DESDE LA CEM: Lectio Divina «Le miró con amor» (Marcos 10, 17-22)

| noviembre 9, 2016

Mons. Faustino ArmendarisMons. Faustino Armendáriz Jiménez.

Obispo de Querétaro

Lectio Divina

«Le miró con amor»

(Marcos 10, 17-22)

  1. Invocación al Espíritu Santo

Dios eterno y todopoderoso, haz brillar sobre nosotros tu salvación y concédenos que Cristo, luz de luz, encienda los corazones de quienes hemos renacido a una nueva vida, con el fuego del Espíritu Santo. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Lectio ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?

“17Jesús estaba a punto de partir, cuando un hombre corrió a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para tener en herencia la vida eterna?» 18Jesús le dijo: « ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. 19Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»    

20El hombre le contestó: «Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven». 21Jesús fijó su mirada en él, le miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme». 22Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes”.

Por su forma el texto es de tipo declaratorio. Rico en detalles. El evangelista refiere que Jesús al salir al camino vio correr a un desconocido que se le acercó, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para tener en herencia la vida eterna?” (v. 17). El hombre se dirige a Jesús llamándole: “Maestro bueno”, título poco frecuente en la literatura judía, sin embargo en griego es frecuente emplear el título en casos semejantes.  Se dirige a él con una pregunta existencial: “¿qué tengo que hacer para tener en herencia la vida eterna?” (v. 17). En su concepción retiene que la vida eterna es una cosa por conseguir, por alcanzar. Sin embargo, la “vida futura” que según el profeta Daniel  (12, 2) se refiere a la resurrección de los muertos, no se alcanza se da como don de Dios. En su origen esta concepción es escatológica. Vida eterna, significa la vida del mundo futuro. La “vida eterna” se recibe, se obtiene. “Vida eterna” no equivale simplemente a la inmortalidad,  sino que es un don que el hombre recibe de Dios en la resurrección. El hombre aquel, pregunta sobre las condiciones necesarias para heredar la vida eterna; es evidente que según él, para entrar en la vida eterna se requieren condiciones que superan a lo que exige la ley. La forma de su pregunta indica que se trata de una meta que hay que alcanzar con el esfuerzo.

Volviendo al texto vemos que Jesús, no le responde inmediatamente, al contrario lo cuestiona sobre su manera de referirse a él. “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios” (v. 18). Jesús recoge el termino ἀgaqòς. Lo judíos creían que sólo Dios era bueno y que nadie era bueno en el sentido en que lo era él. Jesús se centra en el hombre y en su ligera apreciación de la bondad; su pregunta implica un contraste tácito entre la bondad absoluta de Dios  y su propia bondad, en cuanto ser sometido a la evolución y las pruebas que impone su situación de ser encarnado.

Jesús se da cuenta que su interlocutor conoce la ley. Por eso le dice: “Ya conoces los mandamientos” (v. 19). Jesús no pensaba que la ley  pudiese ofrecer  una respuesta adecuada a la pregunta de aquel hombre. Las palabras de Jesús son, pues, un reto. La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo (v. 19). A este respecto, ese hombre no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud. Y Jesús intuye este deseo que el hombre lleva en su corazón; por eso su respuesta se traduce en una mirada intensa, llena de ternura y cariño. Jesús no le condena. Aunque su respuesta es impulsiva; todo lo contrario, al mirarle, sintió cariño por él. Así dice el Evangelio: “Jesús se le quedó mirando, le amó” (v. 21). El verbo utilizado es “gápesen”, es decir, le amó de la misma manera como Dios ama (cf. Mc 12, 30ss). Jesús se dio cuenta de que aquel hombre era un hombre de buenas intenciones, pero también comprendió cuál era su punto débil, por ello le hace una propuesta concreta: “anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme” (v. 21). Pero ese hombre tenía el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, por eso ante la propuesta de Jesús frunció el ceño y se marchó triste (cf. v. 22). Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el empuje inicial del hombre se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado.

  1. Meditatio ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?

La vida por su misma dinámica y nosotros, debido a una disposición antropología de adaptación, nos vamos acomodando a un modo especial de gastar la existencia humana. Sin embargo, en un momento determinado nos detenemos y recurrimos al Señor para confrontar cómo hemos avanzado hasta ahora y cómo podemos proyectar el camino por delante y, al igual que aquel anónimo judío nos acercamos al “Maestro Bueno” para pedirle que responda a las interrogantes que nos aquejan en lo más hondo de la existencia. No podemos negar que también a nosotros, muchas veces nos hemos acercado a Jesús para preguntarle sobre nuestro futuro, sobre nuestro destino final.

Con ingenuidad y quizá con una falsa concepción de la vida eterna también nosotros osamos preguntarle a Jesús “¿Qué tengo que hacer para tener en herencia la vida eterna?”. La respuesta de Jesús da un giro inesperado al planteamiento inicial. Jesús siempre es impredecible y sabio. La vida eterna no se conquista, es un don de Dios. Sin embargo, Jesús recuerda que la puerta para llegar a Dios es el prójimo. Jesús pone de manifiesto que el camino recorrido había sido bueno pero no suficiente. Lo central es el amor al prójimo.

El hombre del evangelio parece haberlo cumplido todo. Sin embargo, Jesús dándose cuenta de su real necesidad, de aquello que en verdad le afligía en el interior de su corazón, se le quedó mirando profundamente, así como Dios mira. Jesús es así, nos sorprende, nos conoce y nos responde con lo más puro, lo más noble lo más grande: con su amor.

La mirada de Jesús “no fue una mirada mágica… sino una mirada que conmovía” (Francisco, Homilía, 21/09/2013). Dejémonos mirar por Jesús que nos ama y que desea realmente responder a las necesidades más hondas de nuestro ser.

  1. Oratio ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?

Les invito hagamos nuestra la oración san Francisco de Asís, il poverello d’Assisi, modelo de ascesis cristiana, quien oraba diciendo:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.

Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.

Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.

Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.

Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.

Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.

Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.

Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.

Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,

ser comprendido, cuanto comprender,

ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe,

es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,

es perdonando, como se es perdonado,

es muriendo como se resucita a la vida eterna.

 

  1. Contemplatio ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?

 

El joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús, y así no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para que seamos capaces de seguirle. Nos pide plena libertad e integridad del corazón. Conviene que nos repreguntemos: ¿He sentido la mirada de Jesús sobre mí? ¿Qué le quiero responder? o ¿Prefiero marcharme con la tristeza en el corazón que nos ofrece la mundanidad porque mis bienes son muchos? ¿Tengo un corazón integro o más bien está dividido?

  1. Actio ¿A qué nos mueve para convertirnos en don para los demás por la caridad?

Jesús, hoy vuelve a dirigirnos la propuesta que le dirigió al hombre rico. Nos invita para que le sigamos como discípulos suyos. Sin embargo, para ello, es necesario que tengamos en cuenta tres cosas.

  • Cumplir los mandamientos, preferencialmente aquellos se refieren al amor al prójimo. Especialmente, poniendo en práctica las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales.
  • Dejarnos mirar por Jesús en lo más profundo de nuestro ser. De manera que nuestras intenciones y necesidades, sean vean iluminadas por ese amor que no condena, sino que  purifica, libera y nos lleva a la plenitud. Un manera concreta de dejarnos mirar es leyendo y meditando cotidianamente la palabra de Dios.
  • Recurrir de manera constante al examen de conciencia, que nos ayude a purificarnos de todo a aquello que nos impide seguir al Maestro con plena libertad. Es conveniente que acudamos asiduamente a la confesión sacramental.

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