HOMILÍA EN EL V ENCUENTRO DIOCESANO DE PASTORAL PROFÉTICA.

| octubre 30, 2017

Capilla de teología del Seminario Conciliar de Querétaro, Col. Hércules, Santiago de Querétaro, Qro., domingo 29 de octubre de 2017.

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Muy queridos agentes de la Pastal Profética,
Hermanos y hermanas todos en  el Señor:

 

  1. Con alegría y con mucha esperanza llegamos al final de este V Encuentro Diocesano de la Pastoral Profética que bajo el lema: “Con Cristo, discípulos y profetas en Comunión”, se ha buscado colaborar para fortalecer la comunión entre las dimensiones y los diferentes agentes de esta pastoral, tan prioritaria en nuestra diócesis. Conscientes que la ‘espiritualidad de la comunión’ es y será siempre una tarea y exigencia prioritaria en la pastoral y en la vida de la Iglesia. Sin espiritualidad de la comunión nuestro ser y quehacer pastoral perdería su esencia y la Iglesia dejaría de ser “Misterio de comunión”. Agradezco al Rogelio Balderas, y alos sacerdotes colaboradores de la Comisión Diocesana, el empeño y la solicitud por tutelar todo este esfuerzo. Muchas gracias padres.

  1. Es providencial que la palabra de Dios que acabamos de escuchar en las lecturas de la Misa, nos oriente a reflexionar en el mensaje central de nuestra fe: el amor. San Mateo nos narra una de las escenas en las cuales Jesús, dirigiéndose a uno de los Saduceos, responde a una pregunta esencial: “¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?” (cf. Mt 22, 34-40).   A esa pregunta, decididamente insidiosa, Jesús responde con total sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (vv. 37-38). De hecho, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Como dice la Escritura, él debe penetrar todos los estratos de nuestro ser y llenarlos completamente: el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; e igualmente el alma, las energías de nuestro querer y decidir, como también la inteligencia y el pensamiento. Es poder decir, como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

  1. Inmediatamente después, Jesús añade algo que, en verdad, no había preguntado el doctor de la ley: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Al declarar que el segundo mandamiento es semejante al primero, Jesús da a entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo el amor de Dios es al amor a los hermanos. En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.

  1. Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor. Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

  1. En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones —a los legalismos de ayer y de hoy— Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el rostro del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más, un solo rostro, el de Dios que se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto?

  1. De este modo Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental sobre el cual edificar la propia vida. Pero Él, sobre todo, nos donó el Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso.

  1. Queridos agentes de la pastoral profética, anunciar este mensaje y llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a que vivan la experiencia de amor con el Señor, representa el mayor desafío nuestro. Enseñar a los niños y e que el amor, es la principal ley de nuestra vida; representa la razón y esencia de nuestra misión. Desafortunadamente en muchas y variadas situaciones nos hemos valido de una catequesis y una formación un tanto cuanto racional y poco experiencial. La doctrina de nuestra fe —que como ha dicho el evangelio el día de hoy— se sintetiza en el amor, no puede reducirse a un cúmulo de conceptos aprendidos de memoria. Si el niño, el joven o el adulto no tiene un encuentro con la persona viva de Jesucristo, tendrá una fe racional y eso no garantiza una maduración en la vida cristiana.

  1. Si queremos realmente que el amor sea la medida de la fe, y la fe sea el alma del amor, necesitamos hacer de todo nuestro quehacer, un itinerario formativo programática y paradigmáticamente misionero que lleve a un crecimiento integral en la fe a los interlocutores del anuncio misionero y kerigmático. El Papa Francisco en la Exhrot. Apost. Evangelii Gaudium nos ha dicho: “No sería correcto interpretar este llamado al crecimiento exclusiva o prioritariamente como una formación doctrinal. Se trata de «observar» lo que el Señor nos ha indicado, como respuesta a su amor, donde se destaca, junto con todas las virtudes, aquel mandamiento nuevo que es el primero, el más grande, el que mejor nos identifica como discípulos: «Éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12).” (cf. 161). “Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena” (cf. 165).
  2. Que lo vivido durante este día sea para todos nosotros una experiencia que nos permita y facilite darnos cuenta que nuestra tarea es y seguirá siendo fundamental. Mientras existan tantos hombres y mujeres sin saber cuál es el mandamiento más grande de la ley.

  1. Que nos obtenga esta gracia la santísima Virgen María, madre del amor hermoso, y que su intercesión maternal nos ayude para que nunca desfallecemos en seguir anunciando que “la medida de la fe, y la fe sea el alma del amor”. Amén.

 

+ Faustino Armendáriz Jiménez

Obispo de Querétaro

 

Categiría: Documentos, Homilías, Octubre 2017

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