Jesucristo Rey y Señor del Universo ¿Tú eres Rey?

| noviembre 23, 2014

No nos extraña esta pregunta, entre irónica y despectiva, de Pilato a Jesús. Con manto de burla, cetro de caña y corona de espinas, nada de él reflejaba su realeza. Al verlo tan derrotado, después de una noche de dolor, angustia y profunda pena, ins­piraba, compasión. A Pilato le hubiera gustado desentenderse de este hombre, que le resultaba problemático. Los judíos pedían su cabeza y el Gobernador se sentía compro­metido: “Si sueltas a ese no eres amigo del César. Todo el que se proclama Rey; va en contra de César”.

Y en ese diálogo que nos transmite San Juan en el Evangelio, en el que el reo Jesús es el verdadero Señor, pregunta Pilato: “–Conque ¿tú eres Rey? y Jesús le responde: –”Soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad”.

Un Rey sin corona. Confesada su condi­ción y su realeza en aquel ambiente, en don­de todos estaban contra él, atado, despreciado, humillado, pospuesto, pero sin que nada, ni nadie apague su mirada de amor. “Ni un rastro queda ya de lo que ha sido. Todo un mar de honda amargura, pasó por él borrando su hermosura.

Y hoy al vislumbrar su dolor… de Dios, solo se alcanza la amorosa mirada de sus ojos ofreciendo el perdón y la esperanza”.

Jesús mismo le diría a Pilato: –”Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia hubiera luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”.
Sin duda que a lo largo de su predicación, tuvo muchas ocasiones de proclamarse rey. Como el Domingo de Ramos, cuando una multitud entusiasmada le gri­taba, a su entrada en Jerusalén: ¡Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor” (Luc 19, 38).

Pero Él que había empezado su pre­dicación diciendo: “Se ha cumplido el pla­zo, el reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Noticia”. Y cons­tan­te­mente hablaba del reino de Dios, pero aun así, esperó a este momento para proclamarse rey, justo cuando todos le habían abandonado.

Jesús proclamó un reino de pequeños, de los últimos, de servidores. Un reino al que llama a los más pobres, a los no vio­lentos, a los limpios de corazón, a los llenos de misericordia. Un reino de amor, de ver­dad, de justicia, de paz. Y justo en este mo­men­to de abandono y soledad, cuando todo le es adverso. Dice con fuerza: “–Yo soy rey. Para esto he venido al mundo”. Y parece que Pilato lo entendió. Pues no quiso que se cambiara la inscripción de la cruz:

“Jesús Nazareno, Rey de los judíos”

Un reino que construimos todos. El reino del que nos habló Jesús, empieza el día de nuestro propio bautismo: “Si no renaces por el agua y el espíritu no entrarás en el reino de Dios” (Jn 3, 4).

La gracia bautismal, que nos convierte en “otro Jesús” nos compromete a hacer el reino en nuestra propia vida.

“Despojaos del hombre viejo… y revestíos del hombre nuevo…. Revestíos, pues como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, mansedumbre, paciencia… Y por encima de todo, revestíos del amor…”.

Así se construye el reino en el corazón de cada cristiano.

Y lo vamos construyendo en la vida de cada día. Cuando Jesús nos enseña en el Padrenuestro a pedir: “Venga a nosotros tu reino”, nos está diciendo: manos a la obra, contando con la ayuda de Dios. Hay que hacer el mundo al estilo de este reino. El mundo que construiría Jesús, si estuviera en mi casa, si fuera conmigo a mi trabajo, con los amigos, en la parroquia, en la dinámica de la vida pública y social, si todos sintiéramos esa urgencia de llevarle en nuestro corazón y mostrarlo en nuestras obras, seguro que hoy las cosas serían distintas.

Ese mundo es el que quiere Jesús que hagamos realidad: “Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).

Al celebrar este domingo la fiesta de Cristo Rey, recordamos a tantos de nues­tros hermanos, que, han dejado la vida, al querer inaugurar este reino entre los hombres, que desde nuestros grupos y parroquias, construyamos juntos, este reino de justicia, de verdad, y de amor. ¡Viva Cristo Rey!

Pbro. José Rodrigo López Cepeda
Publicado en el periódico “Diócesis de Querétaro” del 23 de noviembre de 2014

 

 

Categiría: Destacados, La alegría de ser discípulo-misionero, Subsidios

Cerrada la admisión de comentarios