40 dias por la vida

Alfonso Toriz Cobián

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo de  Querétaro  (1933 – 1957)

 

D. Alfonso Toriz Cobián nació en el pueblo de Juchitlán, Jal., el 12 de Agosto de 1913.

Ingresó en el Seminario Conciliar de la Arquidiócesis de Guadalajara en el mes de Mayo de 1931. No tardó en destacarse entre los demás alumnos de aquel ilustre plantel por su esclarecido talento y por su notable progreso en los estudios. De ello fueron prueba elocuente los exámenes públicos que con grande lucimiento sustentó en las materias de los dos primeros cursos del Seminario Menor.

En Noviembre de 1933 fue enviado por sus superiores a Roma para que, como alumno interno del Pontificio Colegio Pío Latino Americano, estudiara en la Universidad Gregoriana. Ahi cursó también con grande aprovechamiento la Humanidades, la Filosofía y la Teología.

El 29 de Octubre de 1939, festividad de Nuestro Señor Jesucristo Rey, recibió la unción sacerdotal, y a finales de 1942, ya laureado con los grados académicos, regresó a su Arquidiócesis.

Después de sólo siete meses de ministerio en la parroquia de Poncitlán, fue llevado al Seminario Conciliar, en donde desempeñó los cargos de Profesor y Prefecto de Estudios, desarrollando una magnífica labor.

Casi al mismo tiempo desempeñó fuera del Seminario el cargo de Asistente Eclesiástico de la J.C.F.M. de Guadalajara.

El 30 de Agosto de 1953 fue preconizado Obispo Titular de Avissa y Coadjutor de Chilapa.

Como en la festividad de Jesucristo Rey había sido ungido sacerdote el año de 1939, así en la misma festividad del año 1953 recibió la plenitud del sacerdocio, siendo solemnemente consagrado en la Catedral Basílica Metropolitana de Guadalajara.

Muerto el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Leopoldo Díaz Escudero el 23 de Noviembre de 1955, en enero del siguiente año fue nombrado para sucederle en el trono el Excmo. Sr. Toriz.

En Chilapa lo sorprendió su elección para Obispo de esta Diócesis de Querétaro, elección que le fue dada a conocer por el Vaticano el 8 de Abril de 1958.

La rápida ascensión por cargos cada vez más delicados y honoríficos, es una alabanza a la competencia con que los había desempeñado.

Esos rasgos han sido suficientes para granjearle en su nueva Diócesis general simpatía. No eran necesarios para que un pueblo de tan elevado espíritu de fe como el nuestro recibiera con tanta alegría la noticia de su elección: le bastaba saber que era el que venía en nombre del Señor a gobernarlo.

Como se había anunciado, el día 17 del mes de Mayo, arribó a la Ciudad Episcopal el Excmo. y Rvdo. Sr. Dr. D. Alfonso Toriz Cobián, VII dignísimo Obispo de nuestra Diócesis. El pueblo católico de ella dio en esta ocasión una brillante demostración de la pujante vitalidad de su fe, haciendo al que venía en nombre del Señor un caluroso recibimiento.

Indescriptible el desbordamiento de alegría que se produjo en unos cincuenta mil queretanos cuando las detonaciones y el repique general de las campanas anunció que llegaba a la levítica ciudad su Padre y Pastor. En un coche abierto hicieron su entrada en ella los Prelados, en medio de un mar de gentes, que dificultaba el avance.

Una vez más en imponente manifestación de fe y de amor, Querétaro demostró que sigue fiel a sus tradiciones gloriosas; que no en vano sembraron esas virtudes los que lo evangelizaron, y que siempre permanecerá leal a su Iglesia, así en las horas del dolor como en los momentos de gozo.

Todo el pueblo vibró de emoción y de amor al que desde el primer momento supo ganarse con su sencillez y bondad las voluntades de todos.

Según testimonios autorizados, esa manifestación no ha tenido precedente en la historia de esta Diócesis.

Ya en la Catedral, en la que se había reunido una concurrencia selecta, se desarrollaron las ceremonias de la toma de posesión, presididas por el Excmo. Sr. Delegado Apostólico.

Después de recorrer la iglesia, revestido con los ornamentos pontificales y debajo de palio, sentado en su cátedra, recibió el homenaje de obediencia y respeto del M.I. y V. Cabildo, del Clero Secular y regular, del Seminario Diocesano y de los estudiantes religiosos. En seguida dirigió a todos sus hijos un saludo paternal y lleno de espíritu apostólico.

“Quiero, dijo, continuar la Redención de Jesucristo, pero ella implica una encarnación, quiero encarnar en mí el espíritu de Cristo, para darme como Él por los míos: mas también implica una inmolación, y quiero inmolarme por todos mis hijos; quiero sacrificios, dolores para mí, los cuales están simbolizados en el árbol de la cruz episcopal, que, si tiene flores y frutos, tiene también espinas; quiero las espinas para mí; y las flores y los frutos para Jesucristo y para sus hijos. Quiero realizar mi lema, soy deuda para todos”.

