DESDE LA CEM: Un Rostro para Ser Fecundos.

| marzo 12, 2018

Pontificia Comisión para América Latina 

Ciudad del Vaticano 

6 de marzo 2018

Introducción

La presencia de la mujer en la historia de la humanidad, y en particular, en la historia de América Latina es de una enorme relevancia como todos sabemos. Es un lugar común en nuestra región comentar que las mujeres son un poco más del 50 por ciento de la población, que el papel que damos a nuestras madres en nuestras sociedades sigue siendo de gran importancia y que en materia de vida pastoral conforman la fuerza evangelizadora más grande, trascendente y constante. Durante siglos, la transmisión intergeneracional de la fe se ha dado contando con el seno familiar como espacio educativo fundamental. Y en la configuración de la familia latinoamericana el papel de las mujeres, especialmente, de la madre se reconoce aún como insustituible.

Así mismo, no es ningún secreto que la presencia de la Virgen María a través de diversas advocaciones, constituye parte de la experiencia de la fe y de la propia cultura latinoamericana. Nuestro tejido cultural en el que convergen influencias diversas como la hispano-lusitana, la indígena, la afro y otras, se encuentra articulado por la lengua (el castellano y el portugués), por el sustrato cultural fundante (el barroco, entendido en sentido amplio) y por una religiosidad de profundo carácter mariano.

Todos los deterioros provocados por los diversos procesos secularizadores en América Latina no han logrado aún disolver los elementos básicos de esta caracterización. Me gusta recordar, a modo de ejemplo, cómo aún los migrantes mexicanos que con gran sacrificio viajan a los Estados Unidos, y pierden muchas de sus raíces, afectos y certezas, – incluso religiosas -, al encontrarse en apuros, sufriendo enfermedades o riesgos indecibles por ser indocumentados, recuperan en muchas ocasiones de manera misteriosa pero real, el afecto por la Virgen María y la certeza de que existe un abrazo que nos sostiene y nos cuida desde el Tepeyac.

No deseo con este comentario dar la impresión de un ingenuo optimismo que ignorase deficiencias humanas o procesos culturales complejos, que hoy hacen de la realidad latinoamericana un mosaico polícromo no solo de costumbres e historias, sino también de matices en el tema de la experiencia religiosa. Al contrario, habiendo visto en diversos escenarios las más distintas realidades, muchas veces llenas de heridas, sin embargo, aún es posible identificar una peculiar idiosincrasia mariana y femenina a lo largo y a lo ancho de América Latina.

En las siguientes líneas no pretendemos exponer una reflexión sociológica sobre las mujeres, tampoco una teología completa sobre su papel en la Iglesia. Nuestra pretensión es más bien ofrecer algunos modestos elementos de reflexión que nos permitan apreciar la originalidad del papel de las mujeres en la evangelización de América Latina y la relevancia de la presencia de la Virgen María para el anuncio de la fe y la maduración de la experiencia cristiana.

  1. 1.    Un misterio que es preciso reconocer

Como decíamos hace un momento: la presencia de las mujeres en América Latina suele ser altamente valorada. Sin embargo, su valoración es principalmente discursiva. Existe toda una narrativa sobre la grandeza de la mujer en las religiones precolombinas, en la pintura virreinal, en muchas costumbres de las nuevas naciones independientes y no se diga en los medios de comunicación conforme van avanzando los siglos XX y XXI. La cultura de los derechos humanos, los movimientos feministas y en general casi todo medio de comunicación social difunde una retórica a favor de la mujer imposible de negar y mucho de menos de cuestionar. Sin embargo, en el terreno de las realizaciones – aún cuando existen logros importantes como el reconocimiento del derecho al voto o un acceso a la educación que no existía en otras épocas -, la realidad de las mujeres latinoamericanas sigue siendo invisibilizada, ocultada y muchas veces humillada.

