DESDE LA CEM: Entrevista Mons. Arturo Antonio Szymanski Ramírez

| junio 7, 2018

Mons. Arturo Antonio Szymanski Ramírez, Arzobispo Emérito de San Luis Potosí, era una de las personalidades más importantes de la Iglesia en México. Con una trayectoria pastoral impresionante y con una formación excepcional.

Su origen

Nací en Tampico el 17 de enero de 1922. Mi padre, de nombre Julio, era polaco y mi madre era de china, pero de China, Nuevo León. Mi papá era una persona muy religiosa y mi mamá fue una maestra que llegó de Nuevo León a Tampico debido al auge petrolero. Fue ahí donde mis padres se conocieron, se casaron y en donde me educaron como amante de la ciencia y sobre todo de la religión.

Desde pequeño visitaba la catedral de Tampico como monaguillo. Dicen: “si quieres que tu hijo sea pillo, mételo de monaguillo”. Y a mí metieron de monaguillo. Ahí comencé ayudando a la misa. Como buen polaco mi padre me llevaba puntual a las 6:30 a.m. y como siempre llegaba a tiempo me pusieron a ayudar en la misa con el Señor Obispo.

El llamado de Dios

Durante el tiempo de monaguillo llegué al fin de la instrucción primaria, la cual estudié con las hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado, en San Antonio Texas (en la casa matriz). Ahí nos enseñaban muchas cosas, entre ellas el inglés.  Pensé que a lo mejor podía hacer un poquito de bien como las monjas. Cuando llegaban sacerdotes jesuitas a visitar a las monjas yo siempre estaba muy atento pues los jesuitas a veces llevaban algunos estudiantes a que los acompañaran y eso me emocionaba.

Como nosotros éramos una familia de clase media mi hermano había estudiado en una escuela secundaria proletaria nocturna. Al terminar la primaria yo también me inscribí ahí para seguir mis estudios de secundaria, porque hasta ese momento no me había preguntado si me  gustaría estudiar para ser sacerdote. En la secundaria proletaria nocturna, con ideas comunistas, hablaban mal de los curas y yo les preguntaba si en realidad sabían lo que era un cura. Ellos no me podían decir. Entonces yo, chiquillo de secundaria, les decía que el cura es un sacerdote que estaba al frente de una parroquia y está al cuidado de las almas, porque cura en latín es el que cuida.

En un desfile del 20 de noviembre, tuve un desencuentro con los maestros y me corrieron de la escuela, llegué a mi casa, le comenté a mi mamá que me habían corrido por no dejarme de mis maestros.

Mi mamá me llevó con el señor cura de la catedral, Don Gustavo Mora, que era hermano del entonces obispo Don Serafín María Armora González. Mi mamá le dijo al párroco: “A este ya lo corrieron de la secundaria,¿qué hacemos con él?”A lo que el Señor Cura contestó: “mándalo para que le siga ayudando a la misa a mi hermano, para ver si lo manda al seminario”. Y de ahí vino el primer llamado.

Mi mamá regresó con el señor cura quien le comentó que el Señor Obispo pidió que le ayudara en la misa de las 6:30 a.m. y fue así como comencé todos los días a ayudar en la misa.

Yo seguí estudiando en la secundaria nocturna, durante las mañanas estaba cerca de Dios y en la noche estaba cerca del diablo.

Un día el Señor Obispo me preguntó: “¿no quieres ser sacerdote?” Yo le contesté que siempre había pensado en servir a mis semejantes y que creía que siendo sacerdote podría servir. Luego de un tiempo Don Serafín me mandó con un grupo de muchachos que había juntado para enviar al seminario de San Luis Potosí pues en aquel tiempo en Tampico, Tamaulipas, no había seminario.

Los primeros años de formación

En Tampico practicaba muchos deportes: nadaba, echaba clavados, jugaba fútbol, básquetbol, béisbol, volibol, todos los deportes, pero en San Luis Potosí no había agua, por lo que jugaba todo el día en el seminario y sólo me bañaba una vez a la semana aunque no me hiciera falta.

Así empecé a estudiar para sacerdote, estuve en San Luis 4 años. Estudié humanidades, aprendí latín para hablarlo como si fuera mi lengua materna, así como el castellano y el griego.