Para las diez de la mañana del siguiente día se habían dado cita numerosos sacerdotes de ambos cleros de toda la Diócesis, de Guadalajara, de Puebla, de Chilapa, de León y de otras Diócesis.

Minutos más tarde hicieron su entrada solemne los Prelados, encabezados por la magestuosa figura del Excmo. Sr. Delegado Apostólico, a los acordes de un hermoso “Ecce Sacerdos Magnus”.

Después del canto del Evangelio, el Excmo. Sr. Arzobispo Primado de México, con la elocuencia que lo distingue, tomando como texto las palabras de Jesucristo nuestro Señor “El que a vosotros recibe a Mí me recibe, y el que me recibe a Mí recibe a Aquel que me envió”, ponderó el doble don perfecto recibido el día anterior: Querétaro había recibido a Cristo en la persona del Obispo que había sido acogido con tanto gozo; pero también al Obispo se le había entregado un don perfecto en esta Diócesis. “Querétaro, exclamó, es un joyel artístico, síntesis de historia; pero sobre todo es un pueblo donde impera la fe y el amor”.

Pero en una ocasión como ésta no podía faltar un acto de más intimidad entre el Prelado y la parte selecta de sus diocesanos, una comida. Para ella se había preparado con muy buen gusto el patio monumental del exconvento de San Francisco: palmas, flores blancas y amarillas, leyendas de felicitación y bienvenida…

El número de comensales fue de unos quinientos, entre sacerdotes y personas de la mejor sociedad.

Una sociedad tan cristiana como la nuestra no podía olvidar en aquellos momentos de honesto esparcimiento a los miembros débiles o pacientes del cuerpo místico de Jesucristo: en la cárcel, en los hospitales, en otros centros de beneficiencia de la ciudad se servía al mismo tiempo comida extraordinaria a los pobres, a los pequeños, a los que sufren.

El Excmo. y Rvmo. Sr. Delegado Apostólico, teniendo que retirarse sin que terminara la comida, expresó a los asistentes su gratitud a todas las muestras de veneración y amor de que había sido objeto durante su permanencia en esta ciudad.

Levantóse por último el Excmo. Sr. Toriz para agradecer, a la H. Cámara de Comercio y a cuantos con ella habían cooperado a ofrecer aquel acto, su generosa esplendidez. Aprovechó la oportunidad para esbozar su programa de trabajo, diciendo que llamaba a todos los allí presentes a cooperar con él cada uno en su medio para que se logre en la Diócesis el ideal del cristiano; que resplandezca la doctrina de Cristo en las costumbres públicas y privadas.

Estaba anunciada para esa noche una velada en el patio mayor del Seminario Conciliar. Pero la amenaza de lluvia obligó a hacerla en el templo de San Francisco, el cual se dispuso lo mejor que se pudo. Resultó de ello la ventaja de que pudieran asistir no sólo los numerosos invitados con anticipación, sino muchas otras personas que no lo habían sido y que deseaban gozar de ese acto de cultura, las cuales llenaron completamente el amplio recinto.

Los números musicales, de suyo muy hermosos, fueron interpretados con grande delicadeza alternativamente por el Orfeón del Seminario Conciliar y el del Instituto Queretano, acompañados por nutrida orquesta y órgano y hábilmente dirigidos por el Prof. D. Juan F. Colín y el Hno. Federico Pardo respectivamente.

“Epílogo de profundo simbolismo, como dijo el M.I. Sr. De la Isla en su ofrecimiento, fueron las dos últimas composiciones, poética la una y musical la otra, ambas con el tema de la Cruz”. La primera fue un inspirado poema, en el que su autor, el Sr. Pbro. D. Salvador Cabrera cantó las glorias del signo de nuestra Redención, narró lo que ha sido él para Querétaro y ponderó las íntimas relaciones que con la Cruz han tenido los Pastores de la grey queretana y las que tendrá el que viene a continuar la obra sostenida por ellos.

La segunda, el Himno de la Cruz, obra grandiosa del Maestro D. Agustín González, fue cantada por los dos orfeones citados, unas doscientas cincuenta voces, con el acompañamiento de la orquesta y del órgano.

Epílogo de profundo simbolismo, hemos dicho, fueron esas dos composiciones: “¿no fue, en efecto, la Cruz el epílogo de los sufrimientos redentores de Jesucristo? ¿No es ella la síntesis de los triunfos que ha alcanzado en cerca de veinte siglos?”.

Bien pudo concluir quien así expresaba, dirigiéndose a Mons. Toriz: “Enhiesta, con los brazos abiertos, en el monte del Sangremal y en la entrada de esta ciudad os esperaba la cruz que ahí dejaron plantada los primeros misioneros. No sé si al pasar por allí os ocurriría ver en ella un presagio de las penas que inevitablemente os hará sufrir esta Diócesis. Pero si así fue, pienso que también pudisteis ver en lontananza las victorias que por ella vais a alcanzar.