¿Qué significa esto a la luz de la fe? ¿Por qué durante tantos siglos las mujeres han sufrido múltiples formas de vejación y sofocamiento de su dignidad?

La respuesta completa a estas preguntas es compleja y se identifica con el misterio de iniquidad. Ahora bien,  no es posible entender algo de este misterio sin hacer referencia a toda la verdad acerca de la «imagen y semejanza» con Dios, que es la base de la antropología bíblica. El ser humano ha sido creado como varón y mujer, como “unidualidad relacional” –decía Juan Pablo II –[1]. No es que Dios sea un ser andrógino que al crear al ser humano desgarra su naturaleza divina como narran algunos mitos antiguos. La realidad es que las perfecciones divinas se participan en todas las criaturas dejando la huella de su creador. En el caso del ser humano, estas perfecciones dotan de una verdadera “imagen” y “semejanza” que construyen una identidad y una diferencia entre el varón y la mujer: ambos somos verdaderos seres humanos, ambos, en unidad, somos el verdadero rostro de lo humano y signo modesto pero elocuente de un aspecto fundamental de la naturaleza íntima de Dios.

Sin  embargo, la complementariedad y reciprocidad constitutivas entre la persona masculina y la persona femenina se encuentran heridas y desfiguradas. La descripción bíblica del Génesis perfila la verdad acerca de las consecuencias del pecado del hombre, así como indica igualmente la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno de ellos. El hombre, tanto varón como mujer, es una persona y, por consiguiente, «la única criatura sobre la tierra que Dios ha amado por sí misma»; y al mismo tiempo precisamente esta criatura única, irrepetible e insustituible no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. De aquí surge la relación de «communio», en la que se exhibe la «unidad de los dos» y la dignidad como persona tanto del hombre como de la mujer. Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: “Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará” (Gén 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta «unidad de los dos», que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. San Juan Pablo II con gran agudeza dirá a este respecto:

Ahora bien, pero esta amenaza es más grave para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, al vivir «para» el otro aparece el dominio: «él te dominará». Este «dominio» indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella igualdad fundamental, que en la «unidad de los dos» poseen el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica «communio personarum». Si la violación de esta igualdad, que es conjuntamente don y derecho que deriva del mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja para la mujer, al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del hombre. Tocamos aquí un punto extremadamente delicado de la dimensión de aquel «ethos», inscrito originariamente por el Creador en el hecho mismo de la creación de ambos a su imagen y semejanza[2].

En efecto, en la esencia del misterio de iniquidad se encuentra misteriosamente colocada una desventaja terrible para la mujer. Los varones tendemos a someterla y dominarla contrariando su eminente dignidad y la imagen y semejanza que guarda con Dios. Este sometimiento lastima el precepto ético fundamental: amar a la persona por sí misma y nunca usarla como mero medio[3].

A la luz de esta enseñanza no deja de ser sorprendente cómo muchos de los más profundos estudios sobre la instrumentalización de la mujer, sobre la perversidad de la “racionalidad patriarcal”, se quedan a la mitad del camino. No basta describir cómo una cierta mentalidad masculina no logra reconocer la dignidad de la mujer, no basta mostrar las muy diversas formas de uso y de abuso que a lo largo de los siglos han existido. Todo esto es necesario, pero no suficiente.

En el fondo, lo que existe es un misterio en el que el enemigo malo intenta destruir la imagen y semejanza del ser humano con Dios. Es significativo que a continuación de la respuesta al primer pecado del hombre, Dios se dirija directamente al tentador, a la “antigua serpiente”. Según el Génesis, Dios, dijo a la serpiente: “Por haber hecho eso serás maldita… Establezco enemistades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gén 3, 14-15). “Por haber hecho eso, serás maldita“. Las palabras de la maldición dirigidas a la serpiente, se refieren al que Cristo llamará “el padre de la mentira” (cf. Jn 8, 44). Pero al mismo tiempo, en esa respuesta de Dios al primer pecado, está el anuncio de la lucha que durante toda la historia del hombre se entablará entre el mismo “padre de la mentira” y la Mujer y su Estirpe.

