Homilía en la Misa de Consagración Perpetua de dos Siervas de la Pasión

| agosto 14, 2015

Homilía en la Celebración Eucarística con motivo de la Consagración Perpetua

de las Hermanas Margarita Trejo y Sonia hernández (Siervas de la Pasión)

 

Parroquia de San Pedro y San Pablo, Cadereyta  14 de agosto de 2015

Año de la Pastoral de la Comunicación – Año de la Vida Consagrada

 

Queridos hermanos sacerdotes,

muy queridas hermanas  Margarita Trejo y Sonia Hernández (Siervas de la Pasión),

estimados miembros de la vida consagrada,

queridos laicos,

hermanos y hermanas todos en el Señor:

 

1. Con alegría nos hemos  reunido para celebrar nuestra fe en el Señor, en la víspera de la gran  fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María al cielo; la fiesta litúrgica mariana más antigua que nos permite elevar la mirada  a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad. La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos. Esta celebración nos lleva a comprender que la resurrección se trata de un acontecimiento totalmente único y extraordinario, pero destinado a colmar de esperanza y felicidad el corazón de todo ser humano. María es, en efecto, la primicia de la humanidad nueva, la criatura en la cual el misterio de Cristo —encarnación, muerte, resurrección y ascensión al cielo— ha tenido ya pleno efecto, rescatándola de la muerte y trasladándola en alma y cuerpo al reino de la vida inmortal. Por eso la Virgen María, como recuerda el concilio Vaticano II, constituye para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación (cf. LG, 68).

2. Aquella de la que Dios había tomado su carne y cuya alma había sido traspasada por una espada en el Calvario fue la primera en ser asociada, y de modo singular, al misterio de esta transformación, a la que todos tendemos, traspasados a menudo también nosotros por la espada del sufrimiento en este mundo. La nueva Eva siguió al nuevo Adán en el sufrimiento, en la pasión, así como en el gozo definitivo. Cristo es la primicia, pero su carne resucitada es inseparable de la de su Madre terrena, María, y en ella toda la humanidad está implicada en la Asunción hacia Dios, y con ella toda la creación, cuyos gemidos, cuyos sufrimientos, son —como dice san Pablo— los dolores de parto de la humanidad nueva. Nacen así los nuevos cielos y la nueva tierra, en la que ya no habrá ni llanto ni lamento, porque ya no existirá la muerte (cf. Ap 21, 1-4).

3. ¡Qué gran misterio de amor se nos propone hoy a nuestra contemplación! Cristo venció la muerte con la omnipotencia de su amor. Sólo el amor es omnipotente. Ese amor impulsó a Cristo a morir por nosotros y así a vencer la muerte. Sí, ¡sólo el amor hace entrar en el reino de la vida! Y María entró detrás de su Hijo, asociada a su gloria, después de haber sido asociada a su pasión. Entró allí con ímpetu incontenible, manteniendo abierto detrás de sí el camino a todos nosotros.

4. Es en este contexto litúrgico y festivo que hoy queremos celebrar la consagración perpetua de las hermanas Margarita Trejo y Sonia Hernández, quienes con alegría y con generosidad quieren responder la llamada de Jesús, viviendo los consejos evangélicos  bajo el carisma específico  de las Religiosas Siervas de la Pasión. Agradezco a la hermana Milagros López Gutiérrez, Superiora General de las Religiosas Siervas de la Pasión, su confianza al solicitarme esta gracia en este día. Me complace poder saludarle y expresarle mi cercanía.