En aquél tiempo no era como ahora que los jóvenes son tan delicaditos, si no sabíamos, a palos nos hacían aprender. Yo recuerdo que de chiquillos nos poníamos en las bolsas de atrás del pantalón un montón de pañuelos para que si nos daban un golpe no nos doliera tanto.

El griego y el latín los llegue a prender bastante bien porque para estudiar filosofía y teología nos daban las clases en latín.

Entré al primer año de filosofía donde tuve que aprender otro idioma por lo que me inscribí al francés. Yo para ese entonces ya sabía algo de inglés, gracias a la escuela en donde había estudiado la primaria.

Al terminar el primer año de filosofía de un día para otro, el rector del seminario me dijo: “el Señor Obispo quiere que presentes tus exámenes para que te vayas a Estados Unidos a estudiar”. Y al otro día como chiquillo tramposo le fui a preguntar a los maestros de física y de matemáticas al respecto de unas dudas y al aplicarme el examen, me pusieron las mismas preguntas de los problemas que les había planteado, por lo tanto yo digo que me pasaron de gorra.

Seminario de Montezuma

Montezuma era el seminario en donde se formaban los estudiantes mexicanos en Estados Unidos que emigraron tras las persecuciones de la Guerra Cristera y las políticas anticlericales del gobierno de México.

Durante mi estancia en Montezuma, en la época de la II Guerra Mundial nos dijeron que teníamos que ser soldados del ejército de Estados Unidos a lo que me negué.

Me quedé allá y estudié filosofía, teología y aprendí un poquito más de inglés.  Cuando terminé mi carrera en Montezuma, nos reconocían las licenciaturas o doctorados en la universidad de Washington. Yo nunca conocí la ciudad de Washington hasta que recibí las órdenes sacerdotales y fui a ver en dónde habían reconocido mis estudios.

Trabajo pastoral

Le hice una carta al Señor Obispo para pedirle que me mandara a la parroquia más necesitada en Tamaulipas, porque yo ya había visto cómo sufrían los mexicanos que vivían en Estados Unidos, y me había prometido a mí mismo que regresando a mi patria iba a trabajar con los mexicanos para ayudarles.

Mi padre espiritual leyó esa carta y me la rompió en las narices, ¡literalmente! Me dijo: “¡nada pedir, nada rehusar, ¿qué le estás diciendo a tu señor Obispo que te mande a tal lugar?, él sabe en dónde haces falta!”

Regresé a Tampico, muy humilde para que el Señor Obispo me pusiera donde él quería.

Como yo había llegado del extranjero, el Señor Obispo me mando al recién creado seminario de Tamaulipas a dar clases de latín, inglés y griego. En el seminario se estudiaban cinco años de humidades y yo era el encargado de impartir esas materias. Acabando humanidades, empezó filosofía, y después vino el teologado en donde también impartí materias como el derecho canónico y liturgia. Durante este tiempo el Señor Obispo me hizo rector del seminario.

Nombramiento episcopal

Estuve en el seminario hasta que cumplí 13 años de ser sacerdote donde me especialicé en derecho canónico en Washington. Entonces el Señor Obispo me puso de Juez Eclesiástico. Me habían presentado una causa matrimonial de un matrimonio rato no consumado. Yo lleve la causa en México y el matrimonio fue declarado nulo.

A mis 38 años, teniendo 13 años de sacerdote me llamaron de la Nunciatura Apostólica, que entonces era la Delegación Apostólica en México. Yo pensé que a los que había anulado el matrimonio habían acudido a la Rota Romana a pelear contra mí. Llegué a la Ciudad de México y llevé todos mis papeles del caso, para defenderme. Pero el entonces señor Delegado Apostólico, Luigi Raimondi, un gran diplomático, que después fue cardenal, me dijoque el Papa quería que yo fuera obispo. Sorprendido le contesté que yo conocía a muchos sacerdotes más dignos que yo para ocupar el cargo, sin embargo, él insistió que tomara el nombramiento. En ese momento me acordé de lo que me dijo mi padre espiritual: “nada pedir, nada rehusar”.Si el Papa quería, y era su voluntad yo aceptaba.