Estamos delante de algo muy misterioso: existe una especial enemistad del demonio contra la mujer. Y en esta enemistad, la debilidad de nosotros los varones entra en juego como herramienta de sometimiento y de humillación. Todos los mecanismos antropológicos y culturales que amparan la invisibilización y la instrumentalización de la mujer se encuentran construidos sobre esta misteriosa verdad fundamental.

  1. 2.    La “absoluta novedad” del Evangelio

Así las cosas, “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal, que dominan este mundo de tinieblas” (Ef 6, 12). Sin embargo, el pensamiento de la cruel realidad del pecado que pesa sobre la historia, y en particular que doblega a la mujer y la lastima, se encuentra acompañado desde el principio de una luz que libera a la historia de esta pesadilla: el anuncio de que Jesús y María tienen un plan diverso para toda la humanidad.

Esto se puede advertir desde el comienzo en la tensión existente entre Eva y María:

Eva, como «madre de todos los vivientes» (Gén 3, 20), es testigo del «comienzo» bíblico en el que están contenidas la verdad sobre la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, y la verdad sobre el pecado original. María es testigo del nuevo «principio» y de la «nueva criatura» (cf. 2 Cor 5, 17). Es más, ella misma, como la primera redimida en la historia de la salvación, es «una nueva criatura»; es la «llena de gracia». Es difícil comprender por qué las palabras del Protoevangelio ponen tan fuertemente en evidencia a la «mujer» si no se admite que en ella tiene su comienzo la nueva y definitiva Alianza de Dios con la humanidad, la Alianza en la Sangre redentora de Cristo. Esta Alianza tiene su comienzo con una mujer, la «mujer», en la Anunciación de Nazaret. Esta es la absoluta novedad del Evangelio. En el Antiguo Testamento otras veces Dios, para intervenir en la historia de su pueblo, se había dirigido a algunas mujeres, como, por ejemplo, a la madre de Samuel y de Sansón; pero para estipular su Alianza con la humanidad se había dirigido solamente a hombres: Noé, Abraham, Moisés. Al comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret. Se trata de un signo indicativo de que «en Jesucristo» «no hay ni hombre ni mujer» (Gál 3, 28). En él la contraposición recíproca entre el hombre y la mujer —como herencia del pecado original— está esencialmente superada. «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús», escribe el Apóstol (Gál 3, 28)[4].

En este apretado texto escrito por San Juan Pablo II es impresionante lo que se nos explica: la Nueva Alianza tiene su inicio con una mujer. ¡Esta es la novedad! ¡Esta es la “absoluta novedad del Evangelio” – dice el Papa polaco.

Muchas otras cosas habría que comentar para completar el cuadro de la teología de la mujer. Sin embargo, tengo la impresión que bastaría asumir con toda seriedad este elemento de la Revelación para abrir nuestra conciencia y nuestro corazón a una reconsideración más frontal y más abierta sobre el papel y la misión de la mujer en la sociedad y en la Iglesia.

Eva, está como abrazada por María. El misterio de la mujer empírica, de las mujeres concretas y reales con las que convivimos todos los días, encuentra aquí parte de su esclarecimiento: el Maligno busca someterlas, pero la Redención las coloca en un papel especial dentro de su estructura constitutiva. María, es una “nueva Eva”. María abre un horizonte contrario a la mentalidad dominante, contrario a la subordinación de la mujer al varón:

En María, Eva vuelve a descubrir cuál es la verdadera dignidad de la mujer, de su humanidad femenina. Y este descubrimiento debe llegar constantemente al corazón de cada mujer, para dar forma a su propia vocación y a su vida[5].

