Homilía en la Misa con motivo de la Peregrinación de la Diócesis de Querétaro al Santuario Nacional de Cristo Rey

Silao, Gto. a 10 de Noviembre de 2012
― Annus fidei ―


Hermanos y hermanas todos en el Señor:

Les saludo a todos ustedes con grande alegría, al encontrarnos reunidos en este memorable santuario, símbolo nacional de la fe, que sintetiza y representa la idiosincrasia de una nación y de un pueblo cuya fe está puesta en Jesucristo, el Señor. Agradezco y valoro de cada uno de ustedes el haber aceptado la invitación para venir en peregrinación hasta este lugar. Con la finalidad de renovar nuestro compromiso y filiación al señorío de Jesús. Significativamente en este año de gracia que la Iglesia nos regala mediante el año de la fe. Pues Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (Hb 12,2).

En la antífona que precede al evangelio de este día escuchamos decir que: “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”, (2 Cor 8, 9) ¿Cómo podemos entender esto? Cristo posee la naturaleza divina con todas sus prerrogativas. Pero esta realidad trascendente no se interpreta y vive con vistas al poder, a la grandeza y al dominio. Cristo no usa su igualdad con Dios, su dignidad gloriosa y su poder como instrumento de triunfo, signo de distancia y expresión de supremacía aplastante. Al contrario, él «se despojó», se vació a sí mismo, sumergiéndose sin reservas en la miserable y débil condición humana. La forma divina se oculta en Cristo bajo la «forma» humana, es decir, bajo nuestra realidad marcada por el sufrimiento, la pobreza, el límite y la muerte. Así pues, no se trata de un simple revestimiento, de una apariencia mudable, como se creía que sucedía a las divinidades de la cultura grecorromana: la realidad de Cristo es divina en una experiencia auténticamente humana. Dios no sólo toma apariencia de hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en «Dios con nosotros»; no se limita a mirarnos con benignidad desde el trono de su gloria, sino que se sumerge personalmente en la historia humana, haciéndose «carne», es decir, realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio (cf. Jn 1, 14). Esta participación radical y verdadera en la condición humana, excluido el pecado (cf. Hb 4, 15), lleva a Jesús hasta la frontera que es el signo de nuestra finitud y caducidad, la muerte. Ahora bien, su muerte no es fruto de un mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad: nace de su libre opción de obediencia al designio de salvación del Padre (cf. Flp 2, 8).

El Apóstol san Pablo en la carta a los filipenses especifica que la muerte a la que Jesús sale al encuentro es la muerte de cruz, es decir, la más degradante, pues así quiere ser verdaderamente hermano de todo hombre y de toda mujer, incluso de los que se ven arrastrados a un fin atroz e ignominioso. Pero precisamente en su pasión y muerte Cristo testimonia su adhesión libre y consciente a la voluntad del Padre, como se lee en la carta a los Hebreos: “A pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5, 8).

Hermanos y hermanas, la invitación que hoy se nos hace es a tener los mismos sentimientos de Jesús. Tener los mismos sentimientos de Jesús significa no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, porque en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu, sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar con el Otro el peso de nuestra vida y abrirnos al Padre del cielo con sentido de obediencia y confianza, sabiendo que precisamente obedeciendo al Padre seremos libres. Tener los mismos sentimientos de Jesús ha de ser el ejercicio diario de los cristianos.

Teodoreto, que fue obispo de Ciro, en Siria, decía: “La encarnación de nuestro Salvador representa la más elevada realización de la solicitud divina en favor de los hombres. En efecto, ni el cielo ni la tierra, ni el mar ni el aire, ni el sol ni la luna, ni los astros ni todo el universo visible e invisible, creado por su palabra o más bien sacado a la luz por su palabra según su voluntad, indican su inconmensurable bondad como el hecho de que el Hijo unigénito de Dios, el que subsistía en la naturaleza de Dios (cf. Flp 2, 6), reflejo de su gloria, impronta de su ser (cf. Hb 1, 3), que existía en el principio, estaba en Dios y era Dios, por el cual fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1, 1-3), después de tomar la condición de esclavo, apareció en forma de hombre, por su figura humana fue considerado hombre, se le vio en la tierra, se relacionó con los hombres, cargó con nuestras debilidades y tomó sobre sí nuestras enfermedades” (Discursos sobre la divina Providencia, 10: Collana di testi patristici, LXXV, Roma 1998, pp. 250-251).

