orden final de Jesús de que no hablen de la visión hasta que él resucite se inserta en esta misma línea. No es momento ahora de hablar del poder y la gloria, suscitando falsas ideas y esperanzas. Después de la resurrección, cuando para creer en Cristo sea preciso aceptar el escándalo de su pasión y cruz, se podrá hablar con toda libertad también de su gloria. En este momento es importante que los discípulos avancen en el conocimiento y la confianza de su Maestro, pues sin esto no pueden adoptar el Plan propuesto por Jesús.
Y se transfiguró en su presencia
La figura ordinaria y familiar del maestro, que ha presentado un plan sumamente exigente que ha hecho dudar y desertar a muchos, se transforma ante sus ojos y ellos caen en la cuenta de que su aspecto humano no expresa toda la realidad; toman conciencia de que él no está encerrado en los límites de los esquemas del mundo. Se manifiesta, por tanto, la condición divina de Jesús que eclipsa y borra el aspecto de fracaso propio de la cruz y la muerte. De hecho, la mención a que nadie sobre la tierra puede lograr la blancura de los vestidos de Jesús, sirve para explicar que la gloria que se muestra en Jesús no es mero fruto del esfuerzo humano, sino efecto de la acción Divina en repuesta a su compromiso a favor de la humanidad. Si los discípulos interpretan bien lo que están viendo, perderán el miedo a salirse de los esquemas marcados por el mundo y no solo eso perderá el miedo a la muerte, con lo que serán plenamente libres y estarán dispuestos a entregar su vida, a negarse a sí mismos, tomar la cruz y seguir al Señor (cf Mc 8,34-35). Sabiendo que esa entrega desemboca en la condición divina del hombre, es decir, en su salvación definitiva. Se muestra aquí el pleno alcance de lo que Jesús había afirmado: «El que pierda su vida por causa mía y del Evangelio la salvará» (Mc 8,35).
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversado con Jesús
Interesante es que el relato diga que se «aparecieron» Elías y Moisés como si una realidad escondida se hiciera visible. Estos grandes profetas se aparecen sin rasgos de gloria, representando, por tanto, las antiguas Escrituras; y aunque se aparecen a los discípulos, no se dirigen a ellos hablan únicamente con Jesús. Esto significa que el AT ya no tiene un mensaje para los discípulos más que a traves de Jesús. Los dos personajes aparecen orientados y convergentes hacia él, en quien reconocen al Mesías que esperaban, dando a entender que la función del AT era preparatoria, figurativa y anunciadora de la persona de Jesús. Quedado así patente la superioridad de Cristo y de su Evangelio sobre la revelación del AT. Lo que diga Jesús está por encima de lo que hayan dicho Moisés, Elías y los demás profetas. En consecuencia, los discípulos no pueden basarse en ideologías del judaísmo ni puede simplemente ser simpatizantes de Jesús y su doctrina. Deben renunciar a sus esquemas y adoptar los que el Evangelio propone reteniendo lo del AT solamente aquello que, como tipo, anuncio o anticipación, concuerde con Jesús el Mesías.
Este es mi Hijo amado; escúchenlo
La advertencia o el imperativo «escúchenlo» reafirma la idea de presentar a Jesús como único maestro que propone la palabra definitiva de Dios, los discípulos no debe dudar ni escuchar otras voces; es Jesús quien ilumina el designio divino de la historia. Es Jesús el único interprete de la Escritura lo que salga de su boca es lo único válido, que da plenitud y libertad al hombre. Por eso hay que aprender a Confiar en el Evangelio.
Dos pruebas más para confiar
Las dos primeras lecturas de este domingo nos ayudarán   entender por qué vale la pena Confiar en Dios y en Jesús su enviado. En la primera, Abrahán está dispuesto a sacrificar a su único hijo si Dios se lo pide, cosa que no ocurre. En la segunda, Dios entrega a su hijo para demostrarnos que está dispuesto a concedernos todo. Los dos textos extrañan, incluso escandalizan a una mentalidad moderna.
La práctica de los sacrificios humanos está muy extendida en los más diversos pueblos y culturas antiguos. Pero el AT nos informa también de algo más terrible: el sacrificio del primogénito. En casos de extrema necesidad, el rey o el jefe militar ofrecía en sacrificio a los dioses lo más valioso que poseía: el hijo o la hija primogénito.
En esa práctica, desde la óptica de aquellos siglos, hay algo muy valioso: se reconoce el derecho de Dios a lo más querido para cualquier persona. Pero en Israel intuyeron pronto que Dios no quiere esa forma de piedad. Había que compaginar dos cosas aparentemente contradictorias: Dios tiene derecho a la vida del primogénito, pero no quiere ejercer ese derecho.
El relato del sacrificio de Abrahán cumple perfectamente este objetivo: el patriarca reconoce el derecho de Dios, pero Dios no quiere que lo ponga en práctica. Cuando se conocen las circunstancias históricas y culturales, el relato no escandaliza, sino que alegra.
La segunda lectura es un caso humanamente incompresible porque nadie entiende cómo Dios sacrifique a su hijo para salvar a los humanos. Esto escandalizaría a cualquiera, pues como será posible que para rescatar al esclavo entregaste al Hijo. (Cf. Pregón Pascual)
Lo curioso es que los primeros cristianos nunca se escandalizaban de este hecho. Se admiraban, pero no se escandalizaban. Pienso que por un motivo muy sencillo: no se quedaban en la muerte de Jesús, todo lo pensaban a partir de la resurrección. La historia había terminado maravillosamente bien. Y eso les capacitaba para ver de forma positiva incluso los aspectos más escandalosos. Las palabras de Pablo en esta lectura no pueden ser más duras: Dios «no perdonó a su propio Hijo». Sin embargo, Pablo no deduce de ahí que Dios es cruel, sino que está dispuesto a darnos todo con Jesús, para nuestra plenitud y salvación.
Y Tú ¿Confías en Dios?
Creer en Jesús, en su vida, en su mensaje, es la invitación de este domingo. Preguntémonos, hermanos, si aún seguimos sin entender el plan de vida que el Evangelio nos ofrece. Pensemos si aún nos resistimos a creerle y a seguirle; o si queremos seguirlo, pero según nuestra medida, según nuestros criterios. Aceptar el escándalo de la cruz, es ver con realismo la existencia humana, pero con la garantía que Dios no falla. Hoy hay que subir a la montaña y olvidar los tristes sufrimientos.  Ya no hay razón a para desconfiar del camino que Jesús nos llama.
Que alimentados con la Palabra de Dios y la Eucaristía nos transfiguremos y compartamos la luz de Dios en la tarea evangelizadora.

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