Homilía en la Misa del XXV Aniversario de Consagración Perpetua de la Hna. Raquel del Sagrado Corazón de Jesús Piña Hernández

| agosto 23, 2015

Parroquia de Nuestra Señora de la Paz, Santiago de Querétaro, Qro., 23 de julio de 2015

Año de la Vida Consagrada – Año de la Pastoral de la Comunicación

 

 

Estimados hermanos sacerdotes,

queridos miembros de la Vida Consagrada,

hermanos y hermanas todos en el Señor:

 

1.Con júbilo y alegría nos reunimos en esta tarde de Domingo para celebrar nuestra fe en el Señor resucitado, con la esperanza de poder algún día celebrar la pascua definitiva en el Reino de los cielos y poder así contemplar cara a cara el rosto glorioso de Dios Padre. Lo hacemos unidos a la acción de gracias de la Raquel del Sagrado Corazón, quien da gracias a Dios por el don de su consagración perpetua hace ya veinticinco años, bajo el carisma de las Religiosas Catequistas de María Santísima, de la Orden de San Benito. Gracias Hna. Raquel por la invitación que me ha hecho para presidir esta Santa Misa.

2. Me alegra que sea en este contexto parroquial donde Usted haya querido celebrar este feliz aniversario, pues sin duda que la parroquia es la primera comunidad donde las vocaciones a la vida consagrada han de florecer, de manera que bajo la guía de los pastores puedan recibir un acompañamiento y una orientación vocacional que les permita orientar su llamado de la mejor manera. Queridos hermanos, ojalá que cada vez más seamos conscientes de la necesidad de promover en nuestras familias los diferentes estilos de vida que el Señor nos ofrece para seguirle de cerca. Y sean muchos los que decidan entregar su vida viviendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

3. Los domingos pasados meditamos el discurso sobre el «pan de vida» que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm después de alimentar a miles de personas con cinco panes y dos peces. Hoy, el Evangelio nos presenta la reacción de los discípulos a ese discurso, una reacción que Cristo mismo, de manera consciente, provocó. Ante todo, el evangelista Juan —que se hallaba presente junto a los demás Apóstoles—, refiere que «desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6, 66). ¿Por qué? Porque no creyeron en las palabras de Jesús, que decía: Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá para siempre (cf. Jn 6, 51.54); ciertamente, palabras en ese momento difícilmente aceptables, difícilmente comprensibles. Esta revelación —como he dicho— les resultaba incomprensible, porque la entendían en sentido material, mientras que en esas palabras se anunciaba el misterio pascual de Jesús, en el que él se entregaría por la salvación del mundo: la nueva presencia en la Sagrada Eucaristía.

4. Queridos hermanos, el mensaje del evangelio que escuchamos en este domingo es para nosotros la oportunidad de poder purificar la “intención de nuestra fe”, la “certeza de nuestra fidelidad a Dios” y la “valentía para poder seguir a Jesús sin intenciones mezquinas que pudiesen desvirtuar la llamada de Dios”. Jesús hoy se presenta ante cada uno de nosotros como el alimento verdadero que da la vida. Quizá algunos de nosotros como a los discípulos, estas palabras nos escandalizan y pensemos que Jesús está loco, que ¿cómo es posible que nos quiera dar su cuerpo y su sangre como alimento? Es importante que después de haber escuchado el hermoso “Discurso del pan de vida”,  hagamos una seria profesión de nuestra fe en la Eucaristía y con fe,  demos respuesta a las interrogantes de Jesús.