  1. 3.    Las presencias femeninas nos evangelizan

Un lugar particular de verificación de la tensión existente entre Eva y María, de la fragilidad humana y de la vocación cristiana,  del sometimiento arbritrario de la mujer y de su fidelidad a la novedad de la fe, es precisamente América Latina.

Nuestra historia es un camino complejo en el que las luces y las sombras conviven continuamente. Sin embargo, todo este entramado no es fácil de penetrar.

Una dificultad que aparece al momento de acercarnos al aporte de las mujeres en los caminos de evangelización en nuestra región consiste en que muchos de los estudios sobre las mujeres en América Latina, y aún de las investigaciones realizadas sobre la contribución femenina a los caminos de evangelización, se encuentran fuertemente marcados por un paradigma que analiza toda la relación entre varón y mujer en términos de dominio y de poder[6]. Cuando una estructura de la persona humana tan delicada como es la sexualidad, se mira como un producto de la lógica del poder, fácilmente se distorsiona la comprensión sobre el propio cuerpo, sobre los afectos, sobre el matrimonio y la familia.

Es una realidad que los usos del poder al interior de la vida sexual de las personas son relevantes. Sin embargo, no todo en la vida es abuso político sino que, como siempre, la realidad es bastante más compleja. Y como decíamos, también se encuentra definida por luces que jamás pueden ser extirpadas del todo.

Habiendo dicho esto, no buscaremos hacer una historia de la presencia de la mujer en la evangelización de nuestra región sino caracterizar algunos de los elementos que en nuestra opinión mejor exhiben su riqueza, muchas veces ignorada.

A lo largo del camino y de muchas maneras diversificadas por tiempo y lugar, las mujeres han contribuido y contribuyen de manera decisiva en la acción evangelizadora de la Iglesia:

  • Sosteniendo la familia: ya sea como madres o hermanas, acompañadas de un esposo o abandonadas por él, durante la juventud, la vida adulta y aún en la vejez, la presencia femenina al interior de la familia funge como fundamento, factor de unidad y atmósfera esencial. Muchos de los gestos y actitudes más propiamente humanos que asimilamos en nuestras vidas, proceden del ethos femenino que nos introduce en experiencias concretas de servicio, fraternidad, corresponsabilidad, atención al más débil, etc. Más aún, en el campo estricto de la vivencia de la fe, la religiosidad de la mujer en la familia latinoamericana, funge como un parámetro no sólo ético sino espiritual, una suerte de icono constante, que anuncia – aún cuando no se usen palabras sofisticadas – la primacía de la gracia, la centralidad de la misericordia y la acogida constante del otro, sobre todo, cuando más débil y vulnerable se encuentra.

La mujer al interior de la familia es el “sacramento” –si me permiten esta expresión – que propone de manera carnal y concreta la  existencia de un horizonte mayor que el de la pura superación humana y el optimismo meramente motivacional. A través de los sacrificios de nuestras madres, todos nosotros, lentamente hemos sido educados en una pedagogía particular: amar y servir. Y si no nos transformamos del todo en seres mezquinos y prepotentes, en buena medida se lo debemos a ellas, a su oración, a su testimonio y al ethos que construyen día con día.

  • Participando en diversas responsabilidades pastorales: la mujer no sólo es la principal receptora de los ministerios cultuales y catequéticos de la Iglesia sino que es la más importante colaboradora en la actividad pastoral ordinaria. Sean laicas o sean consagradas, las mujeres son las protagonistas más importantes en la catequesis, la animación litúrgica, la administración parroquial, y muy diversas actividades y servicios voluntarios (como ministros extraordinarios de la eucaristía, por ejemplo). En la gran mayoría de los movimientos eclesiales suelen participar de manera mayoritaria y ser ejemplo de disponibilidad y servicio. La pluriformidad de su presencia pastoral enriquece la vida de la Iglesia. Prácticamente no hay aspecto del trabajo eclesial dónde su presencia no sea el factor decisivo.