5. ¡Qué mejor ocasión que esta gran fiesta para consagrarse de manera perpetua y definitiva al Señor!  ‘Consagrarse’ significa dar en propiedad a Dios algo o alguien, sacarlo del ámbito de lo que es nuestro e introducirlo en su ambiente, de modo que ya no pertenezca a lo nuestro, sino enteramente a Dios. ‘Consagración’ es, pues, un sacar del mundo y un entregar al Dios vivo. La cosa o la persona ya no nos pertenece, ni pertenece a sí misma, sino que está inmersa en Dios. Un privarse así de algo para entregarlo a Dios, lo llamamos también sacrificio: ya no será propiedad mía, sino suya. Es un paso de propiedad, un ser sacado del mundo y entregado a Dios. Con ello se subrayan ahora las dos direcciones que forman parte del proceso de la santificación/consagración. Es un salir del contexto de la vida mundana, un «ser puestos a parte» para Dios. Pero precisamente por eso no es una segregación. Ser entregados a Dios significa más bien ser puestos para representar a los otros. El consagrado es sustraído a los lazos mundanos y entregado a Dios, y precisamente así, a partir de Dios, debe quedar disponible para los otros, para todos. Cuando Jesús dice «Yo me consagro», Él se hace a la vez sacerdote y víctima. Éste es el acto sacerdotal en el que Jesús —el hombre Jesús, que es una cosa sola con el Hijo de Dios— se entrega al Padre por nosotros. Es la expresión de que Él es al mismo tiempo sacerdote y víctima. Me consagro, me sacrifico: esta palabra abismal, que nos permite asomarnos a lo íntimo del corazón de Jesucristo, debería ser una y otra vez objeto de nuestra reflexión. En ella se encierra todo el misterio de nuestra redención. Y ella contiene también el origen del sacerdocio de la Iglesia, de nuestro sacerdocio.

6. Queridas hermanas Margarita y Sonia,  hoy ustedes, de manera libre y festiva, ‘consagran’ su vida a Dios, acogiendo los consejos evangélicos, como el camino mediante el cual desean imitar a Cristo y vivir como él. En María tienen ustedes un modelo de quien sin escatimar nada se consagró a Dios enteramente. “María es ejemplo sublime de perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo, habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella, María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura humana” (cf. VC, 28). Ella entendió que el camino para la consagración fue la perenne escucha y meditación de la palabra de Dios. Por eso en este día dichoso, deseo invitarles para que sean ‘mujeres de la escucha’ a imitación de la Santísima Virgen María. Sumérjanse cada día de su vida en la meditación de la palabra de Dios.  Solo así cada una de ustedes hará posible que la palabra de Dios trasforme su corazón y su vida al servicio de la vida, especialmente de los niños en gestación. Vivimos tiempos en los cuales  la vida humana en gestación es subestimada y puesta como botín de una cultura que  ha perdido su verdadero sentido. Hoy son muchos los que lucran con la vida haciendo de esta un ‘mercado libre a la carta’.

7. Siéntanse dichosas de poder abrazar el carisma inspirado en Madre Teresa Gallifa Palmarola: “La vida natural y de la gracia por el Bautismo”.  “La vida de todo ser humano ha de ser respetada de modo absoluto desde el momento mismo de la concepción, porque el hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha “querido por sí misma”, y el alma espiritual de cada hombre es “inmediatamente creada” por Dios; todo su ser lleva grabada la imagen del Creador. La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta “la acción creadora de Dios” y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (cf. Donum vitae, 5).

8. Hermanas religiosas, como les he dicho en mi Carta Pastoral para el Año de la Vida Consagrada: “Desde nuestra experiencia de consagración, mostremos esta ‘esperanza cristiana’ a los jóvenes y a los niños, a los enfermos y a los ancianos, a los pobres e indigentes, a las madres solteras y a aquellas con deseos de abortar. Anunciemos que creer en Dios y poner en él nuestra esperanza es motivo de alegría y felicidad; es motivo para estudiar, para vivir, para salir adelante. Y que por ende, no hay razones para que nos dejemos atrapar por las drogas, por la delincuencia organizada, por los signos de muerte que nos circundan” (cf. Vida Consagrada: memoria, desafío y esperanza, n. 30).

9. Pidamos a María que nos otorgue hoy el don de su fe, la fe que nos hace vivir ya en esta dimensión entre finito e infinito, la fe que transforma incluso el sentimiento del tiempo y del paso de nuestra existencia, la fe en la que sentimos íntimamente que nuestra vida no está encerrada en el pasado, sino atraída hacia el futuro, hacia Dios, allí donde Cristo nos ha precedido y detrás de él, María. Pidamos a ella que interceda por estas religiosas, para que nunca se cansen de defender la vida. Amén.

† Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

 

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