CELEBRACIÓN DE LA XXVI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO.

| febrero 13, 2018

Basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Soriano, Colón, Qro., 11 de febrero de 2018.

Año Nacional de la Juventud

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En el marco de la celebración de la  Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, Mons.Faustino Armendáriz Jiménez, Obispo de Querétaro  presidió la Solemne Eucaristía,  con motivo de la  celebración de la XXVI Jornada Mundial del Enfermo, en la Basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Patrona Diocesana, ubicada en Soriano, Colón, Qro.,  el día 11 de febrero de 2018, Año Nacional de la Juventud. “La Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa»” (Jn 19,26-27). Papa Francisco.

Participaron de esta celebración hermanos enfermos de las diferentes parroquias que conforman la  Diócesis, quienes tuvieron bendición de  recibir  la Gracia de los  sacramentos de la Unción de los enfermos, la Reconciliación y la Sagrada Eucaristía, los enfermitos estuvieron acompañados de sus familiares y asistidos por un gran número de Agentes de Pastoral de la Salud, Pastoral Social, así como de los MEC.

La Santa Misa fue concelebrada por el Rector de La Basílica Pbro. Rogelio Cano López y por el Coordinador de la Dimensión Diocesana de la Pastoral de la Salud, Pbro. Gabriel Alvárez Hernández. En su homilía Mons. Faustino, expresó:

Queridos enfermos en el cuerpo o en el espíritu, muy estimados hermanos y hermanas todos en el Señor:

Con alegría nos reunimos en esta basílica para celebrar así, a los pies de nuestra Madre Dolorosa, nuestra Patrona diocesana, la XXVI Jornada Mundial de los Enfermos. Celebración mediante la cual queremos comprometernos con Dios para “mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús”. Vivamos este día con gran esperanza levantando los ojos al cielo de donde nos viene el auxilio.

En estos domingos el evangelista san Marcos nos está relatando la acción de Jesús contra todo tipo de mal, en beneficio de los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores… Él se presenta como aquel que combate y vence el mal donde sea que lo encuentre.

En el Evangelio de hoy (cf. Mc 1, 40-45) esta lucha suya afronta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados e indicar su presencia a los que pasaban. Era marginado por la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa. El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó… la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso. Él no toma distancia de seguridad y no actúa delegando, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y precisamente así nuestro mal se convierte en el lugar del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.

Una vez más el Evangelio nos muestra lo que hace Dios ante nuestro mal: Dios no viene a «dar una lección» sobre el dolor; no viene tampoco a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a conducirla hasta sus últimas consecuencias, para liberarnos de modo radical y definitivo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.

A nosotros, hoy, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que si queremos ser auténticos discípulos de Jesús estamos llamados a llegar a ser, unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser «imitadores de Cristo» (cf. 1 Cor 11, 1) ante un pobre o un enfermo, no tenemos que tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo. Cuando ayudemos a los demás hagámoslo mirándoles a los ojos. Sin tener miedo a  miedo tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión… Pero yo les pregunto: ustedes, ¿cuándo ayudan a los demás, los miran a los ojos? ¿Los acogen sin miedo de tocarlos? ¿Los acogen con ternura? Pensemos en esto: ¿cómo ayudamos? A distancia, ¿o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Por lo tanto, es necesario que el bien abunde en nosotros, cada vez más. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien. 

El Papa Francisco  en su mensaje para esta Jornada nos ha dicho: Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8) y Pablo (cf. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno”.

Al final de su homilía, el Pastor Diocesano confió a María, Madre de la ternura, a todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza.  Y le pidió también que nos ayude a todos a acoger a nuestros hermanos enfermos. Que Ella, interceda por nosotros en esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, y ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús. Y todos respondieron, Amén.

Al término de la Misa Mons. Faustino impartió su Bendición Episcopal a todos los Enfermos, sus familiares y  personas de buena voluntad, quienes de manera generosa entregan su vida al servicio y cuidado de cada uno de estos hermanos nuestros.

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