Tenía que guardar el secreto hasta que se publicaran en Roma que iba a ser obispo.

Cuando llegué a mi casa y me preguntaron cómo me había ido, nunca hablé del tema, y de repente llegó la noticia de que iba a ser Obispo Coadjutor con derecho a sucesión de San Andrés Tuxtla que está al sur de Veracruz, en el istmo de Tehuantepec.

En Tampico fue una gran noticia, una cosa sorpréndete, yo tenía 38 años y el Papa me nombró obispo. Al Señor Obispo de San Andrés Tuxtla, me lo encontré en México, me comentó que la Diócesis de San Andrés era muy pobre y que no tenía para sostenerme. Sólo iba a ganar $400 mensuales; $100 por ser Obispo Coadjutor, $100 por ser Juez Eclesiástico, $100 por ser Rector de Seminario y $100 para lo que se me ofreciera. También me pidió que me ordenara en San Andrés, porque no había ni ornamento. Me ordené en Tampico y me fui a San Andrés Tuxtla.

Estando allá, la vegetación es muy bonita pero hay mucha humedad, y me agarró una alergia en el primer mes que estuve ahí, estuve gastando $ 398 en medicina. Me quedaron dos pesos -claro que en el obispado tenía casa y tenía comida-, pero así comencé hacer obispo.

Concilio Vaticano II

A mis dos años de estar como obispo coadjutor en San Andrés Tuxtla vino el Concilio Vaticano II. El Señor Obispo de San Andrés me pidió que yo fuera al Concilio ya que él estaba muy grande y enfermo. Me fui al Concilio y asistí 4 años maravillosos. Cada año íbamos tres meses en octubre, noviembre y diciembre. Ahí conocí a muchos obispos de todo el mundo, aprendí un poco de chino ya que tenía compañeros que eran chinos, y repapaloteabacon ellos.

Estuve en San Andrés Tuxtla ocho años más y después me mandaron a Tamaulipas. En Tampico trabajamos para la consolidación de la Diócesis de Matamoros en la frontera para que hubiera un contacto entre la Iglesia Mexicana con la Iglesia de los Estados Unidos. Después me tocó trabajar todavía, en hacer otras diócesis, como en Ciudad Victoria que era la capital del estado. En 1987 me mandaron de obispo a San Luis Potosí, y en 1989 la hicieron Arquidiócesis por lo que fui el primer Arzobispo.  Estuve ahí hasta que me jubilé.

Mi gran amigo

Cuando el Concilio, el Cardenal Stefan Wyszyński (Vichinsky) que era el Primado de todos los obispos de Polonia, invitó a todos los obispos del mundo de apellido eslavo, para ir a comer con él y yo acepté. Yo estaba joven, tenía 40 años. En la mesa estaba sentado yo, a la derecha del señor Vichinsky, y a la izquierda de él, estaba un polaco joven al que llamaban Lolek (Carlitos), que después se convirtió en el Papa Juan Pablo II. Ese día comimos, platicamos, y ahí con el poco polaco que yo sé -que casi no sé nada-, e italiano, ¡ahí no las llevábamos!

Al terminar me preguntó el Cardenal -¿trae usted carro? Yo estaba en una diócesis pobre, y me había llevado un taxi, entonces el Cardenal le dijo a Lolek (Karol Józef Wojtyła), que me llevará, y nos hicimos amigos, entonces él no era Papa, y yo era obispo auxiliar coadjutor de Tuxtla. Así pasó el tiempo, nos tratamos, nos escribimos como amigos, él sabiendo que yo era descendiente de un polaco me quiso bien y yo a él.

Cuando murió Juan XXIII, el Cardenal Corripio que aún no era Cardenal sino obispo de Oaxaca, me llamó por teléfono, no era como ahora que todo se sabe por los medios. Me dijo -¡ya nombraron Papa a uno de un apellido muy raro Wojtyła, yo creo que ha de ser africano! Y yo no capté bien lo que le me dijo, y hablé a la Delegación y me respondieron que en el nuevo Papa era un polaco llamado Wojtyła.