  • Llevando el evangelio a diversos compromisos cívicos: las mujeres introducen de diferentes maneras su experiencia de fe al interior de organismos de la sociedad civil. No es extraño encontrar que una parte importante de los activistas que laboran en los grupos que vertebran la sociedad, mujeres que han sido consagradas, miembros de grupos de pastoral, catequistas, líderes de grupos bíblicos, participantes de pequeñas comunidades, etc. De este modo, las encontramos en ambientes empresariales, en sindicatos, en organizaciones populares y campesinas, y eventualmente, en distintos partidos políticos.

  • Atendiendo muy especialmente a los niños, enfermos y miembros vulnerables de nuestras sociedades: las mujeres, además asisten a quien más lo requiere con una especial disponibilidad. Esto es muy visible en la catequesis presacramental con niños, en la atención a los enfermos y en el servicio a los más pobres. Pienso de inmediato en las consagradas que de maneras tan variadas viven inmersas en medios populares mostrando con su presencia, con su oración y con su acción que la vida cristiana opera muy especialmente cuando la vida alcanza los límites últimos de la existencia.

La enumeración de espacios y situaciones se podría multiplicar. Tal vez lo que vale la pena examinar con cuidado es si reconociendo todo esto hemos logrado activar a plenitud el protagonismo femenino tal y como el evangelio nos invita y hasta los Papas nos ordenan.

Por ejemplo, hace ya muchos años que Juan Pablo II señalaba para nuestras Iglesias particulares de latinoamérica que:

El futuro de la nueva evangelización […] es impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas, urge favorecer su participación en diversos sectores de la vida eclesial, incluidos los procesos en que se elaboran las decisiones[7].

¡Mujeres consagradas en los procesos para tomar decisiones! Seguro todos lo hemos hecho como obispos de diversas maneras, pero de repente me pregunto si lo habremos hecho buscando el límite máximo o nos habremos atenido a alguna modalidad minimalista.

Benedicto XVI también ingresaba a estos temas. Por ejemplo, poco después de Aparecida nos decía en un mensaje:

Al inaugurar los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Carible en mayo del año pasado en Brasil, recordé que aún persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre. Hay lugares y culturas donde la mujer es discriminada o subestimada por el solo hecho de ser mujer, donde se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para sostener la desigualdad de los sexos, donde se perpetran actos de violencia contra la mujer, convirtiéndola en objeto de maltratos y de explotación en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Ante fenómenos tan graves y persistentes, es más urgente aún el compromiso de los cristianos de hacerse por doquier promotores de una cultura que reconozca a la mujer, en el derecho y en la realidad de los hechos, la dignidad que le compete[8].

Así de claro: aún persiste al interior de la Iglesia una mentalidad machista que ignora la novedad cristiana. En ocasiones se usan argumentos incluso religiosos para sostener la desigualdad entre varones y mujeres. Insisto: en el discurso a todos nos horroriza el maltrato a la mujer. Pero en los hechos, caemos y recaemos en usos y costumbres que no son conforme al evangelio y a las exigencias más elementales de la dignidad de la persona humana.

Y si esto nos lo han dicho los pontífices del pasado, el Papa Francisco no se queda atrás. Apenas hace unos días ha aparecido un libro en el que él señala en el prólogo:

Me preocupa que siga persistiendo cierta mentalidad machista, incluso en las sociedades más avanzadas, en las que se consuman actos de violencia contra la mujer, convirtiéndola en objeto de maltrato, de trata y lucro, así como de explotación en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Me preocupa igualmente que en la propia Iglesia, el papel de servicio al que todo cristiano está llamado se deslice, en el caso de la mujer, algunas veces, hacia papeles más bien de servidumbre que de verdadero servicio[9].

