HOMILÍA EN LA SOLMENIDAD LITÚRGICA DE NUESTRA SEÑORA DEL PUEBLITO, SÁBADO II SEMANA DE PASCUA

| mayo 2, 2017

Santa Iglesia Catedral, Ciudad episcopal de Santiago de Querétaro, Qro., a 29 de abril de 2017.

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Estimados hermanos sacerdotes,
Queridos miembros de la vida consagrada,
Queridos seminaristas,
Queridos miembros de la Cofradía de la Santísima Virgen del Pueblito,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

  1. La Antífona de entrada para la Misa de esta solemnidad dice: “Alégrate, María, porque Cristo, el Sol de Justicia, ha vencido las tinieblas del sepulcro e ilumina el mundo entero. Aleluya”. Este quiere ser hoy para todos nosotros el saludo mediante el cual, saludemos a María, y nos unamos a su gozo por la Resurrección. De manera que unidos a toda la iglesia, cantemos jubilosos que Cristo resucitó y así, como Ella, con su alegría llenemos el mundo del alegre mensaje de la resurrección.
  1. Celebrar a María en este santo tiempo de la Pascua, es reconocer que Ella, como la ‘Nueva Eva’, ha sido la primera en alegrarse de ver cumplidas las esperanzas de la humanidad que anhelaba la recreación y la regeneración. María conoce como Madre, el misterio que encierra la Pasión de su Hijo y el triunfo de su Resurrección. Por eso, Ella participa como nadie del gozo de la Resurrección de su Hijo y se alegra de su triunfo. Los Evangelios curiosamente, no narran la aparición de Cristo resucitado a su Madre. Sin embargo, podemos pensar que es algo que pertenece a la intimidad del Hijo con la Madre. Si el Resucitado se aparece a las mujeres y a los apóstoles, es lógico que la primera persona en ver a Cristo Resucitado sea su Madre.
  1. Sedulio, un autor del siglo V, sostiene que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, Ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, Ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia (cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s). Por ser Ella, imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también Ella de la plenitud de la alegría pascual. En este encuentro, podemos pensar que Cristo resucitado da las gracias a María porque aceptó ser su Madre, por el sí sostenido desde la Anunciación hasta el Calvario, por su cooperación a la obra redentora desde Belén hasta el Gólgota; por su entrega generosa, valiente y gozosa con sabor de Magníficat. ¡Gracias, Madre, decimos también nosotros!
  1. En este sentido, cuando nosotros le cantamos: ¡Alégrate, María!, Ella nos invita a pensar que la Resurrección de su Hijo es el triunfo del Amor misericordioso; que es el triunfo sobre el pecado que nos devuelve la vida sobrenatural; que es el triunfo sobre cada uno de nosotros que pasamos de la muerte a la vida. Con la resurrección se ha cumplido el plan de salvación. María nos enseña de esta manera, como la Resurrección de Cristo confirma nuestra fe porque Cristo ha cumplido su palabra. Apoya nuestra esperanza porque Cristo no defrauda. Y confirma la caridad porque Cristo nos ama como nadie puede amarnos.
  1. Durante el santo tiempo pascual, este canto se prolonga mediante el “Regina caeli,” y se hace una sola voz en varios puntos de la tierra. Así, el saludo a la Madre del Resucitado, vuelve hacia nosotros como fuente de la bendición y como causa de nuestra verdadera alegría. Démonos la oportunidad de meditar siempre esta bella oración con el propósito de profundizar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad.
  1. Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva. Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida. solamente la resurrección puede permitirle a nuestra historia no perder nunca la alegría y al esperanza.
  1. La historia del pueblo queretano, nos enseña que donde la Santísima Virgen Nuestra Señora del Pueblito se ha hecho presente, en sus costumbres y tradiciones, ahí reina la alegría y el júbilo. Ahí reina la paz y la esperanza. Ahí reina la esperanza de la Resurrección. Amar a la Virgen es tener el alma llena de juventud, de ilusiones, de alegría. Un amar que lleva a esparcir siempre en derredor ese optimismo que necesita el mundo. Amar y hacer amar a la Virgen alegra forzosamente la vida. Permitamos que siga siendo Ella la que con su amor y su fragancia nos envuelva. En torno a María, el grupo de creyentes espera y recibe el Espíritu Santo.
  1. Por ser nuestra Madre, se constituye, sin duda, en una poderosa razón para producir en nuestro corazón la verdadera alegría. La alegría en la vida, es un sentimiento profundo del ser, que brota de la confluencia de varias condiciones: sentir seguridad, confianza, optimismo, satisfacción del deber cumplido, armonía con uno mismo, con Dios y los hermanos. La figura de María, su significado y atención a nosotros, posibilitan esas condiciones en gran medida. La alegría permanente, el gozo íntimo de vivir en armonía con Dios y en sincera aceptación de su voluntad es la base para poseer la felicidad.
  1. Queridos seminaristas, en esta perspectiva, podemos entonces entender que el mejor signo de nuestra vocación será la alegría. Pues María nos enseña que al cumplir la voluntad de Dios y al decirle sí, por esta razón le brotó de su corazón el canto de la alegría que hoy hemos escuchado en el evangelio. Que este sea su ‘termómetro’ para discernir su llamada vocacional y la respuesta en su formación. Un seminarista triste, pone en duda su respuesta a Aquel que lo llamó.
  1. Que cada uno de nosotros sigamos su ejemplo y que desde nuestra realidad, como sacerdotes, como seminaristas, como laicos o como consagrados, sepamos siempre hacer nuestras sus palabras: “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”. Amén.

 

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

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