A mi amigo lo hicieron Papa, y le escribí una cartita diciéndole que me daba mucho gusto que un amigo mío fuera Papa, y me mandó decir que cuando fuera a Roma lo pasara a ver, y en la primera ocasión y cada vez que iba, desayunaba con él, celebraba con él, y en una de esas visitas me dijeron que el Papa no podía recibirme porque estaba en el Sínodo de los Obispos, yo lo mandé saludar con Stanisław Dziwisz que ahorita es Cardenal Arzobispo de Cracovia, y era Secretario del Papa. En la noche me habló Stanislaw diciéndome que el Papa me había invitado a concelebrar con él, y al otro día fui, al terminar me dijo Stanislaw -el ornamento que está en una caja roja, una caja de cartón muy bonita, es regalo que le da el Papa. Me dio un ornamento con la Virgen de Częstochowaque es la patrona de Polonia. ¡Yo me vine muy contento! En otro viaje me dio un cáliz, y así pasaron los años y seguí yendo a Roma, ¡siempre iba con el Papa!

A la hora de cumplir 25 años de ser Papa, Juan Pablo II, invitó a los obispos a celebrar con él, y a cada uno le dio una cruz pectoral, y yo le mandé decir al Papa, que como yo no podía ir porque ya estaba jubilado, y mi sucesor en San Luis, era Don Luis Morales Reyes, que si el regalo que le iba a dar los obispos me lo diera a mí también. Y así lo hizo y me mandó la cruz pectoral conmemorativa de los 25 años del Papa Juan Pablo II, que hasta la fecha sigo utilizando.

Obispo Emérito

Cuando llegué a los 35 años de servicio, presenté mi renuncia al Papa y la aceptaron ¡ya estoy jubilado, jubiloso y aquí me tienen!

Mi familia son las monjitas que viven en mi casa, desde que me hicieron obispo de San Luis Potosí, y a los dos años Arzobispo de San Luis Potosí, son mis hermanas sangronas. Ellas me acompañan a todos lados, agradecido con ellas, por el servicio que hacen en mi casa me las he llevado para que me acompañen a las visitas con los Santos Padres; Juan Pablo II, con Benedicto XVI, en un viaje que fuimos a saludarlo y hace un mes estuvimos con el Papa Francisco. Esa es mi vida familiar.

Mensaje al pueblo de Dios

Cada quien debe seguir la vocación para lo que Dios lo llama, ese es el gran reto que tenemos todos los  cristianos, o todos los seres humanos. Trabajar en lo que Dios nos pide que trabajemos, uno debe de conocer su vocación, usted preguntándome, él grabándome y yo, “pobre diablo” contestándole. Pero es a lo que Dios no manda, entonces ¿qué hacer?…

Hacer la voluntad de Dios, y tratar de hacer el bien común. Y quisiera terminar con un epílogo del Papa Francisco quien un día dijo: que teníamos que saber vivir la teología del encuentro. Cada quien sabe cuál es su temperamento, todos tenemos un temperamento emotivo, no emotivo, activo, no activo, de función primaria o función secundaria; y tenemos que tener un buen carácter con el temperamento que Dios nos ha dado. Debemos conocernos, ya que nadie es igual a otro; ni siquiera dos gemelos son iguales, son gemelos pero no iguales. Pongo este ejemplo porque son los que están más cercanos.

Hay que saber convivir con nosotros, los mexicanos en esto fallamos, somos de mal carácter y nos estamos dando patadas con todo. No comprendemos que somos diversos, entonces hay que saber vivir la diversidad. ¡Queremos un México mejor, pero hay que trabajar por un México mejor! Entonces no jugar al yoyo, todo para mí. Saber que tengo derechos, pero también que tengo obligaciones y ayudarnos entre todos para buscar el bien común. Pero no a base de la lana, sentirse mejor que otros y no querer juntar más dinero porque a la hora que uno se muere, no le pueden poner en su cajón más que su cuerpo y algún regalito, pero nunca ponerle todo. Saber que somos hermanos como seres humanos, hijos mexicanos, y buscar el bien común, si hacemos eso tendremos en México una clase media sólida, donde haya algunos ricos y otros pobres pero que todos nos consideremos hermanos y esa es la tarea que nos da Dios a todos los seres humanos, amen.

Y así se escribió esta historia de este viejo obispo que va para 95 cayos y colorín colorado este cuento se ha terminado.

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