¿No tendremos que hacer una revisión integral a la luz de estas pocas pero elocuentes indicaciones? En mi modesta opinión no necesitamos apelar a ninguna teología postmoderna para realizar una renovación cultural y eclesial profunda en estos temas. ¿No bastaría seguir la enseñanza de la Iglesia para que el rostro que ella misma proyecta hacia el mundo fuera bastante distinto exhibiendo la centralidad e importancia del “genio femenino” en todo lugar y momento? Esta renovación del rostro eclesial ¿no nos haría más fecundos?

Hoy más que nunca tenemos que reconocer que la presencia activa y silenciosa, gozosa y sufriente de muchas mujeres a través de la historia de América Latina, nos evangeliza. Nos anuncia una buena noticia que necesitamos aprender a vivir en plenitud.

  1. 4.    Tras las huellas de San Juan Diego

Existen numerosas advocaciones marianas en América Latina. Todas ellas son signo de la presencia de Santa María entre nosotros. En cierto sentido, los distintos matices y formas que reviste la Virgen en América Latina nos ayudan a comprender algo importante. Cada pueblo, cada comunidad acoge un cierto conjunto de acentos peculiares que revelan, no tanto a pesar de su diversidad, sino a través de ella, una misma realidad: Jesús ha llegado a nuestros pueblos a través de María. El Verbo se ha encarnado en Ella y Ella se acerca a nosotros a través de la misma pedagogía: acogiendo y expresando las peculiaridades humanas que encuentra en cada temperamento que es preciso evangelizar.

Nuestra Señora de Altagracia (República Dominicana), de Aparecida (Brasil), de Caacupé (Paraguay), de la Caridad del Cobre (Cuba), del Quinche (Ecuador), de Luján (Argentina, Uruguay y Paraguay), del Carmen de Maipú (Chile) y tantas otras, son la misma Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra.

Esta pedagogía se encuentra como metodológicamente explicitada en la imagen y el mensaje  de Santa María de Guadalupe, modelo de evangelización perfectamente inculturada[10].

Fácilmente alguien podría pensar que por mi condición de mexicano tal vez de manera subrepticia quisiera insinuar que la Virgen del Tepeyac es la advocación principal en nuestra región. Y esto no es así. Sería ridículo pretender que una advocación tiene primacía o gobierna sobre las demás (aún cuando podemos encontrar a la devoción guadalupana particularmente dilatada por toda la región y más allá de ella). Lo que queremos decir es algo más profundo e importante: en Santa María de Guadalupe podemos aprender el método que animó la evangelización fundante y que nos puede motivar a emprender nuevos esfuerzos evangelizadores en un  momento de “cambio de época” en el que es preciso volver a reproponer la novedad del evangelio detectando las semillas del Verbo que subyacen a nuestra cultura en proceso de transformación.

El Papa Francisco nos ha recordado que:

Cuando [la Virgen] se apareció a san Juan Diego, su rostro era el de una mujer mestiza y sus vestidos estaban llenos de símbolos de la cultura indígena. Siguiendo el ejemplo de Jesús, María se hace cercana a sus hijos, acompaña como madre solícita su camino, comparte las alegrías y las esperanzas, los sufrimientos y las angustias del Pueblo de Dios, del que están llamados a formar parte todos los pueblos de la tierra. La aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían después. Este abrazo de María señaló el camino que siempre ha caracterizado a América: ser una tierra donde pueden convivir pueblos diferentes, una tierra capaz de respetar la vida humana en todas sus fases, desde el seno materno hasta la vejez, capaz de acoger a los emigrantes, así como a los pueblos y a los pobres y marginados de todas las épocas[11].

Nuestra reflexión a partir de este texto podría conducir a varios derroteros. Respecto del tema que nos ocupa, me parece, es posible entender que Santa María de Guadalupe nos educa a todos en las actitudes fundamentales que es preciso tener en orden a reproponer la buena noticia sobre el debido protagonismo de la mujer en el momento actual tanto al interior de la Iglesia como en la sociedad.

