HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON MOTIVO DE MI XXXV ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL.

| septiembre 12, 2017

Capilla de teología del Seminario Conciliar de Querétaro, Av. Hércules, 216, Pte., Col. Hércules, Santiago de Querétaro, Qro., lunes 11 de septiembre de 2017.

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Muy estimados sacerdotes,
Muy queridos seminaristas,
Estimados miembros de la vida consagrada,
Queridos amigos y familiares,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

 

  1. En el salmo de la misa hemos cantado: “Cantemos al Señor un nuevo canto, que le cante al Señor toda la tierra” (Sal 95, 1), palabras que me animan y me permiten, expresar los sentimientos que anida en este día mi corazón, día en el cual quiero dar acción de gracias a Dios por el trigésimo quinto aniversario de mi ordenación sacerdotal, aquel sábado lluvioso 11 de septiembre de 1982 en mi natal Magdalena de Kino, Son.
  1. Al celebrar esta santa misa quiero pedirles a todos ustedes que hagamos nuestras las palabras del salmista y me ayuden a ‘cantar’ el canto nuevo de tal manera que con nuestro canto reconozcamos la misericordia de Dios con al cual a lo largo de este tiempo me ha sostenido. Quiero que me ayuden a ‘cantar’ pues es gracias  al  don del sacerdocio, que la vida de la Iglesia se renueva cada día y llega a ser así: “En Cristo, Sacramento universal de salvación, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (cf. LG, 1). Quiero que me ayuden a ‘cantar’ porque gracias al don sacerdotal, la misión de Cristo dada a los apóstoles antes de subir al cielo, hoy sigue mostrando el camino para llegar a Dios.
  1. Pero ¿qué significa cantar un nuevo canto para el Señor? El hombre nuevo sabe lo que significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y, considerándolo con más atención, es una expresión de amor. Por esto, el que es capaz de amar la vida nueva es capaz de cantar el cántico nuevo. Debemos, pues, conocer en qué consiste esta vida nueva, para que podamos cantar el cántico nuevo. Todo, en efecto, está relacionado con el único reino, el hombre nuevo, el cántico nuevo, el testamento nuevo. Por ello, el hombre nuevo debe cantar el cántico nuevo porque pertenece al testamento nuevo. Cantar un canto nuevo para el Señor,significa hacer nuestro el sacrificio mediante el cual Cristo Jesús, “El Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales. El mismo une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza (cf. SC, 83). Por eso celebramos esta santa misa.
  1. Me siento muy contento y muy confortado porque en este aniversario, la palabra de Dios, me recuerda que el Señor me ha constituido ministro de esta Iglesia para predicarles por entero su mensaje, o sea el designio secreto que Dios ha mantenido oculto desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo (cf. Col 1, 24-2,3). Quiero hacer mías aquellas palabras del apóstol cuando dice: “Por eso precisamente me empeño y lucho con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí” (Col 1, 29). Consciente que si bien el sacerdocio es un don, de la misma manera exige una respuesta que se purifica cada día en el tamiz de la conversión. En este sentido hoy quiero recordar que  «la relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, es condición para nuestro trabajo por los demás. Y la oración no es algo marginal: precisamente rezar es “oficio” del sacerdote, también como representante de la gente que no sabe rezar o no encuentra el tiempo para rezar» (Benedicto XVI, Vigilia con ocasión de la Conclusión del Año sacerdotal, 10 de junio de 2010, 8).
  1. En esta misma línea hoy acojo con alegría y con esperanza que la palabra de Dios (Lc 6, 6-11), me invite y me recuerde que mi tarea como sacerdote es la de ayudar a muchos, que viven como el hombre del evangelio con la mano paralizada, a verse liberados de esas ataduras y estar así en grado de vivir una vida plena, normal, feliz.
  1. Queridos hermanos y hermanas, que todos ustedes “sean cristianos perfectos” (Col 1, 28), es y será siempre, el objetivo que motiva mi sacerdocio para desempeñar todos los días de mi vida mi ministerio sacerdotal, con alegría, con generosidad y sin reserva. Pues mi sacerdocio ministerial encuentra su razón de ser en esta perspectiva de la unión vital y operativa de la Iglesia con Cristo. En efecto, mediante tal ministerio, el Señor continúa ejercitando, en medio de su Pueblo, aquella actividad que sólo a Él pertenece en cuanto Cabeza de su Cuerpo. Por lo tanto, el sacerdocio ministerial hace palpable la acción propia de Cristo Cabeza y testimonia que Cristo no se ha alejado de su Iglesia, sino que continúa vivificándola con su sacerdocio permanente. El sacerdote es elegido, consagrado y enviado para hacer eficazmente actual la misión eterna de Cristo, de quien se convierte en auténtico representante y mensajero. No se trata de una simple función de representación extrínseca, sino que constituye un auténtico instrumento de transmisión de la gracia de la Redención. El sacerdote, al hacerse más semejante a Cristo es —gracias a Él, y no por sí solo— colaborador de la salvación de los hermanos: ya no es él quien vive y existe, sino Cristo en él (cf. Gál 2, 20).
  1. Queridos seminaristas, decía el Papa Benedicto XVI: «La vocación del sacerdote, por tanto, es altísima y sigue siendo un gran misterio incluso para quienes la hemos recibido como don. Nuestras limitaciones y debilidades deben inducirnos a vivir y a custodiar con profunda fe este don precioso, con el que Cristo nos ha configurado a sí, haciéndonos partícipes de su misión salvífica» (Discurso a los participantes en el Congreso Teológico organizado por la Congregación para el Clero, 12 de marzo de 2010, 5). Después de estos 35 años puedo compartirles que ha valido la pena ser sacerdote. No duden en decirle al Señor que sí. Fórmense de tal manera que —como ha dicho el apóstol el día de  hoy nos— “el señor les confíe los secretos de su corazón, y así puedan algún día llegar a ser constituidos ministros de esta Iglesia, y sean puestos al frente de la comunidad para que muchos lleguen a ser cristianos perfectos.
  1. Que la santísima Virgen María a quien tanto amo, continúe intercediendo por mí para que nunca pierda la alegría de ser discípulo del Señor y que a todos ustedes les conceda estar siempre bajo su amparo, especialmente en los momentos de la duda, la crisis o la desilusión. Les agradezco que se unan con migo en este día en esta Eucaristía y así juntos cantar un conto nuevo para el Señor.  Amén.

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

Categiría: Diócesis de Querétaro, Homilías, Septiembre 2017

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