Esto, queridos hermanos, nos ayuda a pensar y creer que Cristo, actuó por nuestra salvación, dado que no quiso servirse sólo de su poder para concedernos el don de la libertad ni armar únicamente la misericordia contra aquel que ha sometido al género humano, para que aquel no acusara a la misericordia de injusticia, sino que inventó un camino rebosante de amor a los hombres y, a la vez, dotado de justicia. En efecto, después de unir a sí la naturaleza del hombre ya vencida, la lleva a la lucha y la prepara para reparar la derrota, para vencer a aquel que un tiempo había logrado inicuamente la victoria, para librarse de la tiranía de quien cruelmente la había hecho esclava y para recobrar la libertad originaria.

Hoy, hermanos y hermanas peregrinos que nos encontramos reunidos en este lugar, les invito a poner nuevamente la mirada Cristo, para que podamos vivir una vida en plenitud. Los padres sinodales en su mensaje al final del sínodo sobre la nueva evangelización nos decían: “No se trata de comenzar todo de nuevo, sino –con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si non anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16)– de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra” (cf. Mensaje final de los obispos en el sínodo sobre la Nueva evangelización para la transmisión de la fe, n. 2) y prosiguen: “La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo. Les invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, derramada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a si mismo por medio de una renovada alianza de amor (cf. Mensaje final de los obispos en el Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe, n. 3). En la Diócesis hemos asumido esta realidad como un compromiso que nos incluye a todos y que no podemos ignorar, invito a cada uno e ustedes a sumarse en este empeño de Dios.

El Santo Padre Benedicto XVI ha insistido tanto en aquella figura sobre el desierto espiritual que no podemos más que asumirlo como un desafío y una realidad latente entre nosotros. “En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino” (cf. Benedicto XVI, Homilía en la santa Misa para la apertura del año de la fe). Todos somos objetos de la misión, por ello, con esta conciencia y con una fe que todos queremos fortalecer en este Año de la Fe, continuaremos impulsado la tarea de la nueva evangelización con la Misión Permanente, sabiendo que el Señor está con nosotros “hasta el fin del mundo”.

Renovemos pues nuestro compromiso con Jesucristo reconociendo su Señorío y su patrocinio: Señor Jesucristo, Redentor del género humano, nos dirigimos a tu Sacratísimo Corazón con humildad y confianza, con reverencia y esperanza, con profundo deseo de darte gloria, honor y alabanza. Señor Jesucristo, Salvador del mundo, te damos las gracias por todo lo que eres y todo lo que haces. Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, te alabamos por el amor que has revelado a través de Tu Sagrado Corazón, que fue traspasado por nosotros y ha llegado a ser fuente de nuestra alegría, manantial de nuestra vida eterna. Reunidos juntos en Tu nombre, que está por encima de todo nombre, nos consagramos a tu Sacratísimo Corazón, en el cual habita la plenitud de la verdad y la caridad. Al  renovar nuestra consagración a Ti, los fieles de la Diócesis de Querétaro, renovamos nuestro deseo de corresponder con amor a la rica efusión de tu misericordioso y pleno amor. Señor Jesucristo, Rey de Amor y Príncipe de la Paz, reina en nuestros corazones y en nuestros hogares. Vence todos los poderes del maligno y llévanos a participar en la victoria de tu Sagrado Corazón. ¡Que todos proclamemos y demos gloria a Ti, al Padre y al Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos de los siglos! Amén.

† Faustino Armendáriz Jiménez
Obispo de Querétaro