María es mujer y como madre amorosa busca alcanzar el corazón de sus hijos adaptándose a los signos y lenguajes que ellos pueden entender. De esta manera, en la Iglesia tenemos que aprender a interpretar y a hablar los lenguajes de las mujeres de América Latina. No me refiero tanto a determinadas palabras, a determinadas frases o a ciertos clichés aparentemente “femeninos”. Me refiero a acoger las preocupaciones más sentidas en el fondo del corazón de las mujeres y que tantas veces son sofocadas, acalladas en el silencio y las lágrimas.

María de Guadalupe educa a Juan Diego también en un camino para hacerlo dócil a la presencia de su Hijo. Y gracias a esta educación, hasta el obispo termina siendo educado por Ella.  ¿No será acaso esta una invitación también providencial y misteriosa para que todos nos dejemos educar por la Mujer, la Virgen, y por las mujeres que nos han acompañado en la historia de la evangelización de América Latina?

Aprender de la presencia femenina en nuestro subcontinente puede conllevar algunos riesgos e incomprensiones. Por cierto, el Papa Franciso lo vive en carne propia en este tema y en algunos otros más. Sin embargo, confío en que Santa María de Guadalupe nos podrá guiar si nos arrojamos en sus brazos. Ella le dijo a San Juan Diego unas palabras entrañables que también son siempre pertinentes para nosotros:

Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?[12]

Ser educados por Ella, es seguir las huellas de San Juan Diego. Hombre que fue purificado de sus apegos más queridos. Sin embargo, esta purificación, esta docilidad, dio eventualmente frutos. Surgieron familias, pueblos y naciones que reconocen que el cristianismo anuncia una novedad extraordinaria en la que la Mujer, María, y las mujeres, forman parte del núcleo esencial de un cristianismo misionero, inculturado y servidor de todos, en especial, de los más sencillos, olvidados y desprotegidos.

Termino esta meditación recordando las palabras del Papa Francisco en su homilía del 12 de diciembre de 2016:

Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad.

Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a sus hijos. Así es María con nosotros, somos sus hijos: Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispersión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del Evangelio. Lucha para darle «carne» al Evangelio.

Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran «hacer carne» su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.

Celebrar la memoria de María es afirmar contra todo pronóstico que «en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza». María, porque creyó, amó; porque es sierva del Señor y sierva de sus hermanos.

Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos.

Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación, dándonos fuerza para generar lazos en nuestra bendita tierra latinoamericana, diciéndole «sí» a la vida y «no» a todo tipo de indiferencia, de exclusión, de descarte de pueblos o personas.

No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada. Una mirada que nos hace hermanos. Lo hacemos porque, al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos.

Que así sea.

¡Muchas gracias!

 

Card. José Francisco Robles Ortega

Arzobispo de Guadalajara



[1] San Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 8.

[2] San Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 10.

[3] Cf. K. Wojtyla, Amor y responsabilidad, Palabra, Madrid 2012.

[4] San Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 11.

[5] Ibídem.

[6] Cf. A. M. Bidegain, “Hombres y mujeres en la Iglesia en América Latina”, en Revista Criterio, Año 2005, n. 2309; S. B Guardia, Historia de las mujeres en América Latina, CEMHAL, Murcia 2013.

[7] San Juan Pablo II, Ecclesia in America, n. 43.

[8] Benedicto XVI, Discurso a un Congreso Internacional, 9 de febrero de 2008.

[9] Francisco, “Prólogo” a M. T. Compte Grau, Diez cosas que el Papa Francisco propone a las mujeres, Publicaciones Claretianas, 2018.

 

[10] Cf. San Juan Pablo II, Ecclesia in America, n. 11.

[11] Francisco, Audiencia general, 11 de diciembre de 2013.

[12] Antonio Valeriano, Nican Mopohua, vv. 118-119.

Etiquetas:

Categiría: Desde la CEM, Documentos, MARZO 2018, Subsidios

Cerrada la admisión de comentarios