5. Queridos hermanos y hermanas, al ver que muchos de sus discípulos se iban, Jesús se dirigió a los Apóstoles diciendo: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6, 67). Como en otros casos, es Pedro quien responde en nombre de los Doce: «Señor, ¿a quién iremos? —también nosotros podemos reflexionar: ¿a quién iremos?— Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69). Sobre este pasaje tenemos un bellísimo comentario de san Agustín, que dice, en una de sus predicaciones sobre el capítulo 6 de san Juan: «¿Ustedes ven cómo Pedro, por gracia de Dios, por inspiración del Espíritu Santo, entendió? ¿Por qué entendió? Porque creyó. Tú tienes palabras de vida eterna. Tú nos das la vida eterna, ofreciéndonos tu cuerpo [resucitado] y tu sangre [a ti mismo]. Y nosotros hemos creído y conocido. No dice: hemos conocido y después creído, sino: hemos creído y después conocido. Hemos creído para poder conocer. En efecto, si hubiéramos querido conocer antes de creer, no hubiéramos sido capaces ni de conocer ni de creer. ¿Qué hemos creído y qué hemos conocido? Que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, es decir, que tú eres la vida eterna misma, y en la carne y en la sangre nos das lo que tú mismo eres» (Comentario al Evangelio de Juan, 27, 9). Así lo dijo san Agustín en una predicación a sus fieles.

6. Jesús sabía que incluso entre los doce Apóstoles había uno que no creía: Judas. También Judas pudo haberse ido, como lo hicieron muchos discípulos; es más, tal vez tendría que haberse ido si hubiera sido honrado. En cambio, se quedó con Jesús. Se quedó no por fe, no por amor, sino con la secreta intención de vengarse del Maestro. ¿Por qué? Porque Judas se sentía traicionado por Jesús, y decidió que a su vez lo iba a traicionar. Judas era un zelote, y quería un Mesías triunfante, que guiase una revuelta contra los romanos. Jesús había defraudado esas expectativas. El problema es que Judas no se fue, y su culpa más grave fue la falsedad, que es la marca del diablo. Por eso Jesús dijo a los Doce: «Uno de ustedes es un diablo» (Jn 6, 70).

7. Hermana Raquel, a celebrar este aniversario de su consagración la Palabra de Dios pone ante sus ojos un serio cuestionamiento y exige de usted una respuesta. Una respuesta que no puede ser dada de manera superficial, sino todo lo contrario una respuesta que surja de su experiencia de fe y de cercanía, especialmente de su relación con la Santa Eucaristía.  Me alegra que el carisma a del Instituto esté profundamente vinculado a la oración contemplativa, pues sin duda que hoy día ustedes como Catequistas de María Santísima, tienen mucho que ofrecerle al mundo, a la cultura, a la sociedad a las nuevas generaciones. Ya lo dije en mi carta que les he escrito con motivo del año de la vida consagrada: “El llamado a la Consagración, que en un primer momento, es para estar con Jesús y después para compartir su vida y su Evangelio, requiere la obediencia de la fe, la bienaventuranza de los pobres y la castidad radicada en el amor vividos con alegría. No podemos dejar que esta experiencia desaparezca de nuestra vida, pues por el contrario lo habremos perdido todo; habremos perdido la certeza de la llamada, la certeza de nuestra fe, la alegría de nuestra vocación. No olvidemos que vivimos tiempos difíciles donde la verdad se ve violentada por el imperioso mundo del relativismo, donde lo que vale y lo que cuenta es lo que sea productivo, donde aparentemente la fe es una cosa de personas ilusas. Todo consagrado debe confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, esforzándose por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando es exigente y humanamente difícil de comprender. No debemos caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación” (Carta pastoral, Vida consagrada: memoria, desafío y esperanza, n. 10).

8. Hermana Raquel, muchas gracias y muchas felicidades por su consagración, de modo especial por su tarea al servicio del Obispo en la Vicaría de Pastoral a lo largo de todos estos años, desde ahí Usted puede difundir el aroma del evangelio, y responder con alegría a la llamada que Dios le ha hecho.

9. Pidamos a la Virgen María que nos ayude a creer en Jesús, como san Pedro, y a ser siempre sinceros con él y con todos. que su testimonio de mujer Eucarística sea el impulso para amar más la Santa Eucaristía y seguir de cerca a Jesús sin intereses mezquinos sino simplemente por amir a su Hijo y a su misión. Amén.

 

† Faustino Armendáriz  Jiménez

Obispo de Querétaro

 

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