Los niños y la liturgia

| octubre 24, 2014

“El más importante rol en el inculcar los valores humanos y cristianos lo tiene la familia cristiana. Por lo cual, la instrucción que se da a los padres o a otras personas a quienes corresponde la educación, debe ser grandemente alentada, también en razón de la educación litúrgica de los niños. Por la conciencia del deber libremente aceptado en el Bautismo de sus hijos, los padres tienen la obligación de enseñar gradualmente a los niños, ahora, orando junto con ellos cada día y conduciéndolos a hacer sus oraciones privadamente.

Si los niños así preparados ya desde los tiernos años, cuando lo deseen, participan junto con la familia en la Misa, más fácilmente comenzarán a cantar y a orar en la comunidad litúrgica, ya de algún modo presentirán el Misterio Eucarístico…” (Directorio Litúrgico para las Misas con participación de niños, n. 10).

 

1. ¿Qué es celebrar?

CELEBRAR es reunirnos para recordar y festejar algo, es encontrarnos para compartir nuestra vida y darle una nueva dirección, es revivir juntos una experiencia y un acontecimiento, es actualizar una vivencia, es agradecer por la vida misma.

Toda celebración tiene un carácter festivo, porque nos llena de esperanza.

La celebración es una fiesta, pero no entendida como una distracción o evasión, sino como la afirmación de un pasado que se acepta en el presente para proyectarlo a un futuro que nos compromete. Por eso, para que haya fiesta es fundamental que la persona se sienta libre, solidaria y capaz de amar, de aceptar, de participar, de compartir en su familia y con el prójimo. Con esta fisonomía la persona misma es la fiesta, lleva la fiesta; en consecuencia, ella controla su fiesta y no necesita que otros le hagan la fiesta. Lo externo expresa lo interior.

La propia fe es la que permite hablar de celebración aún en los momentos difíciles y en las situaciones penosas de la vida. Asumir con profunda serenidad una situación límite, conlleva una celebración en la esperanza de que Dios nunca nos deja solos y que,  algún día, todo será pleno en la vida prometida.

 

2. ¿Qué se celebra?

SE CELEBRA lo que se vive con otros: un proyecto común, con sus logros y aciertos, pero también con sus límites y sus sombras.  Se celebra la vida misma: lo vivido y por vivir.

Se celebra la acción amorosa de Dios en nuestras vidas.

Celebramos que Dios ha querido regalarnos la vida, nuestra familia y, sobre todo, en su voluntad amorosa, que  nos ha enviado a su Hijo Predilecto, Jesús, para salvarnos; por ello, celebramos la vida de los hijos de Dios en el Hijo.

Una auténtica celebración cristiana logra ser siempre signo eficaz de la vida, una forma de hacer visible, comunitaria y festivamente, la salvación que hemos recibido del Señor.

La vida de todas las personas, tanto en el ámbito familiar, escolar, como en el trabajo o entre amigos está manifestada por celebraciones con varios elementos comunes.

 

3. Elementos de una celebración humana.

Toda celebración humana supone:

Un MOTIVO, un hecho o acontecimiento, que convoca, por ejemplo: una fiesta de XV años, un cumpleaños, un graduarse en la Facultad, un éxito deportivo, un nacimiento, un Bautismo, etc.

Una ASAMBLEA, un grupo familiar, un grupo de amigos, un grupo de trabajo o de estudio; porque toda celebración supone una comunidad o un lugar donde se vive.

Un CLIMA FESTIVO, una situación diferente a lo ordinario, un lugar apropiado, un momento especial, vestimenta diferente, invitaciones, adornos, comida, música, baile, etc.

Una SEÑAL O SIGNO RITUAL, un gesto especial: un brindis, una entrega de diploma, apagar la velas, una corona de laureles, arrojar un ramo de flores, romper una botella cuando se bendice un automóvil, cantar las ‘Mañanitas’, partir el pastel, etc.

Los niños participan desde pequeños en las celebraciones familiares, escolares y de su comunidad. Creo, es cierto, que no comprendan profundamente los  signos que en ellas se realizan ni el sentido de las mismas; pero lo que podemos afirmar, sin duda, es que van captando que se trata de algo especial por el clima festivo y diferente que se vive.

Las celebraciones tienen un alto valor simbólico y de convocación para los niños.

El hecho de ver a los adultos reunidos para celebrar algo en un clima festivo y diferente los hace sumergirse de lleno en dichas experiencias. Basta que cada uno recuerde qué celebraciones familiares o escolares marcaron su propia vida, para tener una idea del poder educador y formador de las celebraciones.  A través de las mismas, las niñas y los niños, y por supuesto que las personas adultas también: toda la comunidad se reúne para celebrar con alegría la Salvación que Dios nos va regalando.

Conclusión. Las celebraciones litúrgicas y religiosas constituyen una ocasión privilegiada para trasladar el gusto y la alegría que tenemos al ámbito de la iniciación en nuestra vida de la fe. Son una verdadera oportunidad para la iniciación de los niños en la vida de su fe.

En estas celebraciones por Cristo Salvador ofrecemos a Dios Providente nuestra vida y trabajo cotidiano y de fiesta. Por lo cual, ¿cómo no expresar nuestra fe llenos de una confianza feliz y de una esperanza cristiana?

Pbro. José Guadalupe Martínez Osornio
Publicado en el periódico “Diócesis de Querétaro” del 19 y 26 de octubre de 2014 
 
 

Categiría: Año de la Pastoral Litúrgica, Destacados, Especiales

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